09/02/10
Parte de pago
Allá en el norte es una especie de ceremonia recurrente. De vez en cuando, los flashes se preparan para disparar fuego a ese funcionario público protagonista de eso que ha sido rotulado con la vergonzosa etiqueta de “escándalo sexual”. Ahora, como parte del castigo y también de la tradición, tiene que asumir responsabilidades y pedir disculpas sentidas a su esposa y sus hijos, primero, a la sociedad todas, después. Hete aquí que una fórmula dice que no es bueno que el hombre infiel esté solo. Mejor que detrás (a su lado, pero detrás) esté la gran mujer que lo entendió, tanto ahora como desde hace más de equis cantidad de años, en las buenas y en las malas, y que viene a representar en el estrado un botín arrollador: el perdón más difícil de conseguir, el que carga una elocuencia insuperable. Si yo lo perdoné, ¿acaso usted, ciudadano, no lo haría?
La política estadounidense nos ha regalado situaciones más o menos similares, encontrando en el affaire Lewinsky/Clinton/Hillary una especie de cimbronazo fundador de varias cosas a la vez. Es extraño cómo funciona. Así como apela a sensibilizar al público, es una situación embarazosa por demás, tanto a la mujer expuesta como para el hombre que confiesa delante del país y delante de ella. No siempre se llega a la conferencia/confesión de prensa compartida, pero la esposa/familia ocupan un lugar fundamental para la opinión pública y el “escándalo sexual” entonces es un ítem revisitado en la historia política del país. Les pasó a unos cuantos. Todavía se recuerda aquella declamación por medio de la cual el gobernador de Nueva Jersey, James McGreever, después de que se le endilgara un affaire con un empleado, admitió delante de su esposa: “Soy un gay norteamericano” (dijo, allí por el 2004: “También estoy aquí porque, con vergüenza, me impliqué en una relación consensuada adulta con otro hombre, lo que viola los lazos de mi matrimonio. Fue un error, fue absurdo, fue inexcusable”). Por supuesto, Dina Matos McGreever le pidió el divorcio, como también lo hizo la esposa de Mark Sanford, el gobernador de Carolina del Sur a quien se le descubrió una amante argentina a mediados de este año. Jenny Sanford de paso aclaró que si su marido le hubiera propuesto dar una cándida conferencia de prensa juntos, ella lo habría rechazado de cuajo. Pero esa no es necesariamente la regla. Elizabeth Edwards, esposa de John, senador de Carolina del Norte y aspirante frustrado a la presidencia, decidió quedarse con su marido a pesar de que en 2007 se le hubiera descubierto una amante y en 2008 él lo hubiera admitido. La mujer, además, padece un cáncer terminal, lo cual hizo que se considerara el asunto más grave todavía. Elizabeth dio una entrevista con Ophra Winfrey y sacó un libro llamado Resilience, donde además de hablar sobre la ardua batalla que atraviesa, menciona su reacción ante el affaire: “Lloré y grité. Fui al baño y vomité”. Sin embargo, tuvo que sobreponerse a esa noticia en función de su decisión: “A pesar de que no iba a saber más en qué podía confiar sobre nosotros, sabía que podía confiar en lo que habíamos hecho juntos”. También, concluía en alguna otra entrevista: “En el modo en que él me ve y me cuida, veo que esta relación es la relación esencial de su vida, tanto como lo es de la mía”. Entendible.
Otra de las recientes, la del matrimonio Spitzer, causó un revuelo sonado en cuanto al proceso y su resolución. A él, Eliot, el entonces gobernador de Nueva York, le achacaron haber engañado a su mujer con una prostituta de lujo (de la que Internet nos facilita muchísima información) y el escándalo lo llevó a renunciar. Pero no lo hizo solo. Al lado, sobre el estrado, siempre estuvo Silda, su estoica esposa, enfocada en cumplir con un timing rítmico que la llevaba de mirarlo a él, compungida, a mirar al frente, para volver a escrutar la boca culposa de su marido, pensando quién sabe qué.
(Quien sucedió a Spitzer fue David Patterson, y de él también tenemos un detalle marital mordazmente diferente: tanto esposo como esposa admitieron ambos haber tenido alguna que otra relación extramarital durante su vida. A veces pasa.)
PANTALLA FAMILIAR
Muchas de estas mujeres tienen ahora su serie; The Good Wife cuenta una historia inspirada en casos reales. Alicia Florrick (Julianna Margulis, ER) es una abogada que volvió a trabajar luego de que su marido, fiscal del condado, fuera destituido y encarcelado debido a ambas acusaciones de corrupción y relaciones sexuales con prostitutas. Ella sale junto a él a la conferencia de prensa y mientras él habla, sus ojos se posan en un hilito desprolijo de su traje. Después de escucharlo, ya lejos de las cámaras, le pega una cachetada que duele.
Fuera de esta protagonista densa y ambigua, la serie tiene la típica estructura de delito/enfermedad que se resuelve a lo largo del capítulo. Además, cae en algunos clichés visuales (los profesionales que siempre hablan caminando porque están muy ocupados) y la protagonista se pasa de prístina desde que se despierta hasta que se acuesta, supuestamente como 20 horas después. Sin embargo, yendo al tema que nos ocupa, es un personaje curioso. Alicia encarna diversas ambigüedades: si, por un lado, estuvo firme al lado de Peter pasando por esa bochornosa conferencia de prensa, por otro lado, en privado parece tener poca tolerancia con las disculpas de su marido y repite que se queda con él, si bien consultó a un abogado por un eventual divorcio, “por los niños” (a pesar de lo extraña que puede sonar la frase, la ficción indaga allí y le da sentido). Si, por un lado, parece dispuesta a una independencia laboral que recién empieza, por otro lado, aprovecha dudosa los beneficios de acceder a cierta información, justamente la que le brinda su marido crípticamente en las incómodas visitas penitenciarias. Y sí, por último, qué feo es que todo el mundo pueda ver a tu marido metiéndote los cuernos en YouTube y el noticiero, qué divertido era eso de vivir en un barrio tan top, con un marido tan poderoso y reuniones tan glamorosas.
Por supuesto, desde el minuto uno, el ángel de la guarda está presente: Hillary Clinton aparece en una foto que le muestra la socia fálica del bufete en donde ahora trabaja la oxidada pero muy despierta Alicia. La mujer le explica que no será fácil para ella adaptarse a su nueva vida. No sólo está arrancando un poco tarde (Alicia estuvo más de 10 años siendo madre y esposa de) sino que... bueno, no está en el lugar más envidiable para un abogado, pero “si Hillary lo hizo, tú también”, y el petardito engominado le señala el retrato de Hillary (junto a ella), en lo que marca un madrinazgo por partida doble: tanto de la socia poderosísima de un bufete machista, como de una esposa que da la cara por las aventuras de su marido.
Mientras, Alicia tiene que padecer el rumoreo constante, las miradas piadosas o los amedrentamientos, vía fotografías de su marido con otras. Nada fácil.
LA MADRE DE TODAS LAS BATALLAS
Visto desde el presente, más de 10 años después, parece ser que la performance de Hillary Clinton durante los días rojos del gate sexual más famoso le dio un poder inusitado. No sólo estuvo cerca de llegar ella a la presidencia. Durante su última campaña, contestaba las preguntas que tenían que ver con esa historia con sinceridad y también fórmulas. De hecho, Ann Lewis, quien la asesoró durante la carrera presidencial, fue la misma que hizo de todo para hacer salir airosos a los Clinton cuando fue directora de comunicaciones de la Casa Blanca (durante el áspero período de 1997-2000). En su autobiografía, Living History (por la que recibió un adelanto de 8 millones de dólares), Hillary cuenta con pulso narrativo y lujo de detalles cómo se sucedieron los meses entre la negación de Bill, la confesión de Bill y su perdón. Al principio, el enojo era suculento, pero finalmente decidió ponerse de su lado: “A pesar de que estaba con el corazón roto y desilusionada de Bill, mis largas horas de soledad me hicieron admitir que lo amaba. Lo que no sabía era si nuestro matrimonio podía o debía perdurar. (...) No había decidido si luchar por mi esposo y mi matrimonio, pero sí resolví luchar por mi presidente”.
Para analizar los casos de estas mujeres que, a partir de Hillary, hacen del sostén de esposa algo tal vez privado pero seguro público, Analía del Franco elige no martirizarlas: “En toda decisión de este tipo siempre hay un beneficio secundario. Son matrimonios muy públicos, se componen sobre distintas convenciones. Pero yo creo que la decisión de la mujer se toma desde su propia conveniencia. A Hillary, por cierto, evidentemente no le hizo mella en su carrera política toda esa situación”. También, sucede que el mundo íntimo queda por fuera de nuestro alcance, más allá de las autobiografías y entrevistas con Ophra. En un artículo publicado en salon.com, Lynn Harris reflexiona, alrededor del caso Spitzer: “Después de todo, ¿quién sabe realmente qué le pasó a Spitzer? Quizás ella lo está engañando también. Quizás él le prometió un limpio y expeditivo divorcio si ella hacía sólo esto. Quizás está manifestándose por perspicaces intereses propios”. Y cita a la vez a Anne Applebaum: “Puedo ver una ventaja en esta elección: todo se da rápido. Y nadie te pide otra entrevista. Aparecés una vez y después desaparecés para siempre, junto con la carrera de tu marido. Si fuiste lista, te quedaste con el apellido de soltera y podés volver a tu propia carrera”.
Enumerados estos casos de explicaciones y justificaciones públicas por actos que tal vez sean considerados privados, vale una distinción: “Depende de la idiosincrasia de los países –explica Luis Tonelli, director de la carrera de Ciencias Políticas de la Universidad de Buenos Aires–. Cuando se dan estos discursos, en general están dirigidos a la Deep America, muy creyente y conservadora, a diferencia de la población de las costas”. Además, agrega: “En Estados Unidos una forma de hacer política es buscar el escándalo sexual. A veces se transforma en un boomerang, como pasó con Clinton”.
Mientras que Jaime Durán Barba plantea también una diferencia en la relación más abierta de las sociedades latinoamericanas en lo concerniente a la sexualidad, Del Franco agrega: “Es desgraciado, de todos modos, que siempre sea la mujer la que sale a guardar las formas cuando el otro no las guardó”.
Las historias mencionadas marcan una insignia norteamericana en el manejo de estos asuntos que son tomados como de Estado. Las frecuentes revelaciones relacionadas con la vida sexual de Silvio Berlusconi, por ejemplo, y las exclamaciones de su mujer (que está tramitando el divorcio) tuvieron otro tono, incluso aunque se oigan a lo lejos tan desestabilizantes. “El caso de Berlusconi –señala Tonelli– está en los antípodas. Si en la sociedad norteamericana cualquier insinuación de tener un amante significa un problema ético, en cambio, en la sociedad italiana Berlusconi hasta sale bien parado. Es muy idiosincrático. El escándalo no hizo nada en la popularidad de Berlusconi.”
Frente al caso de Fernando Lugo en Paraguay, Durán Barba también elige analizar cómo funciona la noticia en el público elector. Dejando de lado el hecho de que la complicación específica relativa a si hubo abuso de autoridad, el analista explica que “no causó un impacto tan grande en Paraguay. Después de la guerra de la Triple Alianza, que la población quedó conformada en 10 mujeres por cada hombre, se aceptó más una liberalidad y hasta la poligamia”.
Si buscamos en la historia anecdótica local, no es tan fácil encontrar hechos semejantes. Tampoco pareciera existir ensañamiento sobre ese tema. Acaso, para hablar de “buenas” y “malas” esposas, más sumisas o más retobadas, habría que señalar el caso de Zulema Yoma, despedida de la quinta de Olivos con alevosía y en pleno mandato, cosa que no generó reacciones ni siquiera por parte de la oposición. Tonelli observa que, de todos modos, hay una americanización de los sistemas políticos: “A contrapelo de esta importación de valores norteamericanos, los candidatos de la nueva política son empresarios a los que se les permite todo”.
Acaso no debamos sorprendernos entonces de que en algunos años tengamos industria nacional de conferencias de prensa rimbombantes y a la vez sobrias. Si los cruces de géneros televisivos se siguen dando con tanta asiduidad –como en la última campaña electoral, por ejemplo–, no va a sorprender de que una renuncia por infidelidad se funde y se dirima en lo de Rial. Aunque quizás ya es demasiada proyección.
GUIA PARA POLITICOS INFIELES
¿Cuál sería el mejor consejo para un funcionario que quiere salvar las papas frente a un escándalo sexual? Otro consultor convocado propone: “Lo primero que le diría es: arreglá con tu mujer, como sea. Si no tenés una mujer buena, arreglá para que lo sea. La implicada tiene que estar de tu lado. Después, si no, está el caso de demonizar a la mujer, que se acerca más a lo que pasó con Menem”. Durán Barba dice que lo primero es “decir la verdad. La prensa, más tarde o más temprano, va a enterarse, y es mejor decir uno la verdad buscando comprensión”. Con respecto al lugar de las esposas, si bien el consultor observa que el truco de involucrar a un funcionario en un escándalo sexual, al menos en un momento en que todavía hay muchos menos funcionarias que funcionarios, guarda un costado machista (la mujer “como fuente del pecado”), sería óptimo “humana y políticamente” que la esposa coopere: “Las esposas que asumen el hecho cumplen un papel humano. Tanto el hombre como la mujer deben apoyarse en todo. La gente lo ve bien. Ya pasó la época en la que decían ‘qué mal que estuvo’ cuando una esposa perdonaba a su esposo infiel. Tanto política como humanamente conviene tener la mente abierta. Y que los políticos demuestren que la tienen”.
Analía del Franco estima que en Argentina “la pareja se podría separar y no pasaría nada”. En el juego de pensar qué haría si se le apareciera un político con esta situación, primero, dice: “Mejor si no lo hace público. No es algo positivo. De todos modos, si hay un escándalo sexual no me parece que vaya a ser algo gravísimo para su carrera política. Tampoco lo tomaría como positivo porque es controversial. Lidiar con problemas pseudomorales es lo peor”.
Hay casos que salen de la norma. Por estos días, galopa de viva voz otro lío de firma sajona con características que lo hacen rebosar como comidilla. Se trata del matrimonio Robinson, de Irlanda del Norte. Resultó que Iris, la mujer del gobernador, tenía un amante de 20 años (ella tiene 60), al que ayudó a montar un restaurante dándole una mano como diputada. A raíz de esto, su marido, premier de Irlanda, decidió excluirse por seis semanas del cargo (supuestamente él sabía de las irregularidades que vinieron de la mano de su mujer). Luego de elegir dicha salida, declaró: “Continúo sosteniendo que he actuado de forma ética y es particularmente doloroso en este momento de gran trauma personal que tenga que defenderme de una acusación infundada y malintencionada”.
Actualmente, Iris volvió a poner de moda la canción que lleva su nombre (de Simon & Garfunkel) en la película El graduado, cuya historia central habla de una relación entre un Dustin Hoffman jovencito y una amiga de su madre.
Más allá de la coincidencia, aquí tenemos entonces una venganza pasada por psicofármacos. La infidelidad de ella costándole el puesto a él. Eso ya sí que parece del todo impensado en Argentina. Pero las anécdotas siguen cundiendo a lo largo y ancho del mundo. Situaciones múltiples y de resoluciones dispares, más de una vez craneadas por un equipo de expertos. Porque si van a salir los trapitos al sol, mejor que salgan después del Laverap.
Natali Schejtman
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08/02/10
Un experimento que revolucionó la tevé
El 10 de noviembre de 1969 se estrenó en los Estados Unidos el primer episodio de Plaza Sésamo. En ese mismo año los astronautas Neil Armstrong y Buzz Aldrin fueron los primeros seres humanos en pisar la Luna; Richard Nixon fue elegido como el presidente número 37 de los Estados Unidos; la guerra de Vietnam alcanzó su apogeo; en un pequeño pueblo rural del estado de Nueva York se celebró un concierto al aire libre de tres días de duración (el lugar se llamaba Woodstock). Trágicamente, se cerró también una década de magnicidios: John F. Kennedy y su hermano Robert; Martin Luther King y Malcom X. A primera vista podrá parecer frívolo incluir una serie de televisión para preescolares en esta lista de eventos tan significativos, cultural y geopolíticamente hablando.
Sin embargo, Plaza Sésamo marca un hito en la historia de la televisión, sobre el cual merece reflexionarse a pocos meses de su 40° aniversario, porque fue el primer intento serio de aplicar las teorías de vanguardia de la pedagogía (y del mundo de la publicidad y de televisión para adultos) a un programa educativo para niños.
Hoy los televisores del lado occidental del planeta están inundados por una abundancia vertiginosa de programación infantil. Y aunque hay ofertas locales en cada país, por supuesto, también existe un imaginario globalizado que une a todos los televidentes pre-escolares, si no en una tribu propiamente dicha, sí en un lenguaje audiovisual compartido. Un chico en Lanús Oeste ve el mismo Lazy Town que otro en Akron, Ohio; los pequeños en París se prenden a los Backyardigans igual que sus pares en Honolulú, Hawaii. Y etcétera. Como la comida, las golosinas y el deporte, los entretenimientos infantiles entraron plenamente en el paradigma de la globalización. Pero todos estos programas tienen una deuda con este ciclo iconográfico, Plaza Sésamo –que ahora nos puede parecer medio anticuado, una reliquia viviente– que en su momento fue realmente revolucionario (Ya verémos por qué).
El taller televisivo para niños
El grupo productor que se creó cerca del 67 para armar Plaza Sésamo se llamaba "The Children's Television Workshop" (o el taller de televisión para niños). La elección de palabras es significativa. Los creadores del programa –compuesto por titiriteros, directores, y académicos de toda índole especializados en el aprendizaje infantil– veían su proyecto como un gran experimento cuyo proposito fundamental era utilizar la televisión (y las herramientas comprobadamente funcionales de la televisón para adultos, como la publicidad y la comedia) para crear un programa que sería tan efectivo para enseñar a los niños –o más aún– que el colegio.
Además hubo un intento deliberado de dirigir el programa a chicos pobres en los centros urbanos del país. La elección de situar el set en un barrio urbano modelado en una calle de Harlem fue controvertida en su momento. Es como si hoy en la Argentina se situara un programa para niños en una villa pensando explcitamente en los chicos marginados como la audiencia principal. En esta misma línea, Plaza Sésamo fue el primer programa para niños –por lo menos en los Estados Unidos– con un elenco compuesto por razas mixtas: blancos, negros e hispanos. Fue justamente por este motivo que en los primeros años de su emisión fue vedado en el estado sureño de Mississippi. Según Matthew Johnson, un especialista estadounidense en medios, en ese momento de la televisión de los EE.UU., el único programa con un elenco compuesto por negros y blancos era Star Trek. Dice Johnson: "Las elecciones que tomaron en Plaza Sésamo fueron realmente valientes. El país no estaba preparado para eso. En su momento era algo muy, muy raro".
A pesar de estas decisiones que podrían haber llevado el "experimento" a un fracaso súbito, los resultados inmediatos del Workshop fueron positivos. En enero de 1970, a sólo tres meses del estreno del programa, The New York Times reportó que unas pruebas preliminares indicaban que niños de hogares pobres que veían regularmente Plaza Sésamo estaban avanzando en su educación al doble de velocidad que los chicos que no miraban el programa.
Además de este resultado pedagógico cabe resaltar tres elementos que contribuyeron al éxito de la serie que hoy, 40 años después, sigue en el aire –es el programa infantil más antiguo de la historia– y se ve en 140 países.
Uno fue la incorporación de celebridades a la trama. La intención de esta decisión de casting fue inducir a los padres a mirar el programa junto con los hijos. Esta técnica sigue siendo utilizada, por supuesto, hoy en día, en muchos de los programas infantiles. Su manifestación más grotesca, por lo menos en la Argentina, es el programa infantil dirigido por una voluptuosa vedette.
El segundo elemento destacable –que ahora es corriente, pero que en su momento fue también revolucionario– fue incorporar el humor (un modelo que tenían muy presente los miembros del Workshop era el show cómico Laugh In, un proto-Saturday Night Live); y por otro lado las técnicas de la publicidad: mucha repetición de imágenes y eslóganes. Pero en vez de vender cerveza o cigarrillos, los creadores estaban vendiendo el alfabeto. En las primeras décadas de Plaza Sésamo, cada programa era "auspiciado" por una letra y un número.
La tercera faceta que, sorpresivamente para la sensibilidad moderna, fue una innovación de Plaza Sésamo, consistió en combinar un elenco de títeres con seres humanos. Todos los grupos de estudio que se hicieron antes de la filmación del programa piloto coincidían en que los segmentos con títeres tenían que presentarse en bloques aparte de los que se hacían con actores humanos. Pero los testeos exhaustivos (dignos de la NASA) mostraron que los chicos no tenían el menor problema en ver a las dos "especies" compartiendo escenas. Y así fue como los muñecos de Jim Henson –el legendario titiritero– se convirtieron en protagonistas, en vez de meros actores de reparto.
Episodio uno: shock cultural al revés
Cuando se editó en los Estados Unidos el DVD con las primeras temporadas de Plaza Sésamo –en noviembre del 2007– vino acompañado por una advertencia que, para los que se criaron con el programa, parecía absurda: "Estos episodios de Plaza Sésamo están dirigidos a adultos y podrían no ser aptos para las necesidades de el niño preescolar de hoy".
¿Cómo puede ser? Veamos el Episodo 1. Tras la cortina musical que muestra niños blancos, afro-americanos e hispanos jugando en una plaza urbana (es toda de cemento) aparece uno de los protagonistas humanos de la serie, un tal Gordon. Está llevando a una chica de unos cinco años llamada Sally –que acaba de conocer– de la mano para que lo acompañe a tomar galletas y leche en su departamento con su esposa. La levanta a upa y le acaricia el pelo en varias ocasiones. Viendo esta escena hoy, más de un padre se sentiría bastante incómodo.
El segundo bloque es un videoclip con una canción hippie llamada "Hello Cow." Una voz en off explica: "Dos veces por día, en granjas de toda América, por la mañana y en el atardecer, es la hora lechera." En este momento hiper-industrializado y urbanizado, este clip parece una especie de propaganda retro-soviética. Un tercer clip muestra a cinco niños jugando en unas tierras baldías: corren por largas cañerías abandonadas, caminan por encima de precarias palancas en un sitio en construcción, y corren a través de ropa colgada tirándola toda al suelo, riéndose todo el tiempo. Tendrán alrededor de cinco años. No se ve un adulto en ningún lado.
Es un shock cultural ver lo que se consideraba normal hace sólo 40 años: las relaciones abiertas entre niños y adultos no familiares, la libertad de los niños para salir a jugar en la calle, el idealismo sobre el gran emprendimiento humano. Con razón estos primeros episodios son considerados sólo aptos para adultos.
Casi todos los programas pedagógicos para preescolares de hoy ocurren en mundos imaginarios, totalmente arrancados de la realidad cotidiana, retocados por técnicas de animación computarizada. Es como si no quisiéramos mostrarles a nuestros hijos la verdad del mundo. O por lo menos, postergarles el mal trago. Están tan atravesados por publicidades que no se sabe si el programa existe, en realidad, para apoyar la venta de productos. Plaza Sésamo inventó el magazine de enseñanza pre-escolar para la televisón. Todos los programas que vemos hoy están –consciente o inconscientemente– en deuda con él. Pero sus ideales iniciales –fruto de los años 60– de integrar a los niños pobres con los más privilegiados, de entretener y educar, de armar un producto vacío de cinismo o de fines comerciales (pero usando los trucos del comercio, como un caballo de Troya con el único fin de enseñar el alfabeto y los números), de crear un humor que podría disfrutar un niño junto con sus padres... Como todos los sueños utópicos de ese tiempo trágico y glorioso, desde el viaje a la Luna hasta la visión de King, aquellos ideales quedaron para la anécdota.
Andrés Hax
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07/02/10
Las plantas también lloran
Dejé de comer cerdo hace ocho años, después de que a un científico se le ocurrió decir que el animal cuyos dientes son más parecidos a los nuestros es el cerdo. Incapaz de ahuyentar la imagen de un chanchito alegre dedicándome una sonrisa brillante como la de George Clooney, decidí que era mejor renunciar al jamón en Navidad. Un par de años después, renuncié a toda la carne de origen mamífero. Aún como pescado y aves. Mis decisiones dietéticas son arbitrarias e incoherentes, y cuando mis amigos me preguntan por qué puedo probar el pato pero no el cordero, no tengo respuesta. La elección de las comidas es por lo general así: difícil de articular pero sostenida con intransigencia. Y últimamente se debate acerca de la alimentación con especial vehemencia.
En su nuevo libro, "Eating Animals" (Comer animales), el escritor Jonathan Safran Foer describe su transformación gradual de un vago y olvidadizo omnívoro que "se tragaba cualquier dieta" a un "vegetariano comprometido". Hace pocas semanas, Gary Steiner, filósofo de la Universidad de Bucknell, escribió en un editorial de The New York Times que la gente debería esforzarse por convertirse en "vegetarianos estrictos y éticos" como él, evitando todos los productos derivados de los animales, incluso la lana y la seda. Matar animales para obtener alimento y exquisiteces para el ser humano no es más que un "crimen categórico", como el "eterno Treblinka" de Isaac Bashevis Singer.
Pero antes de que les cedamos toda la estructura moral a los "vegetarianos comprometidos" y a los "vegetarianos éticos estrictos", podríamos considerar que las plantas aspiran tan poco a ser salteadas en un wok como un lechón a ser guisado a la pimienta en mi cacerola de barro para Navidad. Y esto no es un argumento cliché o para reírse de costado.
Las plantas están vivas y pretenden seguir así. Cuanto más aprenden los científicos acerca de la complejidad de las plantas, como por ejemplo de su delicada sensibilidad al entorno, la velocidad con que reaccionan ante los cambios en el ambiente y la extraordinaria cantidad de trucos que desarrollan para pelear contra los atacantes y solicitar ayuda a distancia, más se asombran los investigadores, y a nosotros nos resulta cada vez menos fácil desecharlas o considerarlas sólo como telón de fondo, captadoras pasivas de luz solar donde los venados, los antílopes y los vegetarianos pueden pastar cómodamente.
Es hora de hacer la revolución verde, de reordenar nuestras obstinadas mentes animales.
Cuando los biólogos de plantas hablan de sus sujetos, usan verbos activos e imágenes vívidas. El "forraje" de las plantas se refiere a recursos como la luz y los nutrientes del suelo. Al analizar la proporción de luz roja y luz roja distante que cae en las hojas, por ejemplo, pueden detectar la presencia de otros competidores clorofilados en la cercanía y tratar de crecer en otra dirección. Sus raíces pasean por la rizósfera subterránea y realizan toda clase de operaciones culturales y microbiales.
Las "plantas no son estáticas ni son tontas", afirma Monika Hilker del Instituto de Biología de la Universidad Libre de Berlín. "Responden a estímulos táctiles, reconocen diferentes longitudes de onda lumínica, escuchan las señales químicas, hasta pueden hablar" por señales químicas. El tacto, la vista, la audición, el habla, "son modalidades y habilidades sensoriales que normalmente las pensamos sólo para los animales" señala la Dra. Hilker.
Las plantas pueden huir del peligro aunque se queden en el mismo lugar. "Son muy buenas en evitar que se las coman", apunta Linda Walling de la Universidad de California. "Es una situación especial en que los insectos pueden superar esas defensas". Al más mínimo pellizco de sus hojas, las células especializadas de la superficie de la planta liberan una sustancia química para irritar al depredador, o una especie de goma pegajosa para aprisionarlo. Los genes del ADN de la planta se activan para iniciar una guerra de químicos en todo el sistema, es su versión de una respuesta inmune. Necesitamos terpeno, alcaloides, fenólicos: ¡vamos!
"Me sorprende la rapidez con que suceden algunas de estas cosas", sostiene Consuelo M. De Moraes de la Universidad de Pennsylvania. La Dra. De Moraes y sus colegas llevaron a cabo unos experimentos para medir el tiempo de la respuesta sistémica de la planta y descubrieron que en menos de 20 minutos desde que una oruga comenzara a comerle las hojas, la planta había extraído carbón del aire y había forjado compuestos de defensa desde cero.
Porque nosotros, los humanos, no podamos escucharlas, no significa que las plantas no griten. Algunos de los compuestos que generan en respuesta a la masticación de los insectos –ustedes dirán, su reacción– son sustancias químicas volátiles que sirven como pedidos de ayuda. Se ha demostrado que esta alarma suspendida en el aire, atrae a insectos depredadores grandes, como las libélulas, que se deleitan con la carne de oruga, y a insectos parásitos minúsculos, que pueden infectar a la oruga y destruirla por dentro.
Los enemigos de los enemigos de las plantas no son los únicos que sintonizan con la emergencia. "Algunas señales, por ejemplo estas sustancias volátiles que se liberan cuando una planta está herida", dice Richard Karban de la Universidad de California, "hacen que otras plantas de la misma especie, o incluso de otra especie, se tornen más resistentes a los herbívoros".
La Dra. Hilker y sus colegas, así como otros equipos de investigadores, descubrieron que ciertas plantas pueden detectar el momento en que se depositan huevos de insectos en sus hojas y actuar inmediatamente para deshacerse de la amenaza incubada. Pueden hacer brotar una alfombra de neoplasmas como tumores para atacar a los huevos, u ovicidas secretos para matarlos, o lanzar un SOS. En un informe publicado en The Proceedings of the National Academy of Sciences, la Dra. Hilker y sus colaboradores determinaron que cuando la mariposa hembra de la col deposita sus huevos en una planta de repollito de Bruselas, fija su tesoro en las hojas con mínimas cantidades de cola; el vegetal vigilante detecta la presencia de un simple aditivo en la cola: bencil cianida. Advertida por el aditivo, la planta altera rápidamente la química de la superficie de sus hojas para atraer avispas hembras parásitas. Las avispas hembras que estaban a la espera de tanta generosidad, a su vez inyectan sus huevos adentro y las avispas en gestación se alimentan de las mariposas en gestación; y el problema de la planta está solucionado.
Esto es lo espeluznante, digno de una poesía de Edgar Allan Poe: ese bencil cianida se lo donó el macho mariposa a la hembra mariposa durante el apareamiento. "Es una anferomona antiafrodisíaca para que la hembra no vuelva a aparearse", explica la Dra. Hilker. "El macho está protegiendo su paternidad pero termina poniendo en peligro a sus crías".
Las plantas se escuchan en secreto de manera benigna y maligna. Como lo describió en la revista Science y en otras, la Dra. De Moraes y sus colegas descubrieron que los brotes de un yuyo parásito pueden detectar sustancias químicas volátiles liberadas por posibles plantas anfitrionas como el tomate. El brote del yuyo crece inexorablemente hacia el tomate, hasta que puede enrollarse en el tallo de su víctima y succionar la savia viva.
"Siempre sorprende constatar cuán sofisticadas pueden ser las plantas", señala la Dra. De Moraes. Que los animales tengan que matar para sobrevivir es una pequeña tragedia cotidiana. Aquí, las plantas son los organismos autótrofos, que fabrican su propio alimento, y éticos, los que con esfuerzo obtienen su alimento del sol. Y no esperen que hagan alarde de ello, están demasiado ocupadas luchando para sobrevivir.
Natalie Angier
©The New York Times y Clarín, 2010. Traducción de Cecilia Benitez
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06/02/10
Cuentos cortos, colores extraños, historias largas
Héctor es el hombre más fuerte del circo. Y del mundo. También es el más popular. Y por ende, el más envidiado. Sus colegas descubren uno de sus secretos más ridículos: en los ratos libres, Héctor se dedica a tejer. El elenco del circo, entonces, lo humilla frente al resto. Incluso frente a la mujer de la que él está tan enamorado. Pero la burla llega de la mano de un vendaval que dispara la carpa por el aire. Entonces Héctor, gracias a su habilidad con el tejido, les evita a todos (incluso a sus ofensores) un verdadero desastre. Moraleja: la salvación depende de la capacidad oculta e inesperada del más musculoso de los hombres, cuyas fuerzas de nada sirven. Son los secretos revelados los que evitan una tragedia. Así es el circo.
Héctor, el hombre extraordinariamente fuerte es la última historia publicada por pípala, la colección de literatura infantil que en 2009, celebrando su décimo aniversario, lanzó la editorial argentina Adriana Hidalgo. El libro es de la ilustradora y autora parisina Magali Le Huche y al igual que el resto de los títulos, llegó hasta Clara Huffmann, directora de la colección, desde la Web. O desde un catálogo. O desde una feria internacional de literatura infantil. Huffman asegura que los caminos para la selección editorial de textos son siempre muchos. Muchos más si de "eso" que comúnmente se llama "literatura infantil" se trata. ¿Y de qué se trata la literatura infantil?: "No quiero pelearme contra otras concepciones de lo que es la literatura infantil. Esta colección sale a editar los textos que creemos son de muy alta calidad tanto literaria como estética. Estoy comprometida con cada título" confiesa.
Calidad estética al servicio de materiales narrativos. ¿Forma y fondo en armonía? Algo de eso, porque esa coincidencia de los factores es el primer síntoma de un pípala original ni bien se lo ve. Oscuros. Sintéticos. Casi monocromáticos, con títulos extensos, singulares tipografías y una tristeza necesaria, libros como Romeo nunca está contento, Pinzón en la tormenta, Ruidos bajo la cama, La guerra de almohadas más grande del mundo y La isla del pequeño monstruo negro – negro no ficcionalizan la angustia, pero enrarecen el horizonte de expectativas del lector infantil. En ese sentido, comportan un riesgo. Y leer se parece, debe parecerse cada vez más, a una desilusión a superar. Las historias de pípala no son complejas. Son distintas: "La colección de algún modo busca los márgenes de lo que se llama ´literatura infantil´. Se trata de desmitificar la idea de que los libros infantiles deben ser brillantes o colorinches, porque sino los chicos no se interesan. Al contrario, los chicos tienen una capacidad maravillosa de comprensión y ´disección´ de lo que leen y miran. No hace falta llamarles la atención con estridencias, ni tampoco hay que temerle al negro, a temáticas o imágenes más oscuras. La mayoría de las veces, los adultos nos movemos, leemos, y comprendemos desde distintos prejuicios. En el caso de los chicos, muchas veces los prejuicios todavía no existen, y, por ejemplo, la asociación de la oscuridad con algo temible o negativo no existe" sostiene Huffman.
¿Y cómo surgió la iniciativa?
Se fue desarrollando de a poco. Hace cosa de dos años empezó a tomar más forma la posibilidad real de arrancar con esta colección. Comencé haciendo una suerte de estudio de mercado en cuanto a lo que había y lo que no había en las librerías, tuve la oportunidad de ir a la Feria del Libro infantil de Bologna (la más importante en materia de literatura infantil) y, entre lo que vi y lo que me gusta, la colección empezó a formarse.
El referente es imaginario, los personajes son inventados y el conflicto es, por lo menos, curioso: la realidad no ingresa a estas historias buscando acumular efectos miméticos. Los textos no ilustran un mundo que se parece a este mundo que habitan los lectores. Da la sensación que para pípala, nada se parece a ellos, tan inasibles, tan inesperados. Las alusiones a "lo real" son, en todo caso, oblicuas: "En las librerías hay mucho libro relacionado con series de TV: personajes que ya son conocidos. Y usan compulsivamente colores brillantes y ´alegres´. También hay muchos libros relacionados a la crianza del chico, como podría ser ´Mi primer hermanito´ o títulos de ese estilo. No me interesa hacer un juicio de valor sobre esas publicaciones (aunque tenga una idea formada sobre ellas), pero hay mucho de esto, y creo que tiene más que ver con el adulto que con el chico" agrega la editora.
Hay un monstruo debajo de la cama en la que duerme un chico. Es horrible. Es malísimo. Al menos eso es lo que la bestia pretende hacerle creer al protagonista, que terminará descubriendo que su propio padre también puede ser muy temible. Ruidos bajo la cama, de francés Jean–Marc Mathis, es el libro de pípala que hasta ahora más se ha vendido. Está diseñado con sólo tres colores puros y en él, monstruo y chico conservan la línea: el padre, en cambio, es víctima de un lápiz nervioso y abominable que lo convierte en una sombra eléctrica. El relato sugiere que no hay padres ni tan buenos ni tan malos. El mítico y cuestionable mecanismo de ventas vulgarmente conocido como "boca en boca" quiso que estos ruidos hicieran, por cierto, algo de ruido. Sobre todo, en los padres. Porque eso es también la "literatura infantil": una elección de los chicos que compran los padres (o al revés) en la que todo texto se enfrenta a dos lectores (o tres). La clave de un emprendimiento editorial semejante es, entonces, estimular el deseo de que uno de ellos, o dos, o los tres, vuelvan a sus títulos.
¿Cómo sigue la colección?
Ya tenemos varios libros contratados más. Saldrá una segunda parte del libro de Romeo y una de Pinzón. No son la continuación lineal de los libros que salieron antes, pero son los mismos personajes en situaciones diferentes. Además hay una novedad: saldrán dos novelas breves, con ilustraciones. Una de esas novelas es Princesas, dragones y otras ensaladas. Nada que ver con las princesas a las que estamos acostumbrados, porque el personaje principal es la princesa Escarola, en cuyo reino los dragones raptan a las princesas al cumplir 15 para que las rescaten los príncipes y se casen. Pero en este caso, el dragón no rapta a Escarola porque es una pesada, insufrible y caprichosa, y no la soporta. Entonces la princesa decide ir a buscarlo para exigirle que la rapte.
Así es: para ser incluidos en la aventura, hay que exigirle a los libros el rapto. Parece triste, pero como en el caso de las princesas, es el camino más directo al casamiento. Es decir, a una posible alianza con la felicidad. En éste, el circo de los hombres mayores extraordinariamente fuertes.
Franco Torchia
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05/02/10
“Todos tenemos que lidiar con la pérdida”
La historia de una preadolescente asesinada que espera su turno en el cielo tuvo problemas desde el comienzo y su estreno ya fue postergado dos veces. “Es algo que no se ha visto retratado a menudo en un film, y con un tono que también es raro”, dice Jackson.
Cuando se filtraron las primeras reseñas de The Lovely Bones, el nuevo film de Peter Jackson, confirmaron lo que muchos sospechaban. “Una decepción artística de proporciones”, escribió Todd McCarthy, de Variety, quien asegura que la obsesión con los efectos visuales que tan bien le vino a Jackson para su trilogía El señor de los anillos “hiere mortalmente” esta adaptación del best seller de Alice Sebold. The Hollywood Reporter, por su parte, concede que la película funciona como “un melodrama que se convierte en thriller de venganza”, pero luego señala que “pierde el disfrute y la emoción del original”.
Los comentarios negativos vienen rodeando al film desde que Jackson liberó una imagen clave, a mediados del año pasado. La toma presentaba a la protagonista, Susie Salmon, de 14 años (interpretada por Saoirse Ronan), quien al principio del film es violada y asesinada por un vecino cercano y ahora observa a su aturdida familia desde lo que puede ser percibido como el “cielo”. Con la chica vestida con bermudas amarillas y un anorak, rodeada de nubes mullidas, apenas inspiraba confianza sobre lo que era un largamente demorado proyecto. Como escribió un fan bajo el nombre Boredbluekoala en el foro del sitio web de la revista Empire, “Si eso es el cielo, da ganas de bostezar. En esa imagen no se ve nada diferente a cualquier otro retrato de una fantasía religiosa. Jackson es ahora Kubrick, tomándose mucho, mucho, mucho tiempo para producir una película que podría haberse hecho eras atrás. Será un fracaso.” Es ciertamente una preocupación para Paramount y Dreamworks, los estudios detrás de una producción de 65 millones de dólares cuyo estreno fue postergado de marzo 2009 a fines de año, y luego a mediados de 2010. Así, la película llegará a las pantallas dos años después de ser filmada: la versión oficial es que se la retuvo para que entre en la “temporada de premios”, algo atendible si se tiene en cuenta que Jackson fue un multiganador de estatuillas con The lord of the rings.
De todos modos, si la película es un fracaso no será muy sorprendente, teniendo en cuenta que ha sido una de las producciones más tortuosas en la carrera del cineasta. De hecho, la historia ni siquiera comenzó con él sino con la directora escocesa Lynne Ramsay, quien iba a formalizar así su siguiente película tras el éxito de crítica de Morvern Callar en 2002. Aunque el libro de Sebold fue editado el mismo año en que se estrenó Morvern Callar, los derechos para cine ya habían sido adquiridos por Film4 Productions dos años atrás, sólo en base a un manuscrito incompleto. La combinación de la melancolía de Ramsay y la sensibilidad de Sebold parecía precisamente celestial. Con Ramsay adaptando la novela con Liana Dognini, su coguionista en Morvern Callar, todo parecía ir bien... hasta que la directora se acobardó. Como explicó en 2005, “la línea final fue que el libro salió y se convirtió en un best seller masivo. Y era también un libro tan amado que no quería que todo el mundo estuviera hablando de las diferencias entre la novela y la película”. Pareció que el proyecto crecía demasiado para Ramsay, quien confesó sus nervios por tener que pegar el salto para filmar en los Estados Unidos (el libro transcurre en 1973 y en Pennsylvania).
Finalmente, Ramsay dejó el film en 2004 y se puso a trabajar en una novela igualmente controvertida, We Need to Talk about Kevin de Lionel Shriver, que recién ahora comenzará a ser filmada. En ese momento, Jackson ya había expresado su interés en The Lovely Bones, tanto como para meter la mano en su propio bolsillo y comprarle los derechos a Film4 Productions para encarar el proyecto que seguiría a su remake de King Kong de 2005. En el momento muchos vieron esa movida como un intento del realizador neocelandés para volver a un estilo pequeño, pre-Anillos, que tan bien había funcionado en Criaturas celestiales, el film de 1994 protagonizado por Kate Winslet y Melanie Lynskey como dos chicas que conspiran para cometer un matricidio.
Sin ningún estudio que espiara por encima de su hombro, Jackson encontró su propia tajada de cielo cuando se puso a trabajar en la adaptación del libro de Sebold en 2006 junto a sus coescritores en El señor... y King Kong, su esposa Fran Walsh y la dramaturga Philippa Boyens. Según le dijo Jackson recientemente al diario USA Today, lo primero que le atrajo del trabajo de Sebold fue su naturaleza única. “Sentí que el tema principal es algo que no se ha visto retratado a menudo en un film, y con un tono que también es raro. Perder seres queridos es algo con lo que todos debemos lidiar, y cuando esa historia es contada desde el punto de vista de ese ser amado, se convierte en algo especialmente interesante. Sobre todo con el sentido del humor de Susie.”
Evidentemente, elegir a la actriz correcta para Susie era una llave para desbloquear el proyecto. Y Jackson tuvo un golpe de suerte con la aparición de Ronan, criada en Irlanda, que se hizo conocida por Atonement, cuya performance le valió una nominación al Oscar en 2007. Jackson aseguró que la actriz le hace pensar en una joven Cate Blanchett y no hay dudas de que fue la elección ideal. Por el contrario, fue más problemática la primera elección para el rol del padre, el vendedor de seguros Jack, quien se obsesiona con incriminar al asesino de Susan. Con una nominación al Oscar por Half Nelson, Ryan Gosling fue seleccionado, pero terminó dejando el proyecto con un viejísimo eufemismo de Hollywood: “Diferencias creativas”. Inmediatamente surgieron reportes de que Gosling era “demasiado demandante” y que por ello había sido despedido por Jackson. Gosling se movió rápidamente para conjurar cualquier rumor sobre una pelea con Jackson, asegurando que había sentido que era demasiado joven –entonces tenía 26 años– para asumir ese papel. “La edad del personaje y mi edad real fue siempre un tema que me preocupó”, le dijo a la revista Parade. “Peter y yo tratamos de hacerlo funcionar pero finalmente no lo conseguimos... Peter Jackson es un cineasta increíble, y estoy aquí para decir que se trae algunas cosas bajo la manga que le volarán la cabeza a la gente. Seré el primero en la fila para comprar entradas.”
Ciertamente, no fue la primera vez que Jackson tomó juicios equivocados con respecto al casting. Originalmente, el personaje de Aragorn en Lord of the Rings iba a ser asumido por el actor irlandés Stuart Towsend, pero cuando se dieron cuenta de que era demasiado joven para ese papel fue reemplazado por Viggo Mortensen. Si ése resultó ser un brillante golpe de buena fortuna, el reemplazo de Gosling en The Lovely Bones, Mark Wahlberg, parece haber sido una elección de emergencia. Aunque es diez años mayor que Gosling –lo que resuelve el tema de la edad–, sus recientes performances en películas como The happening y Max Payne sugieren que difícilmente sea el hombre para manejar el fuerte contenido emocional de la película.
Otros en el reparto –que incluye a Rachel Weisz como Abigail, la madre de Susie– también expresaron dudas sobre la dirección que fue tomando Jackson. Hace poco, Susan Sarandon, quien encarna a Lynn, la abuela de Susie, dijo que “en el espectro de personajes exagerados, ella probablemente esté al final de todo. Estoy borracha y fumando, y tengo un montón de pelo. Ellá está completamente al mando hasta que se viene abajo al igual que toda la familia”. La actriz admitió que Jackson la empujó a ser más y más extrema, “y así es como uno termina cometiendo grandes errores”.
Aunque fueron rigurosamente desmentidos por todo los involucrados, también circularon rumores de que la producción fue temporariamente cerrada debido a una pelea entre Jackson y su departamento de arte, dirigido por Jules Cook y Chris Shriver, por la manera en que debían verse las secuencias en el cielo. Jackson siempre dijo que el reto principal de adaptar el libro era encontrar una manera de retratar esas escenas para que parecieran “etéreas y emocionales, pero no melosas”. Con una posproducción que se extendió más de un año, y con su empresa de FX Weta trabajando horas extra para reproducir su visión, es fácil comprender que Jackson haya descrito The Lovely Bones como “El film más difícil que haya hecho nunca”. Jackson se ha esforzado para recalcar que el film no busca hacer un retrato tradicional de la vida en el más allá. “No tenemos ninguna intención de usar esta película para una pintura definitiva de cómo es el cielo y quiénes residen allí”, dijo. Incluso, a medida que el libro se acerca a su conclusión, parece evidente que Susie ni siquiera está en el cielo, sino en lo que Sebold describe como “en el medio”, una especie de purgatorio personal que parece ser manejado por los deseos inconscientes, reflejando sus humores y estados mentales. Aun así, hacer la presentación publicitaria de una película con una imagen que se ajusta a la estereotipada visión de la gente sobre el cielo no parece la idea más sabia.
Mientras prepara la segunda parte de una trilogía en 3-D y animación cuadro por cuadro sobre el personaje de comic de Hergé Tintín (Steven Spielberg está actualmente realizando la primera), parece que el regreso de Jackson a las películas en pequeña escala fue bien breve. Ciertamente, el blogger que lo comparó con Kubrick se equivocó. Porque con esto, y la producción ejecutiva y escritura de El Hobbit, precuela de El Señor de los Anillos dirigida por Guillermo del Toro, Jackson está más ocupado que nunca: muy diferente al caso de Kubrick, célebre por lo infrecuente de su trabajo.
La pregunta permanece: ¿será The Lovely Bones una odisea en la carrera post-Anillos de Jackson? Como director cada vez más adicto al gran espectáculo, sea en su propio trabajo como en las películas que produce para otros –el ejemplo más reciente es el innovador thriller District 9, de Neill Blomkamp–, quizá ya nunca más haga un film de pequeña escala. Como su socio en Tintin, Spielberg, cuyas películas se volvieron más grandiosas luego de que Tiburón pusiera su carrera en órbita, Jackson está en peligro de convertirse en un showman, antes que un narrador.
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04/02/10
Los “vecinos tóxicos” también van al mar
¿Qué es, en el fondo, un balneario en el verano? Un balneario en temporada alta es un conjunto de sitcoms familiares a la intemperie. No hay lugar en este mundo donde los límites y las libertades espaciales, visuales y auditivas sean tan ambiguas y tan disputadas como en un balneario de la costa atlántica. Es algo que nunca le mostrarán en los afiches de turismo: siempre una reposera de cara al mar, un jugo exprimido, una pareja como máximo, y si hay un niño en la foto, está dedicado a construir un castillo en la arena con la concentración de un científico loco, rodeado de brisa y silencio.
Un afiche turístico jamás mostrará a ese ser en el cual usted deposita indirectamente el destino de sus vacaciones, algo que va más allá de todo paisaje, que no repara en que el color del mar sea como collar de perlas o que le toque una maratón de días de sol que rajan la tierra, y ese ser tabú para los afiches es ni más ni menos que su vecino de carpa. Uno de los grandes pasatiempos de Dios, algo que forma parte de su extraño sentido del humor, es colocar siempre una familia expansiva, explosiva y corrosiva con el fin de que uno recuerde que la vida humana es como un gran sistema eléctrico conectado básicamente por chispas y cortocircuitos.
“Recuerdo que en enero del año pasado”, cuenta Jorge Carretero, padre de familia y consuetudinario veraneante pinamarense, “nos tocó en la carpa de al lado tener a dos padres jóvenes con su primer bebé. Me acuerdo que con mi señora no sólo nos teníamos que aguantar al pobre nene llorando toda la tarde, sino que, cuando por fin se ponía a dormir, la madre nos pedía a todos los vecinos que habláramos en voz baja para que no se despierte. Una locura”.
“En el balneario, no hay límites claros, porque todo lo que está bajo la lona de la carpa es tuyo, pero ¿qué pasa con el espacio de la entrada? ¿A quién le pertenece?”, se pregunta Ignacio Manzo, profesor de música, quien desde hace años decidió no pisar más un lugar de veraneo en temporada alta. “Es que, por más que pasara un mes en la costa, nunca me podía relajar. Y si alquilabas una sombrilla era aún peor. Una vez, en Villa Gesell nos tocó un fumador que tiraba las colillas a la arena y la mayoría de las veces, lo pude comprobar con mis propios pies, encendidas. Otra vez, nos tocó una familia que tenía por costumbre robarnos la reposera todas las mañanas, se ve que pensarían que era del balneario. Éstos en lugar de tirar las colillas tiraban la comida. Así que un año me tocó pisar cigarrillos encendidos y al año siguiente, churros rellenos de dulce de leche”.
Alberto Fernández, un contador público jubilado, veraneó toda su vida en Mar del Plata y ahora se inclina por cambiar un mes en la costa por una semana en un crucero, le tocó ser testigo de una ruptura matrimonial en vivo y en directo. “Parecía una mezcla de reality con película de Woody Allen. La pareja había reservado la carpa todo el mes y a la semana, estaban a los gritos. Según escuchamos, porque no podíamos dejar de escuchar, el tipo la engañaba con alguien en el trabajo. El sábado discutieron mal y ella se fue de la playa al poco tiempo de haber llegado. El marido vino un día más y después no se los vio más a ninguno de los dos. El carpero me dijo que ya habían pagado todo el mes, así que, por suerte, después de bancarnos todo ese intríngulis, tuvimos la carpa de al lado vacía y un vecino menos que aguantar”.
El modelo de vecino tóxico puede incursionar en una serie de conductas que traen consecuencias, como ondas expansivas de una bomba atómica, sobre un radio más que considerable a su alrededor. Podrá identificar a un vecino tóxico si pone en práctica alguna de las siguientes actitudes:
1) Todos los habitantes de la carpa se comunican a un nivel auditivo equivalente al del martillo neumático.
2) Al menos un ocupante encuentra que lo más natural del mundo es hacer pis detrás de la cortina y, como los perros, cubrirlo con arena, un sistema que puede ser ocultado, como máximo, durante dos días antes de que todos en el pasillo empiecen a sospechar que hay pis encerrado.
3) El vecino tóxico considera que llevar un equipo de música o una radio encendida a la carpa es la mejor forma para musicalizar sus vacaciones y, por regla general, sus gustos musicales no coinciden jamás con los suyos.
4) Los vecinos tóxicos suelen exceder la capacidad de la carpa y si no la exceden, al menos, transmiten la sensación de que son más que suficientes.
No existe una forma efectiva de lidiar con un vecino fuera de lugar pues, si uno protesta, si hace un reclamo público, si decide enfrentar al vecino tóxico y reafirmar sus límites territoriales, puede desencadenar un escenario aún peor: que el vecino, ya de por sí molesto, comience a ser intencionalmente molesto. Y usted podrá enfrentar a quien sea en la ciudad en su vida cotidiana, pero lo que menos necesita en sus vacaciones es ganarse un enemigo que, casualmente, tendrá que verle la cara durante toda su estadía.
“A nosotros en Miramar nos pasó algo loquísimo”, evoca Lorena Díaz Green, profesora de inglés. “Nuestro vecino de carpa nos dijo: ‘¿No me cuidan al perro que voy al mar?’. Y se lo cuidamos. Era un labrador muy bonito. Pero pasaron las horas, y no volvía. Llegó un momento en que ya era la hora que acostumbrábamos irnos de vuelta a casa, y el perro seguía con nosotros y ninguna señal de los dueños. Tuvimos que llamar a la policía porque pensábamos que el perro era robado. Al final, ya casi era de noche y volvió el dueño. Se había olvidado completamente de que nos había dado en custodia al labrador. Y, lo que es peor, ni siquiera nos pidió perdón. Tal vez, entendía que era nuestro deber de vecinos de carpa cuidárselo. Pero, para no tenerlo de enemigo todo el verano, nadie le dijo nada”.
Más allá de todos estos sinsabores, al fin de cuentas, un vecino tóxico de balneario tiene un único punto a favor: llegado el pico de su intolerancia veraniega, usted deseará volver a su trabajo, ansiará salirse del afiche y retomar su vida en el caos de la ciudad y los piquetes, una vida en la que puertas y muros de concreto lo separan a usted de sus vecinos. Y le permiten soñar despierto con sus próximas vacaciones en una isla desierta.
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03/02/10
Las manos en la masa
Cada casa, todas las casas tienen que tener una cocina. Lindas, feas, horribles, incómodas, lujosas, miserables, un rinconcito con un calentador, divinas, supermodernas, del tiempo de mi abuelita, del tamaño de una cancha de tenis, lo que sea, cocina tiene que haber. Pero además en esa cocina alguien tiene que cocinar comidas. Y entonces, aleluya, ya tenemos un hogar. No crea que lo digo yo de imaginativa que soy nomás: lo dicen señoras y señores sumamente serios y estudiosas y que tienen títulos como los de antropólogas y paleoantropólogos y terribles lauros parecidos. "Aquí se cocina", bien, mal, con humor de perlas o con bronca, pero se cocina y hay un hogar. Una se pone a pensar inmediatamente en el viajero agotado que llega en medio de la tormenta de nieve y al que se le da refugio y, claro, un plato de sopa. Menos mal que no es para tanto: en Rosario no nieva nunca y los viajeros tipo estepa rusa perdidos en medio de la nieve son cada vez más escasos, sobre todo ahora con el GPS y otros artilugios.
Podría suponerse entonces, con la mención de la palabra hogar, que la cocina es un lugar maravilloso, sereno, amable, en el cual una se refugia como en un nido de plumas y pétalos. Pues no. No hay lugar en el mundo más peligroso que la cocina. En la cocina una se golpea, se corta, se quema, se pincha, se da con la cabeza contra la puerta abierta del anaquel de arriba, resbala en unas gotas de aceite que se le cayeron de la mesada, se olvida de los huevos que puso a hervir y de la leche que ídem y cuando los va a sacar del anafe, le saltan sobre la mano y le sacan ampollas y para colmo el arroz se pegoteó al fondo de la cacerola y una se rompe las uñas tratando de sacarlo porque con la lana de acero nones. Sin contar con el acoso psicológico de "ese lugar del que nunca debieron haber salido" o "la cocina tiene que estar tan limpia como un quirófano" y otras aberraciones que prefiero olvidar. Cuando yo era una niñita y salíamos a comer en un restaurante, mi papá se le plantaba al mozo y mejor si era al maître, y pedía entrar a la cocina. Si la inspección era favorable, nos quedábamos; si no, nos íbamos. Heredé muchas cosas de mi papá, entre ellas la puntualidad que es de lo peor porque siempre tengo que esperar. Pero también es buena porque como sé que voy a tener que esperar, me llevo un libro y aumento mi cultura. Además gracias a mi puntualidad y a la impuntualidad del Goro, cuando empezamos a salir descubrí que me amaba porque una vez que íbamos a ir al cine no me hizo esperar más que cuarenta y cinco minutos.
No se asuste: tengo esta tendencia a irme por las ramas, pero suelo volver sana y salva. Quiero decir eso, que heredé cosas de mi papá pero nunca never jamás eso de ir a la cocina del restaurante al que entro. Eso lo podía hacer un señor imponente en aquellos años pero no una señora que no tiene nada de imponente en estos años.
La cocina de mi infancia y adolescencia tenía como reina indiscutida y señora de todo cuanto allí sucedía a Julia Martínez de Drake. Cuando yo soñaba con un futuro lleno de flores, alfombras de Persia, palmeras en las playas blancas y palacetes deslumbrantes, me iba a la cocina a tratar de adquirir la ciencia del buen cocinar, no fuera que la cocinera de mis sueños se diera cuenta de que yo no sabía nada de sartenes, marmitas, salsas y cocidos.
–¿Cómo se hace la salsa blanca? –le preguntaba a Julia.
–Ah, es muy fácil –decía ella–, usté pone la manteca en la sartén...
–¿Cuánta manteca? –decía yo.
–Y, un poco –precisaba ella, y seguía– y agrega la harina.
–¿Cuánta harina?
–La suficiente. Cuando usté ve que se despega, ya está.
–¿Y después?
–Fuego mínimo y revolver siempre para el mismo lado. Sal y nuez moscada y listo.
–Julia, la próxima vez que vaya a hacer salsa blanca, ¿me llama, por favor, así veo cómo lo hace usté?
Me llamaba, claro que me llamaba, y yo miraba atentamente, trataba de acordarme y me olvidaba hasta que al próximo ensueño volvía a la cocina: Julia, ¿cómo se hacen las torrijas?; Julia, ¿cómo se hace el conejo con salsa de zanahorias y cebolla?; Julia, ¿cómo se hace la torta asada?; Julia, ¿cómo se hace la sopa seca?, y así.Nunca aprendí nada. Y bueno, qué hay, ¡tenía tantas cosas que aprender!
Hasta que tuve mi primera cocina y me encomendé al Señor y a toda Su Corte Celestial pero no hubo caso. Yo no sabía hacer un huevo frito. Claro que un huevo frito bien hecho no es tan fácil como parece, pero fácil o difícil, no sabía. No sólo no sabía cómo se hacían las costillitas à la Villeroy sino que no sabía cómo se hervía una papa. Cometí todas las torpezas que pedirse puedan.
Es que además yo tenía puestos los ojos y el alma en otra actividad: yo quería escribir novelas. Y las dos cosas, vea, no andan bien juntas. Si una es una excelente cocinera, ¿cuándo escribe novelas? Si una escribe novelas, ¿cuándo cocina? La única manera de aunar ambas actividades sería no dormir, no rascarse, no salir, no bañarse, no mirar por la ventana, no, no, no. Y sobre todo no tener bebés. Ah, no, un momentito, pare la mano. Queríamos tener bebés. ¿Qué hace una ante semejantes dilemas? Lo que hice yo, sin mucha originalidad: una va y se refugia en las recetas.
Segunda época de mi vida en la cocina: recetas. No sé si las recetas no son otro género literario, francamente. Aprendí enseguida la jerga de las recetas: rehogue, añada, deje reposar, claras a nieve, diluya, exprima, pase por el cedazo, cuele, y así de seguido.Y un buen, un maravilloso día, me convertí en traidora. Tercera época de mi vida en la cocina: la traición. Ese día busqué una receta para ver cuánta manteca tenía que agregar a noséqué, y no la encontré. Y como estaba apurada, puse la manteca a ojo con un poco de miedo, lo confieso, y la cosa esa que no me acuerdo de lo que era salió espectacular. Fue como si Julia hubiera entrado en mi cocina y se hubiera reído de mí. ¡Ajá! Ahora era yo la que (se) decía "un poco", "cuando ve que ya está listo, sáquelo del fuego", "más o menos esto", "lo suficiente", "apenas", "un puñadito".
Todavía no escribía novelas, escribía cuentos y me sentía feliz escribiendo. Pero la cosa es que, aunque no me lo confesaba, también me sentía feliz cocinando. Tanto que, ahora no, ya no, pero durante mucho tiempo, años, cuando me hacían una entrevista y me preguntaban si tenía un hobby yo contestaba "la cocina y el jardín". Durante años daba gusto meter las manos en la harina, picar ajo y perejil, batir huevos, agregar a último momento los champignones, rociar con caldo y cognac lo que se estaba cocinando en el horno, pasar por maicena los trozos de chocolate para que no se deshicieran cuando horneara la torta, vigilar el punto del arroz para hacer torrecitas blancas al lado del pescado marinado y cocido en la tinta de los calamares, mezclar el almíbar con la yema del huevo, agregar cebolla rallada a la ensalada alemana de papas.
En esa época, que ya no sé si era tercera o cuarta o qué, los invitados a comer eran indispensables para lucir mis habilidades en la cocina. Si eran muy muy de confianza, les regalaba las recetas de lo que había preparado, sobre todo las de los postres. Me gustaba hacer postres porque los postres me gustan. ¿Se fijó que hay gentes que no comen postres? Ah, sí, las hay, qué horror. Lea usté al señor Brillat-Savarin y entérese. Cuenta por ahí, en su Fisiología del gusto la anécdota de una joven señora que casi no probó los manjares de un banquete. El la tenía sentada frente a él y le parecía tan bella, tan lozana, que no se explicaba cómo ni por qué no comía casi nada. Sentía un poco de lástima por ella. Pero... pero de pronto llegaron los postres y monsieur Anthelme Brillat-Savarin vio cómo se iluminaban los ojos de la joven señora, cómo le subían los colores a las mejillas, cómo se animaba toda su cara casi con una sonrisa sensual y finalmente cómo comía con deleite, con asombro, entrecerrando los ojos y dejando asomar apenas la punta de la lengua rosada entre los labios mientras saboreaba los azúcares y los almíbares. Ah, bueno, se dijo, ella sabe comer. Y se quedó muy tranquilo, ya sin lástima ni intriga, y se dedicó él también a saborear los postres y a admirar a la joven señora.
A mí, salvando las distancias, también me da lástima la gente que dice "no, yo postre no, a mí un cafecito". Amo a Brasil y a los brasileños, pero cuando me dicen "en este restaurante no servimos sobremesa (postre)", los quiero matar. ¿Cómo se puede bailar el samba si no se comen postres? ¿Por qué no estaré más bien en París en donde no lo tendrán a Lula, es cierto, pero sirven unos postres de locura? No hay nada como un postre bien dulce, suave al paladar y a la lengua, después de una comida exquisita o por lo menos satisfactoria. Nada.
De manera que me especialicé en postres. Y también en tortas. Le recomiendo mi torta de nuez. Y la de mandarina o la de limón, o esa que trae adentro trocitos de chocolate. Y mi postre tres colores. No se los pierda.
Cociné durante cincuenta años. Mal al principio. Qué digo mal. Horriblemente mal. Un espanto. Un poco, sólo un poco mejor cuando me agarré de las recetas. Bastante mejor cuando me convertí en traidora. Bien cuando empecé a decidir por mi cuenta. Muy bien mientras mis cuentos crecían y de tanto en tanto alguien me daba un premio. Y una maravilla de ahí en adelante cuando me largué a la novela como quien cierra los ojos, levanta los brazos por sobre la cabeza y se zambulle.
Mis primeras novelas no eran muy buenas. Venían a ser como el paso de mi primera a mi segunda época de cocina. Pero, atención, aquí digo gloria y honor a los editores. No a todos, atención, ¡por supuesto que no! A los que dijeron "Bueno, no es ninguna maravilla pero quién sabe; vamos ver, vamos a editar esto". A Daniel, a Jorge, a Paco. Después traicioné a mis padres y a mis madres y empecé a cocinar, digo a escribir novelas, bastante mejor de lo que lo había hecho hasta el momento. Y un día, buen o mal día, según se mire, descubrí que estaba harta de cocinar. Que cincuenta años era una buena performance y que basta. Ya no la tengo a Julia, pero la tengo a Ana.
–¿Qué hago hoy de comer? –me pregunta.
–Lo que a usted se le dé la gana –le digo–, vea lo que hay en el freezer y haga lo que más le guste.
Y me voy a mi escritorio y sigo con la novela que estoy escribiendo.
Otro buen o mal día me dediqué a burlarme de la cocina. Y con cuatro amigas (Hilda Rais, Ana Sampaolesi, Elvira Ibarguen, Virginia Haurie) escribimos Locas por la cocina con ilustraciones del Negro Fontanarrosa. Advertencia: que a nadie se le ocurra poner en práctica ninguna de las recetas que damos en ese libro, si no quiere morir envenenado entre estertores y convulsiones. Hay una sola, una sola receta verdadera, la de la cabeza guateada, que, sí, señoras y señores, es una receta de mi papá, el que entraba a inspeccionar las cocinas de los restaurantes a los que nos llevaba. Las otras son pura fantasía.
Ya no entro a la cocina más que para lo indispensable. Una torta una vez por semana cuando vienen las amigas a tomar el té. Un postre de vez en cuando si invito a alguien. Y nada más. Pero le debo a esa parte de la casa que da al jardín lleno de césped y árboles, una montaña de felicidad. Hay que entrar a la cocina, mujeres, no tengan miedo. Pero hay que saber salir. Escribir novelas es un buena puerta, ancha y lujosa. Pero hay otras: solamente hay que prestar atención, encontrarlas y arremeter.
Angélica Gorodischer
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02/02/10
Las desventuras de Pinocho en el siglo XXI
Pinocho ha regresado. Pero esta vez no se trata del dulce niño atolondrado y acaramelado con el que triunfó Walt Disney, aunque no falten ácidos guiños al universo del americano. Ni tampoco es la marioneta que ideó Carlo Collodi en 1880, de vida mucho más cruda, aunque el cómic siga, libremente, casi todas las aventuras de su relato, incluido el ahorcamiento. De hecho, el Pinocchio (Ediciones La Cúpula) dibujado por Winshluss –el apodo artístico de Vincent Paronnaud (La Rochelle, 1970), codirector de Persépolis con Marjane Satrapi– ya no es de madera, sino de metal. Y su creador no es un viejo solitario como Gepetto, sino un frustrado inventor con una mujer egoísta y libidinosa. Un inventor que no pretende que Pinocho sea hijo suyo, sino que, equipándolo con todo tipo de mortíferos artilugios de destrucción, desea venderlo al ejército. Por último, en este caso, su Pepe Grillo particular es un divertido insecto zángano y nihilista, una cucaracha que lee El idiota de Dostoievski y que utiliza su cabeza, en la que apenas hay cables y vacío, como un cómodo apartamento. Un personaje que el autor considera su álter ego.
El resultado es un fascinante cómic repleto de humor negro, a veces macabro, que recorre sin apenas diálogos la sociedad actual y sus azotes, desde la contaminación hasta la explotación del hombre por el hombre - también la del niño-, las guerras o el integrismo religioso, y que mereció el premio al mejor álbum en el pasado festival de Angulema, la meca del género. Winshluss, que asegura que buscará para futuras entrevistas alguna justificación interesante de este apodo que le puso hace años un amigo, ha estado en Barcelona presentando su álbum y sus nuevos proyectos: adaptar a la gran pantalla Pollo con ciruelas,de Marjane Satrapi, con actores; un cómic contra el integrismo religioso y, ya acabada, una enloquecida película de zombis, periodistas, meteoritos y el fin del mundo: Villemolle 81.¿Por qué tantos zombis hoy? "Es simbólico de que la gente está un poco muerta intelectualmente - bromea-,y si el vampiro es el romántico, el zombi, que va en masa, es el proletario del club de los monstruos".
El autor de tebeos como Monsieur Ferraille entra de lleno en Pinocchio: "Adoraba el Pinocho de Walt Disney. Fue el primer filme que vi cuando era niño. Era el símbolo de la inocencia, también la mía. Pero leí más tarde el libro de Collodi, muy diferente, moralmente mucho más ambiguo. En el origen de mi álbum tenía ganas de hablar de la sociedad actual, y la figura de Pinocho era simbólica de lo que he perdido, de la inocencia. Una reacción a las mentiras de Disney, a toda la dimensión social que se elimina en sus historias, y un cierto regreso a la visión de Collodi. Quería partir de algo clásico y lúdico e ir pasando a lo adulto".
"¿Negro? De algún modo en el libro está toda la miseria del mundo, las cosas que me perturban, me desesperan. Y que no están lejanas. Como en el cómic, en Marsella los niños trabajan en las fábricas de juguetes. Pero no me gusta la gente que aburre a los otros y todo está contado con humor. En este caso yo he encontrado una forma de explicar lo que quería a través de la mirada de un androide eléctrico, autista. No es un periodista. De hecho, el dibujo me permite que no haya casi palabras. Para algunas cosas no hacen falta. Pero aunque soy nihilista no es una mirada cínica".
Sí ácida. Como con el pobre pícaro ciego Wonder - sí, por Stevie Wonder-que cree vivir una revelación divina. "Hace años no hubiera atacado la religión. Tras el 11-S, la política de Bush, al que Dios le dictaba hacer la guerra y, en general, la vuelta a valores reaccionarios, sí. Porque la gente no se ríe de todo esto... Y la religión no respeta a los individuos y los que no respetan a los individuos me molestan". ¿Moral? "Soy amoral, pero ético. El individuo es lo más importante. No soy un ideólogo, no hablo en nombre de nadie, Más que a un público me dirijo a una persona. La demagogia me enoja. De hecho, eso es lo que me molesta del mensaje de Disney, de que si uno es gentil, todo irá bien. Es falso, los que triunfan son los cabrones, los cínicos, esa clase de personas que chafan a los otros. Y, sobre todo, el mundo es complejo, lleno de historias cruzadas, no sirve la visión maniquea de o bueno o malo, cada uno tiene sus razones para hacer las cosas". Y curiosamente, Winshluss, que ha hecho cine o música, dice que es en el cómic donde ha encontrado más espacio para contar lo que le interesa: "Ha sido un género infravalorado y no se han hecho aún muchas cosas en él".
© La Vanguardia y Clarín
Justo Barranco
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01/02/10
Apocalípticos e informatizados
La historia de la humanidad ha sido atravesada en todas las épocas por presagios catastróficos, hasta hoy –afortunadamente– fallidos. Durante la segunda mitad del siglo XX, muchos de esos presagios estuvieron ligados a la ciencia y la tecnología. Para muestra bastan la amenaza de una hecatombe nuclear o el riesgo de propagación de microorganismos genéticamente modificados que borrarían a nuestra especie de la faz de la Tierra. En estos días se cumplieron 10 años del momento para el cual muchos expertos, empresas y gobiernos del mundo anunciaban el riesgo de un apocalipsis tecnológico, esta vez de la mano de la informática.
El 1º de enero de 2000, con el cambio de fecha, un error generalizado tendría la capacidad de perjudicar tanto a las computadoras como a los sistemas informáticos y a toda la tecnología digital. Se trataba del bug del milenio, más conocido como el efecto Y2K, ni más ni menos que una falla de programación que afectaría a los archivos ejecutables, documentos, bases de datos y planillas de cálculo que utilizan para el almacenamiento de fechas sólo los últimos dos dígitos del año, y se extendería también al cálculo de los años bisiestos y a campos de fecha que los programadores rellenaran con claves o dotaran de significados especiales.
El problema se había originado a fines de los ‘50, cuando las computadoras eran enormes y las memorias y los medios de almacenamiento resultaban costosísimos y limitados. Por aquel entonces, una comisión integrada por programadores, fabricantes de computadoras, usuarios y el Departamento de Defensa de los Estados Unidos desarrolló el Lenguaje Común Orientado a Negocios (Cobol) con la idea de que pudiera ser usado en cualquier computadora. Sus creadores decidieron utilizar, para ahorrar memoria, un formato de fechas de seis cifras, refiriéndose a los años por los últimos dos dígitos. El sistema Cobol fue difundido ampliamente de la mano de la IBM en los años siguientes y las fechas expresadas en seis dígitos se convirtieron en estándar a la hora de programar.
Todo parecía ir bien con el formato de seis dígitos, pero a principios de los ‘90 comenzaron a surgir las primeras advertencias sobre la proximidad de una crisis informática. Peter de Jager, un programador devenido en consultor, publicó en 1991 un artículo titulado Doomsday para explicar lo que según él ocurriría el primer día del año 2000. El título del artículo no podía ser más contundente: doomsday es un algoritmo para calcular en qué día de la semana cae un día de un año dado, pero también puede ser traducido del inglés como el “Día del fin del mundo”. Una vez que instaló su teoría de la hecatombe informática, Jager se dedicó al rentable negocio de asesorar empresas, organizaciones y gobiernos acerca de cómo sortear con éxito el problema del año 2000. En 1995 creó un sitio que se convirtió en referencia obligada en la tarea de concientizar y tomar decisiones acerca del efecto Y2K.
FALSA ALARMA
La cuestión, planteada como un error generalizado, no era fácil de resolver. La falla podría estar diseminada en millones de líneas de código, ya no sólo de programas, sino también en grandes servidores de las redes de comunicación, dispositivos industriales e incluso en los electrodomésticos hogareños. Revisar y reescribir todas aquellas líneas de código representaba un enorme costo en tiempo y dinero, y la necesidad de expertos dio la oportunidad de volver a la acción a viejos programadores del lenguaje Cobol, como si fueran reservistas de un ejército de informáticos. Estos profesionales jubilados, a los cuales en algunos casos se les permitía trabajar y cobrar a la vez su pensión, conocían bien al “enemigo”. Ellos habían desarrollado programas en Cobol y crearon “parches” para solucionar un problema que no les resultaba extraño, tanto que ellos mismos habían ayudado a gestarlo.
Así como el bug del milenio representó una fuente de ingresos nada desdeñable para Peter de Jager y una legión de programadores, otro tanto ocurrió con la industria del hardware. El sello “compatible con el año 2000” se convirtió en norma para todos los dispositivos informáticos que se lanzaban al mercado, y no pocos usuarios decidieron renovar sus equipos y programas para no verse afectados por el efecto Y2K. Para acondicionar los sistemas, gobiernos, bancos y empresas invirtieron grandes sumas de dinero. En nuestro país sólo el Estado gastó 30 millones de dólares y algunas estimaciones llevaron el gasto total a 2000 millones de dólares en Argentina y 600.000 millones de dólares en el mundo.
Alrededor de este problema se generaron mitos que, ya sea por ignorancia, convicción o conveniencia, muchos se dedicaron a alimentar. La fecha resultaba propicia para reflotar todo tipo de ideas milenaristas y apocalípticas, religiosas o no. Así las cosas, las visiones más extremas pronosticaban que todos los ámbitos de nuestras vidas se verían irremediablemente afectados por este fallo. Los servicios públicos, el transporte, la producción y distribución de alimentos, las telecomunicaciones y correo, la educación, el gobierno y los sistemas de defensa colapsarían al ser fuertemente dependientes de la tecnología informática. Organizaciones internacionales tan diversas como la Cruz Roja y el Banco Mundial elaboraron guías para afrontar el suceso. Recomendaciones para aprovisionarse de agua, alimentos y combustible estuvieron a la orden del día. Las exageraciones no tardaron en aparecer. En Estados Unidos, la revista Time difundió el caso de la familia Eckhart que, frente a la posible llegada de la crisis, había adquirido un generador eléctrico y acumulado reservas de gas y comida para un año. Los Eckhart se habían entrenado en enfermería y realizaban simulacros periódicos. Además se habían hecho de un stock de armas por si enardecidos –y no previsores– hambrientos osaban atacarlos. El efecto Y2K también mereció un amplio espacio en los medios argentinos, que en la mayoría de los casos incrementaron los temores apelando a títulos rayanos en lo catastrófico e información limitada, con algunas excepciones como la de este suplemento, que se ocupó de aclarar que se trataba de una falsa alarma.
CINE Y CATASTROFE
También el cine se metió con el asunto, con un telefilm de ribetes apocalípticos, que aun hoy suelen difundir los canales de cable en horarios impensados. El 21 de noviembre de 1999, la cadena norteamericana NBC presentó Y2K: Countdown to chaos, algo así como “Cuenta regresiva al caos”; una película que muestra a un especialista gubernamental en sistemas luchando el fatídico 1º de enero de 2000 con aviones que caen, las centrales nucleares que explotan y un apagón generalizado en los Estados Unidos, entre otros clásicos del cine catástrofe. El film muestra que el colapso informático también haría que los cajeros automáticos no funcionaran.
Según encuestas difundidas por los diarios de la época, la imposibilidad de extraer dinero de los cajeros era en verdad la mayor preocupación de los estadounidenses en aquel momento. La emisión no causó una ola de pánico como ocurrió con La Guerra de los Mundos en la década del ‘30, sino que pasó con más pena que gloria. Así y todo, la película fue difundida durante diciembre en varios países de Europa y América. Curiosamente, en la República Checa se difundió recién el 2 de enero del 2000, un día después del anunciado apocalipsis.
Para la tan esperada y temida fecha, se habían montado planes de contingencia en bancos, líneas aéreas, oficinas gubernamentales, prestadoras de servicios públicos y dependencias militares de todo el mundo. Muchos programadores hicieron guardias preventivas en los centros de cómputo y pudieron brindar alegremente cuando pasada la 00.00 del 1º de enero de 2000 comprobaron que nada grave había ocurrido. Los reportes de fallos de sistemas y computadoras entre el viernes 31 de diciembre de 1999 y el domingo 2 de enero de 2000 fueron aislados y de poca envergadura. Y aunque Bill Gates anunció que el alerta debía extenderse por todo el año, el 2000 transcurrió con no más fallos informáticos que los habituales, y el accidente aéreo más impactante, el del avión Concorde, no tuvo ninguna relación con la cuestión informática.
Con el paso del tiempo el problema fue cayendo en el olvido, nuevos presagios apocalípticos ocuparon su lugar y algunos sitios que surgieron con el efecto Y2K se reconvirtieron. Por ejemplo el dominio (www.year2000.com), en el que Jager ofrecía soluciones para el problema del milenio a empresas y particulares, fue subastado sin demasiado brillo y brinda hoy “la mejor información sobre alimentos, comidas y bebidas a restaurantes”. Los lectores de Futuro evaluarán si, más allá de las exageraciones y las profecías, el bug del milenio fue un fiasco o una amenaza real y concreta sobre la que se actuó a tiempo. Ustedes, amables lectores, deciden.
Jorge Forno
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31/01/10
La vida en el Sistema Solar.... y más allá
¿Cuál es la probabilidad de que una estrella ordinaria como el Sol vaya acompañada por un planeta habitado? ¿Por qué seríamos nosotros los afortunados, medio escondidos en un rincón olvidado del Cosmos? Yo pienso que es mucho más probable que el universo rebose de vida.” Carl Sagan nos legó pensamientos como éstos desde su contemplación del universo en su “viaje personal” a través del cosmos y de Cosmos, su famosa serie televisiva.
Estos interrogantes no forman parte de un mero ejercicio de la imaginación, ni de una ensoñación del arte. Son estas mismas preguntas y otras tantas las que motivan a muchos científicos a llevar adelante distintos tipos de investigaciones vinculadas a la búsqueda de vida en otros planetas.
Astrobiología, exobiología, xenobiología, bioastronomía..., la búsqueda científica para tratar de responder a estas grandes cuestiones ha adoptado varios nombres. El objetivo es uno solo y consiste, básicamente, en desentrañar un gran enigma: ¿hay vida en otros lugares del universo?
La astrobiología es una rama de la ciencia transdisciplinaria que requiere no sólo información de la química, de la geología, de la biología y de la astronomía, entre otras, sino de su íntima interacción. La astrobiología, es, de esta manera, la “ciencia de la vida” que extiende sus límites fuera del planeta Tierra. Para comenzar a entender la búsqueda de vida en el Universo debemos empezar por responder algunas preguntas. La primera que surge es: ¿Qué es la vida? ¿Qué es un ser vivo?
Parece extraño indagarnos sobre algo que nos rodea por doquier tan cotidianamente. Pero la ciencia no se ha puesto de acuerdo aún en establecer una única definición de “vida”, aunque existe cierto consenso acerca de que un ser para ser considerado “vivo” debe presentar una serie de características, como por ejemplo, la capacidad de utilizar materia y energía del medio circundante y transformarla en una forma de energía biológicamente utilizable, o la capacidad de reproducirse autónomamente. Existen muchos grupos de científicos y de filósofos trabajando en este tema.
Poder obtener una definición satisfactoria es importante para saber qué buscar en otros planetas. ¿Sería posible hallar formas de vida distintas a las que conocemos en la Tierra? La respuesta es sí, pero aún no hay evidencias suficientes como para afirmar su existencia. Es por esto que esta búsqueda se basa en hallar formas de vida tales como las que hoy conocemos en nuestro planeta.
¿QUE, COMO Y CUANDO?
Existe otra gran pregunta por responder: ¿Cómo y cuándo surgió la vida? Nuevamente contamos con evidencias de nuestro propio planeta. Existen algunas hipótesis en este sentido; la primera de ellas apunta a que la vida en la Tierra habría surgido hace unos 3800 o 3500 millones de años, en un entorno acuoso y en un ambiente muy distinto al de nuestro planeta actual. La atmósfera de la Tierra carecía de oxígeno y por ende la capa de ozono era inexistente. Esto permitía que grandes dosis de radiación llegaran a la superficie de la Tierra.
En este escenario, a partir del ensamblado de moléculas orgánicas se habría dado lugar a la formación de las primeras moléculas llamadas “prebióticas”, las cuales luego habrían evolucionado hacia la formación de las primeras células, que luego de millones de años de evolución habrían dado lugar a todas las especies del planeta, desde los organismos unicelulares como las bacterias hacia formas de vida multicelulares como los animales, los hongos y las plantas.
Pero nuestro conocimiento sobre la vida no termina aquí. La increíble diversidad biológica que existe en la Tierra hace posible que aún podamos hallar nuevas especies vivientes, en condiciones ambientales en donde jamás hubiéramos pensado que la vida podría existir. Esto nos hace reflexionar acerca de la capacidad de la vida para subsistir y desarrollarse en ambientes tan variados.
El caso paradigmático lo representan los organismos llamados “extremófilos” que, como su nombre sugiere, son capaces de vivir en condiciones ambientales extremas. El primero de esta clase fue hallado en los años ‘70, por el microbiólogo Thomas Brock, quien aisló un microorganismo termófilo (organismos que viven a muy altas temperaturas) en las aguas termales del Parque Nacional Yellowstone.
Fue a partir de este momento que comenzó la exploración de nuevos ambientes y se hallaron gran cantidad y variedad de extremófilos, en su mayoría microorganismos, capaces de resistir distintas condiciones de temperatura, acidez, salinidad o radiación, entre otras. Hoy sabemos que, por ejemplo, la vida puede existir a temperaturas tan bajas como -20ºC o tan altas como 121ºC.
Estos microorganismos resultan de interés en astrobiología ya que muchos de ellos se encuentran habitando ambientes terrestres que podrían considerarse análogos a los que podríamos hallar en otros planetas o cuerpos planetarios tales como Marte, Titán (una de las lunas de Saturno) o Europa (una de las lunas de Júpiter). El árido desierto de Atacama o el gélido ambiente de la Antártida representan ejemplos de análogos de ambientes extraterrestres como el suelo de Marte o la helada superficie de Europa.
¿DONDE Y POR QUE?
Es innegable que Marte ha sido y es uno de los grandes protagonistas en cuanto a la búsqueda de vida en otros planetas. La primera misión lanzada específicamente en este sentido fue la que realizaron las sondas Viking en 1976, que descendieron en el planeta rojo en búsqueda de actividad microbiana. Si bien esta misión aportó gran cantidad de información, los resultados surgidos respecto del hallazgo de vida en dicho planeta fueron negativos.
Hasta hoy, ésta ha sido la única misión equipada para realizar experimentos biológicos con la intención específica de detectar vida en otros planetas. El resto de las misiones enviadas a este y otros planetas se han basado en buscar condiciones propicias como para que los seres vivos puedan existir. Se cree que estas condiciones deberían apuntar a la presencia de agua y otros elementos que se consideran esenciales tales como ciertos compuestos orgánicos.
En esta exploración astrobiológica, Europa, el satélite de Júpiter, parece ser el próximo candidato dentro de nuestro Sistema Solar. El descubrimiento de océanos de agua líquida bajo una gruesa capa de hielo ha generado ciertas expectativas acerca de la posibilidad de que exista vida en esta luna de Júpiter. El lago Vostok, en la Antártida, se considera un ambiente similar al de Europa, ya que es un cuerpo de agua subglacial, que se encuentra por debajo de un extenso manto de hielo, a unos 4000 metros de profundidad.
“CONOCETE A TI MISMO Y CONOCERAS EL UNIVERSO...”
Sin embargo, esta exploración no se circunscribe únicamente a nuestro Sistema Solar. A partir de los años ’90 la búsqueda se extendió hacia lugares más lejanos con el hallazgo de los primeros planetas extrasolares o exoplanetas, es decir, planetas que orbitan alrededor de alguna estrella fuera del sistema solar.
Actualmente, las nuevas tecnologías desarrolladas nos permiten pensar en una búsqueda de vida “remota”, basada en el uso de sondas enviadas al espacio que viajarán fuera de nuestro Sistema Solar y permitirán obtener datos acerca de la presencia de ciertos compuestos químicos en las atmósferas planetarias que resultarían un indicio de la posible presencia de vida en planetas lejanos.
Pero ¿por qué creer en la posibilidad de que existan seres vivos en otros lugares del cosmos? Se supone que el fenómeno de la vida es un caso promedio en el universo. Si se dieran las condiciones y el tiempo apropiados, la vida –tal como la conocemos–, podría surgir y desarrollarse en cualquier planeta que posea características similares a las de la Tierra.
Conociendo más de la vida en nuestro planeta y de la biología terrestre, podremos conocer más acerca de la existencia de vida en otros planetas.
La inscripción que se ha encontrado en el templo de la sabiduría de Delfos, en Grecia, representa metafóricamente esta idea: “...Tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? (...) Conócete a ti mismo y conocerás el Universo...” Así, en esta búsqueda de vida fuera de nuestro planeta es necesario recorrer un camino que empieza por conocer nuestra propia naturaleza.
Astrobiología en Argentina
A través del conocimiento científico hoy sabemos que para que un planeta pueda albergar vida es necesario que se encuentre cerca de una estrella y la orbite, tal como ocurre con la Tierra y el Sol. Se han realizado cálculos astronómicos que estiman que alrededor del 75 por ciento de todas las estrellas de nuestra galaxia están representadas por un tipo estelar particular: las estrellas de tipo M.
Estas estrellas resultan interesantes ya que muchas de ellas sufren procesos en los cuales emiten grandes cantidades de energía, los que se conocen como fulguraciones. Durante estas emisiones, que son repentinas y se producen durante relativamente cortos períodos, parte de esta energía es expulsada en forma de radiación ultravioleta (UV).
Desde la biología, a su vez, se sabe que este tipo de radiación puede resultar dañina para los seres vivos, en especial la radiación de tipo UV-C, que afecta directamente al ADN, molécula esencial para la vida tal como la conocemos.
Tiempo atrás se pensaba que cualquier planeta que estuviese orbitando una estrella M sería incapaz de albergar vida, pero actualmente nuevas hipótesis conducen a revisar esta idea. Parte de estas investigaciones se realizan en el Instituto de Astronomía y Física del Espacio (IAFE) y en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, donde se estudia cuál es el rol de las fulguraciones sobre la vida.
La idea comenzó a gestarse a partir de la iniciativa del Dr. Pablo Mauas, director del proyecto, y la Dra. Andrea Buccino, ambos astrofísicos del IAFE, a los que se sumaron los aportes del Lic. Guillermo Lemarchand, físico y fundador de SETI en Argentina.
En el año 2007 me incorporé al IAFE como bióloga y a este proyecto. A partir de entonces conformamos el primer grupo de astrobiología de la Argentina, al que se sumó el Dr. Eduardo Cortón, del Departamento de Química Biológica de la UBA.
Ximena Abrevaya
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