04/07/09

Jóvenes en movimiento: Jiigee, mongol

caparros_1.jpgMongolia es un país del tamaño de México con tres millones de habitantes: enormes estepas vacías donde no hay ciudades ni carreteras, donde los ríos van y vienen sin puentes que los crucen, donde la tierra no tiene dueño y los pastores nómades siguen llevando sus rebaños de un lado a otro. Jiigee ha vivido siempre en su carpa en medio de la nada y de sus animales pero, en los últimos años, entró en contacto con ciertos elementos de la cultura contemporánea. Y todavía no sabe si le gusta o no.

Al principio le costó aprender a cabalgar. Jiigee lo intentaba, pero los caballos le parecían animales caprichosos y temibles. Jiigee ya tenía siete años cuando se dio cuenta de que el caballo tenía más miedo que él, y aprendió a mostrarle quién mandaba, porque un niño mongol tiene que ser, antes que nada, un buen jinete. Sobre todo un niño mongol criado en medio de la estepa.

Jiigee nació en 1985 en algún rincón del distrito de Bat-Ulzii, provincia de Uvurkhangai, Mongolia central. Sus padres eran pastores nómades, así que el lugar exacto de su nacimiento no está del todo claro, pero no fue muy lejos de donde vive hoy: el nomadismo de los pastores mongoles ya no consiste en grandes migraciones, sino en desplazamientos de unos pocos kilómetros, según el ritmo de los pastos y de las estaciones. En todo caso, Jiigee siempre vivió allí, en esos valles bellísimos enmarcados por colinas suaves, verdes en primavera, blancos en invierno, donde las temperaturas puede ir desde los 35 grados de estos días hasta los 40 bajo cero de diciembre, y donde el vecino más próximo vive a dos o tres kilómetros: donde es fácil pasarse mucho tiempo sin ver a ningún desconocido. Donde muy pocos momentos de la vida son diferentes a lo que fueron hace tres siglos, ocho siglos.

–No, yo no fui a la escuela. Mi padre me necesitaba aquí, trabajando.

Mongolia tiene una tasa de escolarización superior al 90 por ciento: el porcentaje restante lo forman, en general, hijos de pastores que viven lejos de cualquier escuela y que no quieren o no pueden ir a la escuela pupila del pueblo. Cuando a Jiigee le llegó el momento, su padre se había enfermado y necesitaba que su segundo hijo ayudara al primógenito a cuidar los rebaños. Así que tuvo, en cambio, una larga instrucción en los saberes pastorales.

La educación. Lo primero, cuando tenía cinco o seis años, fue aprender a cuidar las ovejas.

–Ahí lo más importante es conseguir que engorden. Mi padre me enseñó cuáles eran los lugares donde comían mejor.

Dice Jiigee, y que un buen pastor tiene que conocer bien las enfermedades de los animales, saber qué hierbas les hacen bien y cuáles mal. Y saber cuidarlos de diversos peligros: el frío, los lobos, los ladrones. Que es cierto que parece que hay menos lobos que antes, aunque sigue habiendo muchos:

–Cuántas veces he tenido que disparar porque se me meten en medio del rebaño…

Pero que, en cambio, ahora hay más ladrones: que antes no había, y ahora de vez en cuando se pierden animales y no aparecen nunca más.

–A un amigo hace poco le robaron como un tercio del rebaño, eso antes no pasaba…

Su padre también le enseñó que usar un perro no siempre es bueno porque las ovejas le temen demasiado, que las ovejas no deben temer a su pastor sino quererlo, respetarlo: cuando las ovejas lo ven, dice Jiigee, van a buscarlo, porque saben que él las va a llevar al agua, a la comida.

A sus ocho años, Jiggee pasó de curso: las vacas son tranquilas, más serenas, pero tienen sus dificultades: a veces su rebaño se mezclaba con otro y tenía que reconocer y separar las suyas. Y al otro año empezó a ocuparse de los caballos, que son más rápidos y más inquietos pero más cómodos, porque todos siguen al potro que lidera la manada.
–¿Y ése fue el último paso?

–No, después vienen las cabras.

–¿Recién al final? ¿Las cabras son las más difíciles?

–No es que sean tan difíciles, pero en la primavera, cuando tienen crías, se complican, porque a veces ellas no las cuidan y tenemos que cuidarlas nosotros, ponerlas con sus madres para que coman y no se nos mueran.

–¿Y qué animales preferís?

–Las cabras y las ovejas. Son las que más me necesitan. Tengo que salvar a los chiquitos, tengo que cuidar lo que comen, tengo que estar atento cuando vienen los lobos. Son animales que esperan mucho de vos, te piden mucho…
Cuando Jiigee tenía diez años su padre murió, y su hermano mayor y su madre quedaron a cargo del rebaño y de la familia. Su hermano se casó, tuvo dos hijas; su madre se fue a vivir al pueblo. Jiigee, mientras tanto, seguía con su vida de siempre: cuidaba los animales, se veía con sus amigos, los hijos de los pastores “vecinos”, se divertía muy de tanto en tanto en alguna fiesta, una boda o algún viaje al pueblo, veinte kilómetros más abajo.

La familia. Pero, a sus 18, 19 años, su madre y su hermano empezaron a insistir para que se casara: así podría tener su propia familia, sus propios animales, su propio ger. El ger es el centro de la cultura pastoril mongola: una carpa redonda, de unos seis metros de diámetro, armada sobre una estructura de madera pintada de colores, con un techo cónico y una puerta decorada. El ger se monta o se desmonta en un día, y contiene todos los objetos de la familia: en el medio, la estufa de hiero que calienta y cocina; a los costados, contra la pared de tela, un par de camas –que de día son asientos–, los armarios, el espejo, las fotos de familia, el pequeño altar, un reloj despertador. A Jiigee le gustaba la idea de volverse independiente, pero es tímido, y en la estepa no es fácil conocer chicas. Algún amigo le habló de alguna, su madre trató de informarse, pero no resultaba. Hasta ese día de primavera, hace más de dos años.

Se le habían escapado unos caballos, y Jiigee los tuvo que perseguir treinta o cuarenta kilómetros; en un momento se paró en el ger de unos pastores y les preguntó si los habían visto. Le dijeron que no, pero Jiigee, en cambio, vio a una chica que le llamó la atención. Y ella le devolvió las miradas, las sonrisas.

Marta tenía 19 años; unos días después, Jiigee volvió a verla, y después otra vez, y otra. Cuando empezaba el verano, Jiigee invitó a todos sus amigos y parientes a que lo acompañaran, para que los padres de ella vieran que era una persona con poder y respeto suficientes para ser su yerno, y les pidió la mano de su hija. Jiigee y Marta se casaron un mes más tarde, y ella tardó dos más en quedar embarazada.

–¿Tu vida cambió mucho?

–Sí, muchísimo.

–¿Es mejor o peor?

–Mucho mejor, ahora tengo mis propias cosas, y la vida me parece más interesante, tengo más responsabilidades, me siento más hombre. Y después cuando nació mi hija me sentí tan feliz. Dos años atrás yo era sólo un tipo soltero, sin nada, y en cambio ahora tengo mi ger, mi familia, mis animales, mis descendientes que van a seguir mi camino… Ahora sí que soy un hombre.

Su madre y su hermano le dieron los animales que le correspondían y le ayudaron a construir su ger. En el ger de Jiigee hay una televisión chiquita.

–Tengo electricidad porque conseguí ese panel solar que está ahí afuera, se lo cambié a un hombre por una vaca. Así, cuando hay sol, puedo usar la tele y esta lámpara.

La rutina. El ger huele a carne y té con leche: cada forastero que llega es recibido con sonrisas y algo de comer. El deber de la hospitalidad es básico entre los nómades. Pero Jiigee dice que mañana mismo van a tener que desarmarlo para ir a buscar los pastos del verano. Las tierras de la estepa mongola no tienen dueño: cada cual busca un lugar, lo usa, lo deja. A veces, dice Jiigee, van a un lugar que ya está ocupado por otra familia, y tienen que irse más lejos.

–¿Y nunca se pelean por un lugar?

–No, ¿para qué? Siempre se puede encontrar otro.

Los días de Jiigee siguen regulados por la luz solar y por las estaciones. Cada mañana se levanta al alba, come el desayuno que le ha preparado Marta –el té con mucha leche y sal y y grasa de cordero, y algún trozo de carne o de queso. Después abre el corral de las ovejas y cabras para que puedan salir y se pone a limpiarles el corral; mientras tanto, su mujer ordeña las vacas. Hacia las ocho se va a cuidar a las cabras y ovejas. Son tres o cuatro horas de cierta calma: se recuesta en el pasto y mira sus animales, a veces se duerme una siesta o piensa cosas: cómo va a acrecentar su rebaño, cuánta lana venderá este año, cómo será la vida de su hija.

–¿Querés que vaya a la escuela?

–Sí, claro.

–Pero vos no fuiste y no te va mal… ¿Por qué querés que ella vaya?

–Sin ir a la escuela se puede hacer mi vida, cuidar a los animales, vivir en el campo. Pero yo querría que mi hija estudiara, que aprendiera muchas cosas y que se pudiera ir a vivir a la ciudad.

–¿Creés que su vida va a ser mejor si se va a la ciudad?

–Esta vida tiene muchos riesgos. A veces hace tanto frío que los animales se mueren y no sabés qué hacer. Además en los últimos años llueve menos, todo está más seco. Nuestra vida se está haciendo cada vez más difícil. Si mi hija estudia va a poder tener otra vida, una vida más fácil. Yo nunca estuve en la ciudad, pero amigos me contaron, y ví en la tele, que en las ciudades la vida es más fácil, hay tantas cosas. Hay harina, azúcar, arroz, gasolina, ropas. La gente tiene cosas nuevas, vive en casas con electricidad. Acá no es fácil comprar cosas. Cuando alguien va a la ciudad yo le pido que me compre lo que necesito.

–¿Y vos no querés irte a la ciudad?

–Yo no tengo educación, ninguna calificación, así que no podría encontrar un trabajo en la ciudad. Para mí es mejor quedarme acá. A mí me gusta mi vida acá, me gustan mis animales, me gusta saber que ellos me necesitan.

A mediodía, cuando vuelve, Jiigee mira dónde andan las vacas y los caballos, y si se fueron muy lejos los va a buscar. Hacia las dos almuerza, y vuelve a ocuparse de los animales, o va a buscar la leña o la bosta que usarán para el fuego, o unos baldes de agua, o arregla sus herramientas o los corrales. Y más tarde, antes de que caiga el sol –hacia las nueve en verano, las cinco en invierno–, los encierra.

(Pero hay muchas otras cosas que debe hacer. En marzo, por ejemplo, tendrá que pelar a las cabras para sacarles el cashemir, una fuente de ingresos importante, y más tarde a las ovejas. Y en otoño estarán listos los lácteos –cremas, quesos, leche secada al sol o fermentada– que llevará al mercado del pueblo. Y a veces también venderá algún animal, pero sólo cuando necesite dinero, porque Jiigee quiere que sus rebaños crezcan. Ahora tiene unos 160, el mínimo suficiente para vivir tranquilo.)

Y después se hace de noche y Jiigee y su mujer comen algo más –unas tazas de té, carne, algo de queso– y miran un poco de televisón, las noticias, algún debate, un programa de risa, y se van a dormir a eso de las once.

La modernidad.

–¿Qué diferencias hay entre la vida de tu padre y la suya?
Jiigee piensa un rato y dice que hay dos: una buena y la otra mala.

–Cuando mi padre vivía había agua suficiente, el pasto crecía muy bien, los animales siempre tenían qué comer. Ahora ya no es así, y eso es malo. Y la buena es que cuando mi padre vivía no había electricidad, teléfono celular, coches, y ahora sí.

–¿Cuál de las dos épocas preferís?

–Yo prefiero la época de mi padre, porque en esa época la naturaleza era mucho mejor. Llovía más, había menos vientos, los animales empezaban a comer buena hierba en marzo. Ahora ya no hay hasta junio…

–¿Y por qué pasa todo eso?

–Por las minas de oro. Antes estaba prohibido. Ahora hay minas de oro por todos lados, son como hongos, y realmente arruinan la naturaleza. Usan demasiada agua, arruinan demasiada tierra.

Jiigee está preocupado: dice que si no paran de buscar oro la vida de los pastores va a ser cada vez más difícil, se van a quedar sin agua ni tierras.

–Cada vez va a haber menos pastores y más mineros y más gente pobre.

–¿Y no querés ser minero?

–No. No conozco a nadie que se haya vuelto rico buscando oro, en general sacan un poquito, sobreviven…

–¿Y conocés a alguien que se haya rico como pastor?

–Sí, claro. El pastoreo hace que la gente sea más rica y más feliz.

–¿Cómo?

–Mi plan es aumentar el número de mis animales y entonces poder vender más animales cada año y poder comprar un camión… ahora sólo tengo una moto. Necesito tener plata para que mis chicos vivan bien.

Hace un año, Jiigee se compró un celular y dice que le mejoró mucho la vida: ahora puede hablar con su madre, con sus parientes, con algún amigo, y, sobre todo, ha descubierto que le puede hacer ganar dinero. En marzo pasado, cuando vino el comerciante que cada año le compra la lana de cashemir, le ofreció, como siempre lo había hecho, un precio bien bajo. Pero esta vez Jiigee tenía un arma nueva: llamó a un par de amigos del pueblo que le dieron la cotización correcta, y le dijo al comerciante que sólo se lo vendería a ese precio. El comerciante no tuvo más remedio que pagárselo, y Jiigee se sintió tan bien: ya no era un pobre pastor tonto al que cualquier tipo de la ciudad iba a engañar.

–¿Y cuál es el objeto que más querrias tener?

–Un jeep. Con un jeep podría traer más agua, leña, mudarme… La vida sería más fácil con un jeep.

–Pero el jeep es para trabajar. ¿No querés algo para darte gusto?

–Sí, un caballo. Me gustaría comprarme un caballo que corriera muy rápido, para ganar la carrera del pueblo.

Dice Jiigee, y se le iluminan los ojos. Al fin y al cabo, es un pastor mongol.

Jóvenes en Movimiento es una seria de reportajes producidos por encargo del Fondo de Población de las Naciones Unidas.

Martín Caparrós

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03/07/09

El libro del futuro ya está aquí

984065.jpgCuando nos dicen que en pocos años vamos a leer en libros electrónicos no es de extrañar que la mayoría de los lectores rechace la idea. Su experiencia de lectura en pantallas se limita a la de una computadora, que resulta muy incómoda debido a la intensidad de luz que emite su pantalla y que nos hace acabar la jornada laboral con la vista cansada de leer y de escribir correos electrónicos. Si ya tiene mérito leer apretujado entre decenas de personas en el subte o en un colectivo de vuelta a casa, no sorprende que los lectores abominen la idea de leer a su autor favorito en un ordenador, por muy pequeño y portátil que sea. Afortunadamente, hacerlo en un libro electrónico no tiene nada que ver con la agotadora lectura en computadora.

Las pantallas de los libros electrónicos permiten leer los textos digitales con luz direccional, es decir, su lectura es igual de amable y cómoda que cuando leemos un libro o un diario. Estos nuevos soportes cuentan con una tecnología, conocida como tinta electrónica, que permite disfrutar de la lectura tanto como cuando se lee una novela en papel. Algunos lectores estarán ya pensando que no hay nada que sustituya al placer de leer en papel: la textura de sus hojas, el pasar página, el olor... Sin lugar a dudas, esas experiencias nunca serán sustituidas por los libros electrónicos, pero estos nuevos soportes brindan otras comodidades.

Por ejemplo, si nos hemos olvidado los anteojos en casa, podemos ampliar el cuerpo de la letra y continuar leyendo. También permiten hacer anotaciones al margen y subrayar frases o palabras, igual que en los libros de papel. Sin tener que interrumpir la lectura se puede acceder al diccionario para consultar un término, y también se puede escuchar música mientras se lee. Además, como todo buen dispositivo electrónico, permite almacenar miles de libros, fotos y canciones en una biblioteca digital personal. Al igual que antes nos íbamos de vacaciones con un montón de libros en la valija que luego no teníamos tiempo de leer, hoy en día salimos de casa cargados de gigas (con la ventaja de que no pesan) con todo tipo de contenido digital almacenado en un e-book o en un celular y, probablemente, sin tiempo para consultarlo. Algunas cosas no cambiarán nunca.

La excelente acogida que ha tenido en los mercados anglosajones la nueva generación de libros electrónicos (Kindle, de Amazon; E-Reader, de Sony; Digital Reader, de I-Rex, entre otros) ha generado un intenso debate entre los defensores a ultranza del libro en papel y los apocalípticos tecnológicos. Las partes del debate están pasionalmente enfrentadas, dando a entender que en esta batalla sólo habrá espacio para un ganador. Unos declaran la muerte del libro de papel en pocos años; otros señalan, con cierta soberbia, que los libros electrónicos siempre han fracasado.  Los defensores del papel recuerdan que intentos similares de comercialización de libros electrónicos, como los eReaders de Palm o el Rocket, no lograron tener demasiado éxito de mercado y que, por tanto, la nueva generación de e-books también fracasará.

La historia demuestra que este debate es estéril, puesto que ambas tecnologías convivirán. Así como ahora utilizamos a lo largo del día diferentes soportes de escritura, también leeremos de formas diversas. Para cierto tipo de tareas, como escribir una novela o una tesis, utilizamos una computadora, mientras que para tomar notas o anotar algo en una agenda recurrimos a un bolígrafo o un lápiz. Incluso todavía quedan románticos que escriben con estilográfica. Lo mismo ocurrirá con nuestros hábitos, que están ya cambiando gradualmente con la irrupción de las nuevas tecnologías. Mientras que algunos lectores preferirán leer un libro en papel, otros se utilizarán su e-book para disfrutar de una novela. Los libros en papel nunca desaparecerán, aunque en pocos años las librerías, bibliotecas y editoriales ofrecerán todo su catálogo de libros en formato digital.

Cambio de hábitos

Nadie en el mundo cultural hubiera pensado que el modelo de negocio de las editoriales del siglo XXI iba a ser definido por un librero. Al igual que el lanzamiento del primer iPod de Apple en 2001 marcó un antes y un después en el sector discográfico, la apuesta en firme de Amazon -una librería virtual con más de 55 millones de clientes- por un mundo lleno de libros electrónicos está transformando los hábitos de búsqueda, compra y lectura de libros. El 9 de febrero último se presentó la esperadísima segunda versión del Kindle, tras vender más de 500.000 unidades del anterior dispositivo.

No sólo se ha mejorado el diseño del aparato, sino que también se han añadido nuevas funciones que hacen la lectura más agradable. A través de una pantalla plana del tamaño de un libro de papel y con un peso inferior a 300 gramos, los lectores tienen acceso a más de 245.000 libros digitalizados por menos de ocho euros cada ejemplar. El nuevo Kindle permite almacenar en su memoria alrededor de 1500 libros, lo que significa que a partir de ahora podremos llevar encima toda nuestra biblioteca personal. Además, permite la conexión a Internet para leer periódicos digitales, blogs, o para hacer consultas en Wikipedia.

De las nuevas funciones, una de las más comentadas y polémicas es la de texto de voz, una tecnología que hace posible que los textos de los libros digitales puedan ser leídos por el propio dispositivo en voz alta. Imagínese que vuelve a casa en tren tras una larga jornada de trabajo, saca su e-book para disfrutar de una novela, pero no logra concentrarse en la lectura porque el viajero de al lado es el clásico pesado que no para de hablar por el móvil. Gracias a la nueva función de Kindle puede evadirse con la lectura oral de su novela y dejar de escuchar al maleducado compañero de viaje. Piensen en la cantidad de posibilidades que ofrece esta nueva herramienta: aprender idiomas, practicar fonética...

Cada día salen al mercado más modelos de e-readers con todo tipo de funciones y precios más bajos. El último lanzamiento de Sony, el PRS-700, es un lector ultrafino con pantalla táctil y funciones de búsqueda y anotación incorporadas no vistas antes. Los modelos iLiad y Digital Reader, de la compañía I-Rex, representan la gama alta, aunque eso se traduzca en un precio por encima de la media. La compañía Fujitsu ha anunciado a su vez el lanzamiento del primer dispositivo dotado de una pantalla en color a un precio aproximado de 780 euros, más del doble de lo que cuestan los otros dispositivos mencionados. Fictionwise ha firmado recientemente una alianza con PlasticLogic para empezar a vender el próximo año un dispositivo electrónico tan fino como una hoja de papel. Este nuevo papel-lector podrá ser enrollado e introducido en un bolso o una mochila, tal como hacemos hoy en día con un diario.

Las cifras de ventas en varios países demuestran que hay una creciente demanda por este tipo de lectura. Mientras que la crisis financiera hace tambalear los ingresos de las librerías tradicionales -las ventas de libros en papel cayeron alrededor de un 5% en 2008-, parece ser que la venta de libros electrónicos en Estados Unidos continúa consolidándose. El último informe del Foro Internacional de Edición Digital (IDPF) señala que la venta de libros electrónicos experimentó un crecimiento del 69% en 2008.

Si leer en un e-book no acababa de convencer al lector tradicional de libros y ha generado un intenso debate entre los amantes de las letras, la idea de leer un libro o un diario a través de la pantalla de un móvil generará un rechazo aún mayor entre los escépticos. Pero lo cierto es que editoriales como MacMillan o Penguin, y los grandes medios de comunicación, están ofreciendo sus contenidos a través de los teléfonos celulares. Los resultados obtenidos por las editoriales en los proyectos piloto con tecnología móvil han superado todas las expectativas. Amazon acaba de lanzar una aplicación gratuita que permite a los 13 millones de usuarios de teléfonos móviles iPhone de Apple descargar y leer en pantalla cualquiera de los 250.000 libros digitales que tiene en su librería virtual. A través de la tecnología Android, de Google, los lectores podrán consultar el contenido de los más de siete millones de libros escaneados en su buscador a través de la lectura del código de barras (ISBN) de los mismos. Todo parece indicar que el celular se convertirá en el soporte principal de acceso a la información y a la lectura de todo tipo de contenidos, incluidos los libros.

Los libreros y editores están preocupados por el impacto que está teniendo la crisis en el sector (descenso en las ventas, cierre de librerías, avalancha de devoluciones, quiebra de distribuidoras, etcétera), pero no deben olvidar que la principal repercusión que tendrá la crisis es que acelerará la transformación hacia un mundo digital. El cambio ya está en marcha.

Por Javier Celaya (© EL PAIS)

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02/07/09

“Todos somos hackers”

caparros_1.jpgEl canadiense Mark Surman habla y habla sin parar. Pero no como esas personas que lo único que uno desea es que se callen y que, al hacerlo, se traguen sus palabras. A Mark Surman da gusto oírlo unir frases, conceptos, ideas: como director ejecutivo de la Fundación Mozilla, es uno de los pocos que ve en vivo y en directo cómo la web –un ecosistema informacional antes que una autopista– va cambiando de forma, se adapta a los caprichos y deseos de 1.600.000.000 de internautas ansiosos que, sin saberlo, componen una sinfonía de “clics” al unísono.

Si, como calculó el cibergurú Kevin Kelly, la web tiene tan sólo 6.500 días de existencia –desde que Tim Berners Lee creara la primera página web en 1991–, la Fundación Mozilla tiene alrededor de 300, los suficientes como para haber crecido como sinónimo de código abierto y comunidad. Sin embargo, el famoso de la familia es su hijo: el navegador Firefox, que puso en jaque el dominio del Internet Explorer y hoy es utilizado por el 20% de los internautas para estar, ser, parecer en la web.

Más que un territorio de sedentarios, la WWW es un continente de nómades, individuos que emprenden rutinariamente migraciones, saltos impredecibles. En el caso de Firefox, cada vez son más los conversos, los que le dicen adiós al tío Bill y prueban nuevos aires, nuevas formas de ver la ciberrealidad. Más allá de las características de fábrica –velocidad, seguridad, apariencia– propias de este software cuyo logo no es un zorro sino un oso panda rojo, lo curioso es que no se trata sólo de un software. A esta altura, es algo más. Como hace poco confesó y aconsejó John Lilly, CEO de Mozilla Corporation: “Paso más tiempo con mi navegador que en el auto. Deberías invertir el mismo tiempo en elegir tu navegador que el que invertís eligiendo el auto que vas a manejar. Es tu lente dentro de internet. Exactamente como los lentes de tus anteojos, afecta la forma en la que ves a la red. Cada vez miramos más el mundo a través de internet, las características de la lente importan más que nunca”.

La historia de la web, se sabe, está segmentada en eras geológicas –demarcadas por años y no por eones– que adoptan el nombre del navegador gráfico predominante: el primer acto fue ejecutado abordo del ViolaWWW (1992), le siguió el Mosaic (1993, el padre de todos los navegadores) y Netscape (1994), que sacó a la web de las universidades y la llevó a las masas alcanzando a tener casi el 90% del mercado de internautas. Hasta que Microsoft se avivó e introdujo en agosto de 1995 al Internet Explorer. Y, entonces, se declaró la guerra, la “Primera Guerra de Navegadores” (The First Browser War).

“Siempre hubo una gran competencia entre los browsers. Nunca fue fácil –recuerda Surman, activista y autodenominado evangelizador de la participación–. En realidad, consistió en una batalla de ideas, un choque de posiciones sobre cómo debía ser la web: cerrada, o sea, con la predominancia del software propietario que no se puede alterar, o abierta, garantizando la innovación y participación”.

TECNOGRAFÍAS. Lo primero que se pierde al entrar a internet es la memoria. Aquellos capaces de reconstruir sus recuerdos saben que mientras seguían apareciendo alternativas (Opera en 1996 y Safari siete años después), la “e” –azul y minúscula– tomó ventaja: al venir por defecto en Windows, el software más viral de la historia de la informática, el Internet Explorer se coronó rey. Netscape se desinfló y de sus cenizas nació Phoenix (2002), que se transformó en 2004 en lo que hoy es: Mozilla Firefox.

–¿Cree que todos los usuarios de este navegador conocen la filosofía que hay detrás?

–Para nada. Quizás la conozca un 5 por ciento. El éxito de Firefox es tal que la gente no tiene que pensar en estos aspectos. Pero ya es hora de que lo hagan: muchas de las cosas que la gente ama de internet las da por sentadas. La web es básicamente un medio de participación en una escala tan grande que nunca vimos algo así en nuestra historia como especie. En la edad moderna nunca tuvimos la oportunidad para expresarnos tanto y relacionarnos como lo hacemos. La gente ama la naturaleza participativa de la web. Cualquiera puede desarrollar cierto tipo de software, escribir o subir una foto sin pedir permiso.

–La participación sería algo así como el ADN de la Web.

–Cierto. La misión de la Fundación Mozilla no es desarrollar el navegador Firefox sino garantizar la naturaleza abierta de internet. En 2003 estaba claro que los accesos de participación estaban amenazados. Microsoft por entonces tenía un 98% del mercado de navegadores. La gente pensaba la internet en términos del Internet Explorer. Hasta que apareció Mozilla, un grupo de hackers, activistas y programadores que pensaron que se podían hacer cosas de otra manera, que se podía acentuar la naturaleza colaborativa de la red y que cualquiera podía venir a innovar.

–Se podría decir que esto constituye un fenómeno cultural dentro de otro más grande, la web.

–Sí. Son tecnologías de liberación. Firefox fue el primer browser en tener addons o complementos, que les permitió a muchos programadores construir su propio software. Y la mayoría de las personas que actualizan sus perfiles en Facebook o cuentan qué están haciendo en estos momentos en Twitter tal vez no lo saben, pero se benefician de esta filosofía.

–Pero donde hay beneficios también hay riesgos.

–No tenés el control de la información que subís o manejás. Los mails ya no son objetos que acumulás en tu casa; están en servidores a miles de kilómetros de distancia. Si Google decidiera hoy borrar todos los correos o Facebook usase tus datos para su beneficio, mucho no podrías hacer. Ése es uno de los grandes desafíos para el futuro. Mantener esa cultura de la participación de la Web 2.0 pero, también, lograr que el usuario tenga más control de sus datos y de su experiencia.

YO TUNEO, ÉL TUNEA.
Los futurólogos de internet abundan pero las predicciones que terminan volviéndose ciertas escasean. Nadie vio venir a la red a principios del siglo XX, ni siquiera los escritores de ciencia ficción. “No se puede predecir con exactitud lo que ocurrirá, pero puedo decir lo que quiero que ocurra –clarifica este hombre de hablar contagioso–: que crezcan los valores de participación, que la gente piense en ese espíritu del compartir y colaborar. Me gustaría que cada vez el usuario tuviera, de acá a dos años, más control sobre su experiencia de navegación, su privacidad y poder configurar cómo ve el mundo a través de la pantalla. Todos los internautas ahora somos hackers, en el sentido original de la palabra hacking, o sea, tenemos la posibilidad de agarrar algo y cambiarlo para que sea como yo quiero que sea, como yo lo necesito. Me gustaría ver cada vez más softwares y sitios a los que yo les pueda cambiar su aspecto y sus funciones y adaptarlas a mis necesidades”.

–Un tuneado.

–Se trata de crear nuevas maneras de interacción, nuevos puentes de comunicación. La web cambia cómo vemos el mundo y hasta cómo pensamos. Con el acento en la participación en la web, la gente ve ahora que puede hacer cosas: hacer una película con poco presupuesto, escribir lo que se le ocurra en un blog, comenzar un negocio con una idea, y todo esto amplificado con el low-cost de la web. La web cambia, sobre todo, la noción de oportunidad. Te cambia también la visión que tenés de la gente que conocés: ya no se limita a tu ambiente local. Se extiende esa habilidad que uno tiene de tomarle la temperatura al barrio. Ahora que tenés amigos en varias ciudades del mundo, cambia también tu noción del espacio y del tiempo.

–¿No cree que hay tanta información en la red que resulta abrumadora?

–Absolutamente. Pero los seres humanos somos buenos procesando información compleja. A algunos les gustan mucho los estímulos y a otros no tantos. Entrar a la web es como ingresar a una ciudad: es ruidosa y caótica. A algunos les encanta y a otros no. Justamente, como en una ciudad, en la red uno puede hacer zoom sobre aquello que le interesa y le da más placer. Es una experiencia gestáltica que se resume a cómo sentís y vivís en una ciudad. Porque no andás por la calle escuchando y viendo todo. Seleccionás, incluso cuando no te das cuenta.

GALAXIA FIREFOX

“Desde 1995, con el fin de la Primera Guerra, en la que la dinastía Microsoft venció a Netscape como el gobernante de la Webbrowserland, los ciudadanos de un país creado a fines de los ochenta buscan una mejor alternativa. La guerra fue una clara lucha por poder entre un gobernante lento y decadente, Explorer III, y los rebeldes de Mozilla, más rápidos y eficientes. Hasta que en 1995, Phoenix, luego rebautizado Firefox, escapó de la prisión de Explorer y se coronó entre los rebeldes. Los líderes de ambos lados fueron reemplazados siete veces pero Explorer y Firefox siguen peleando para controlar el reino de Webbrowserland, cuyo futuro luce promisorio pese a su persistente guerra civil”.

La historia –que se puede leer completa en Uncyclopedia.wikia.com, aquella versión alternativa y lisérgica de la Wikipedia— podría continuar y demuestra cómo los unos y ceros que componen estos navegadores saltaron de categoría y se convirtieron en otra cosa aun no del todo definida: motores de fenómenos culturales, tendencias ciberculturales, puentes de filosofía y expresiones artísticas y focos de alternatividad.

Frente a Microsoft, frente a Google o frente a cualquiera que imponga una visión unidimensional de la web: “Hay que reconocerle a Google que tuvo mucho que ver en cómo la web hoy es como es –señala Surman–. Mucha innovación vino y viene de ellos. Igualmente, es riesgoso para cualquiera crecer tanto como para poner en peligro a la competencia. Es una amenaza a la diversidad y hay que estar conscientes de eso”.

Firefox y la Fundación Mozilla que lo engloba, además, representan otro modelo: su software, por ejemplo, depende del trabajo de miles de voluntarios anónimos desparramados en todo el mundo. O sea, impulsa y se basa, como la Wikipedia, en la colaboración de muchos, justamente, para beneficio de muchos más: la llamada “innovación distribuida”, que se aprecia en un elemento que en sus principios distinguió a Firefox del resto de sus competidores (los navegadores Internet Explorer, Opera, Safari, Avant Browser, Konqueror, ELinks, Google Chrome, Maxthon, Flock, Arachne, Epiphany, K-Meleon): los addons o complementos, que, como las aplicaciones del iPhone, permiten la personalización (casi) total.

Firefox, además, impulsa movimientos artísticos como el promovido desde el sitio Artzilla.org. “Internet no siempre tiene que ser seria”, se lee en esta web desarrollada por Tobias Leingruber y Jamie Wilkinson, en la que se recopilan las extensiones más bizarras como “China Channel” (que permite ver la web como la ven los chinos), “Tourette Machina” (que inserta aleatoriamente palabras y frases mientras uno escribe) o “Add-Art” (que sustituye los banners de publicidad con imágenes de artistas).

Como ocurrió y seguirá ocurriendo, a Firefox también le llegará la hora de cerrar, de desaparecer o, simplemente, de adaptarse a los tiempos y voluntades de millones de usuarios cuyos gustos cambian casi impredeciblemente. Ahora, mañana, siempre.

Federico Kukso

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01/07/09

Una manga de argentinos

caparros_1.jpg¿Saben por qué se matan, argentinos? Porque son una manga de pelotudos. Porque se creen los más vivos, los supermanes, los invulnerables. Porque se creen que, como este país maravilloso, están condenados al éxito y que, por más boludeces que hagan, van a terminar bien. Porque son incapaces de pensar –entre otras cosas– las consecuencias de sus actos. Así que se lanzan a la muerte con el placer de los idiotas. Háganlo, diviértanse. A nadie se puede privar del derecho de agarrar su cochecito recién lavado, levemente tuneado, abonado en incómodas cuotas o contado rabioso, preparado para producir muecas de envidia en el vecino y jadeos de deseo en las ninfetas, y reventarlo contra un poste a 200 por hora: hacerse moco a 200 por hora, un destino bien macho y argentino. Pero traten de matarse solos. Si lo lograran, saludos y buen viaje. El problema es que, en general, se las arreglan para enganchar a algún incauto y, entonces, pasan de suicidas a asesinos. ¿Y saben por qué matan, argentinos? Porque son una manga de pelotudos. Porque se creen los más vivos, los supermanes, y al resto que lo parta un rayo. Porque se creen que, como este país maravilloso, están condenados al éxito y que, por más boludeces que hagan, van a terminar bien. Porque son incapaces de pensar las consecuencias de sus actos –argentinos.

Hay más razones, por supuesto. Se puede hablar del parque automotor deteriorado –lógicamente deteriorado en un país deteriorado– que no ofrece las condiciones necesarias de seguridad. Se puede hablar de las rutas deterioradas –pero, por suerte, privatizadas y cobrando peajes y subsidios– que no ofrecen las condiciones necesarias de seguridad. Se puede hablar del Estado deteriorado que nos enseña que se puede hacer casi cualquier cosa porque, en última instancia, es probable que todo termine en una coima. Se puede hablar del Estado deteriorado que no enseña qué sí se puede hacer, y por qué habría que hacerlo. Se puede hablar, pero si tuviéramos en cuenta todo eso y actuáramos en consecuencia, las consecuencias de todo eso darían otras cuentas.

Las cuentas de muertos en las rutas y calles argentinas son aterradoras. Los accidentes son la primera causa de muerte de menores de 45 años –la primera causa de muerte de los jóvenes en la Argentina– y siguen progresando. Pero las cifras son sólo la confirmación de lo que se ve todos los días: cuando voy por una ruta y el idiota de turno me pega el coche atrás y me torea porque considera que ir, como suelo ir, a la velocidad permitida es una pérdida de tiempo y una estupidez y una muestra de mi innegable cobardía, o cuando un energúmeno autopistero me pasa como una exhalación por la derecha a 170 para mostrar que a él nadie le gana, o cuando un mamerto semivirgen entra en una bocacalle por la izquierda a 60 sin mirar a los lados porque es macho o idiota ni recordar ni por asomo aquello de que la prioridad la tiene el otro, me dan ganas incontenibles de matarlos. Me vuelvo, por un momento breve y casi placentero, un varón argentino. Y pienso, entre otras cosas, que si tuviera que elegir entre dos amenazas, preferiría un pendejo acelerado y/o asustado apuntándome con una 38 que aquel ejecutivo o sojero o técnico dental pegándome la 4x4 a la cola porque quiere ser el más vivo del barrio: la primera, por lo menos, tiene cierta lógica –macabra. Por suerte no puedo elegir; por desgracia, el ejecutivo o sojero o técnico dental me atacan con mucha más frecuencia –y producen muchas más muertes.

Faltan, faltaba más, los datos oficiales, pero Luchemos por la Vida dice que en un año –2007, el último computado– se murieron 8104 personas en accidentes viales argentinos: 676 cada mes, 22 cada día. Ese mismo año, según el ministerio de Justicia, murieron asesinadas 1959 personas; más de la mitad –1090– fueron homicidios que no sucedieron “en ocasión de otro delito”, o sea: no relacionados con la delincuencia sino con las clásicas reyertas familiares o vecinales, la sal de la vida. En síntesis: en 2007 hubo casi ocho personas muertas en accidentes por cada persona muerta por un delincuente, pero no paramos de hablar de la inseguridad –que es grave–, porque consigue votos, adhesiones, porque legitima las peores posturas políticas, porque vende alarmas y policías privadas y, sobre todo, porque se le puede echar la culpa al otro: sus ejecutores siempre son otros –los delincuentes, los marginales, los villeros, los negros– y no, como en las muertes de tránsito, nosotros mismos, gente como uno. Que, decíamos, no sólo se mata sino que también asesina mucho más que los delincuentes: según el ministerio de Justicia, de los muertos en accidentes en 2007, 2014 fueron peatones y bici/motoristas: más que todos los muertos en homicidios, el doble de los asesinados por los delincuentes, un cuarto de todas las víctimas de accidentes, los perdedores de la lucha de clases vehicular.

Hace años escribí que la civilización eran las rayas blancas: “Hay pocos homenajes más repetidos y cursis a la convivencia humana que un señor que camina por unas rayas blancas como si nada, con semáforo verde y los coches a mil por la avenida, hacia él, con semáforo rojo. Es un gesto de infinita confianza. Sólo un signo lo separa del aplastamiento: sólo una convención. La civilización debe ser su confianza en que los conductores de los coches van a respetar la convención.

–Pobre ángel, era tan bueno.

–Sí, nunca eructaba en la mesa, casi nunca.

La convención funciona porque se supone que sirve para el bien de todos. Al automovilista le conviene parar para no tener problemas y porque él será peatón la otra vez, y le convendrá que los demás paren. La convención se basa en la ficción de que los puestos son intercambiables. No siempre es cierto.

–Pero mi coronel, imagínese lo que sería esto si todos los negritos anduvieran en coche.

–Intolerable, doctor. La barbarie, le digo, la barbarie.

–Usted lo ha dicho, coronel. Va a haber que tomar medidas.”

Las rayas blancas ya no garantizan nada, porque las convenciones que solíamos llamar civilizadas no están muy de moda últimamente. El problema es que esas convenciones –esas reglas– son maniobras defensivas para ir tirando, para garantizar cierta supervivencia. Si no las ponemos en marcha, estamos módicamente al horno –porque matar, ahora, es más fácil que nunca en la historia. Solía ser más complicado: había que blandir un arma y atacar, hacerse cargo. Ahora alcanza con pisar el acelerador de un arma que se supone que no es tal sino un medio de transporte y afirmación social. Es raro que andemos armados todo el tiempo, y se necesita mucha civilización para paliarlo. Está claro que no la tenemos.

Por eso, entre otras cosas, manejamos como manejamos. Y se podría postular que somos como manejamos: una manga de pelotudos que nos creemos los más vivos, los supermanes, los invulnerables. Que nos creemos que, como este país maravilloso, estamos condenados al éxito y que, por más boludeces que hagamos, vamos a terminar bien. Que somos incapaces de pensar –entre otras cosas– las consecuencias de nuestros actos. Así que nos lanzamos a la muerte con el placer de los idiotas.

Mientras sigamos manejando así, confirmamos lo que ya sabíamos: que la culpa es nuestra. No digo la culpa de los accidentes, digo la culpa en general: si así manejamos los pinches autos que tenemos, cómo no vamos a manejar así el pinche país que nos va quedando.

Por supuesto que el gobierno debería hacer campañas, enseñar, castigar, pero la culpa principal es de cada uno –porque cada uno puede cambiar o no su conducta en la calle. Y por eso las muertes en tránsito son un caso testigo, uno de los pocos en que se puede cambiar mucho si cada uno cambia, uno de esos donde no vale echarle la culpa al poder, a los políticos, a los corruptos, a la vecina del 3ºC. Si no bajamos la cifra de muertos cada año un poco más, no servimos para nada, nos mercemos todo lo que nos pase. Es así de pavote.

Martín Caparrós

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30/06/09

Gripe porcina: La parábola de un virus

Guzner14Vivar-Hoyos.jpgEste año el otoño llegó acompañado por una nueva amenaza, la de la gripe porcina. En cada esquina escuchamos preguntas tales como: ¿Cómo afectará a nuestro país? ¿La tasa de mortalidad será muy alta? ¿No habrá sido exagerado cerrar las fronteras con México? Mi hijo viajará a Estados Unidos en unos días, ¿será peligroso? ¿Deberemos extender el uso del barbijo?

Para poder discutir, con alguna propiedad, el valor de las respuestas a este aluvión de preguntas resulta conveniente entender el significado de algunas palabras o conceptos que empleamos. Lo primero que hay que aclarar es esto: ¿qué es una gripe?

La gripe o influenza es una enfermedad que pueden padecer tanto las aves como los mamíferos. En los seres humanos afecta principalmente las vías respiratorias y puede manifestarse con un resfrío, fiebre, dolor de garganta, de estómago o mediante dolores en las articulaciones y los músculos, o bien como un malestar general. Cada tanto, puede producir complicaciones más graves y resultar mortal. En la gripe, el agente que provoca la infección es un virus.

¿Qué son y cómo actúan los virus? Los virus son partículas microscópicas que no pueden replicarse autónomamente. Para hacerlo, deben penetrar en una célula huésped y utilizar su maquinaria metabólica para multiplicarse. Los virus viven como parásitos en el interior de sus hospedadores. También resulta importante saber que, a partir de una única partícula viral, dentro de la célula infectada se producen muchísimas copias del virus invasor. Todas capaces de salir y atacar nuevos blancos.

¿Cómo se transmite la gripe de persona a persona? Cuando se padece una gripe, las partículas virales pueden salir del individuo enfermo (infectado) y trasmitirse a uno sano a través de gotas cargadas de estos microorganismos que nosotros mismos emitimos, involuntariamente, al toser, estornudar o hablar.

Los virus no sólo afectan células humanas. Pueden atacar células de plantas, animales, hongos y hasta bacterias. En la naturaleza hay una enorme variedad de virus. Cada variante tiene características propias. Estas diferencias hacen que algunos de ellos tengan, por ejemplo, mayor facilidad para invadir una célula vegetal que una animal y, aun dentro de las células animales, algunos virus “prefieran” las células porcinas a las humanas o las de aves a las vacunas.

Pero a esto hay que añadir algo más: los virus tienen otra particularidad y es su alta capacidad para mutar o transformarse. Estas transformaciones se producen al azar. Es suficiente con que una única partícula viral mute y comience a replicarse para que ese cambio se propague infinitamente. El problema se genera cuando, a consecuencia de estos constantes cambios, el virus mutado adquiere nuevas capacidades, como por ejemplo la de replicarse dentro de un nuevo hospedador.

Así fue como un tipo viral que era capaz de penetrar sólo en células porcinas, pudo, a partir de una mutación, no sólo hacerlo en células humanas también, sino además transmitirse entre personas. O sea, lo excepcional de la infección viral que hoy nos preocupa es esa nueva capacidad de contagio que adquirió un virus propio de los cerdos: pasar de un ser humano a otro. También nos preguntamos cómo es posible que una cepa nueva de virus se origine en un sitio del mundo y desde allí se propague con tanta facilidad. De acuerdo con la información recabada, la enfermedad se originó en México, en una ciudad llamada La Gloria.

A comienzos de marzo de este año, una gripe muy virulenta, pero estacional, afectó prácticamente al 60 por ciento de los residentes de La Gloria, ciudad localizada cerca de una granja de cerdos que cría anualmente alrededor de un millón de animales.

En algún momento, un virus que potencialmente afectaba sólo a los cerdos intercambió material genético con un tipo de virus de la gripe humana. De este modo el virus porcino, mutado, adquirió la posibilidad de infectar seres humanos y esparcirse fácilmente entre ellos.

Luego, mediante la tos, los estornudos y las secreciones nasales de las personas comenzó a desplazarse desde su ciudad natal. Primero hacia la ciudad de México D.F., desde donde continuó su recorrido por el resto del mundo.

Sin embargo, pareciera que, tomada a tiempo, la enfermedad se comporta como una gripe controlable y que sólo cada tanto podría producir complicaciones y llegar a ser mortal. Es más, si se diagnostica al paciente al inicio de la infección, se le puede suministrar una droga antiviral que permite curarlo.

¿Por qué el peligro de una pandemia? Si no se controla el avance de este virus podría ocurrir que, en algún sitio, se genere una nueva mutación que lo convierta en más agresivo. La realidad mundial es que hay millones de personas que viven en pésimas condiciones de salud e higiene a quienes una variante más virulenta podría afectar significativamente.

Viviana Bernath - Doctora en Biología Molecular.

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29/06/09

Loca como tu madre

Guzner14Vivar-Hoyos.jpgUna mágica e histórica combinación hizo de Esperando la carroza esta película memorable que casi todxs hemos visto al menos dos veces y seríamos capaces de volver a ver. Otra serie de combinaciones, sobre todo el catálogo de locas que presenta sin pausa, la han convertido en objeto de culto de la cultura gay. Que en estos días haya muerto Alejandro Doria es una buena ocasión para recordar su mejor película.

MAS ALLA DEL AUTOR

En un libro clásico de crítica cinematográfica, Pauline Kael razonaba que una película memorable, por la misma lógica del cine, lo es por el encuentro (en el lugar y en el momento adecuados) de un conjunto de singularidades que, por sí mismas, jamás hubieran conseguido el mismo efecto. El ejemplo que utilizaba para una semejante descalificación del “cine de autor” era un poco injusto, porque Orson Welles, además de Citizen Kane (1941), fue director de otras películas igualmente desmesuradas y gloriosas, y El proceso (1962) es una de ellas.

De todos modos, Kael tiene razón al señalar que el reconocimiento universal a El ciudadano (que repiten ritualmente las nuevas generaciones de espectadores) supone, al mismo tiempo, una reverencia al director, Welles, pero también al guionista, Herman Mankiewicz, a la troupe de actores que dieron vida a los complejos caracteres diseñados por ellos y al conjunto de técnicos que los acompañaron (la cámara, el montaje y el maquillaje siguen siendo insuperables).

Lo mismo podría decirse de Esperando la carroza (1985), la película argentina que, sin proponérselo, hoy ocupa el lugar indiscutido de una de las obras maestras del cine argentino. Sin la fuerza concurrente de Jacobo Langsner (el autor del libro original), Alejandro Doria (el director) y los excepcionales actores que encarnaron a los personajes, Esperando la carroza no seguiría mereciendo nuestra atención.

Que en estos días haya muerto Alejandro Doria es una buena ocasión para recordar su película más exitosa (la más perfecta) entre las muchas que hizo, algunas igualmente buenas (Las manos, 2006) y otras francamente deleznables.

POST-DICTADURA

Estrenada en 1985, Esperando la carroza es estrictamente contemporánea de La historia oficial, la película de Luis Puenzo que ya no puede verse sin deplorar todas y cada una de sus elecciones (formales y temáticas). Las dos, sin embargo, sirven como el encuentro entre una necesidad ética (la explicación de la dictadura como trauma social) y una necesidad estética (cómo contar la supervivencia). Esperando la carroza desdeñó todos los andariveles simbólicos y alegóricos y recuperó una de las herramientas más potentes que la cultura argentina tiene para decirse y para investigarse a sí misma: el grotesco.

La historia es por todos conocida: los Musicardi están en un momento de crisis y discuten la tenencia de Mamá Cora, la anciana madre de cuatro hijos que han tenido suerte económica diversa durante los años de la dictadura. Cuando descubren la ausencia de la anciana, que está cuidando al hijo de una vecina, la creen muerta, organizan el velatorio del cadáver de otra vieja y, finalmente, la ceremonia fúnebre se transforma en una amarga celebración cuando Mamá Cora reaparece sin comprender del todo lo que está pasando. Entre uno y otro pormenor, las recriminaciones, los rencores y las miserias de la “gente corriente” son expuestos con la crudeza que el género permite y reclama. Toda la película gira alrededor de un tema, el cuerpo ausente de la Madre, que parece invertir (y, por lo tanto, abismar en espejo) el gran tema de la política argentina desde el Martín Fierro: la voz de la Madre reclamando por el cuerpo ausente de los hijos.

TEXTO E HISTORIA

Sobre estos asuntos, el guión original de Jacobo Langsner no podía saber nada. La versión primera de Esperando la carroza se estrenó en el ciclo Alta Comedia de Canal 9 durante la década del ’70 (China Zorrilla, Pepe Soriano, Raúl Rossi, Dora Baret, Alberto Argibay, Alicia Berdaxagar, Lita Soriano y Marta Gam fueron sus intérpretes; Hedy Crilla era una fantasmática Mamá Cora).

A partir del mismo núcleo narrativo, Alejandro Doria reformuló algunos personajes y situaciones (multiplicando, sobre todo, las apariciones de Mamá Cora, que en un principio iba a ser desempeñado por Niní Marshall y que terminó haciendo Antonio Gasalla). Antonio y Nora Musicardi son los “nuevos ricos” que han triunfado sobre los demás gracias a los “contactos” de Antonio con los sectores más repugnantes de la dictadura. Beneficiarios de la “plata dulce”, son los personajes que pudiendo resolver las dificultades de los suyos, deciden darles la espalda: el pasado político divide a la familia (algunos de cuyos miembros han abrazado la psicosis más espeluznante) y funciona como una herida que supura.

El elenco convocado: China Zorrilla, Luis Brandoni, Betiana Blum, Julio de Grazia, Juan Manuel Tenuta, Enrique Pinti, Cecilia Rossetto, Darío Grandinetti, Mónica Villa y Lidia Catalano. La televisión y el teatro no podían dar un ramillete de nombres más adecuados a esos roles. A pesar de los trabajos previos y posteriores, es probable que ningún actor se haya destacado tanto en su papel como en esta película: Mónica Villa y Lidia Catalano, que venían del teatro off, donde habían hecho notables caracterizaciones, son tal vez el ejemplo de un brillo irrepetible y decisivo para la comprensión del efecto de Esperando la carroza. Lo mismo podría decirse de la verborragia indetenible de China Zorrilla o de la grasada despectiva de Betiana Blum.

MUJERES AL BORDE

Entre los más curiosos efectos de Esperando la carroza hay que mencionar su carácter de culto entre los sectores que defienden y patrocinan todas y cualquier forma de disidencia sexual. No se trata sólo del hecho de que el personaje clave de la película esté desempeñado por un notorio transformista (después de todo, Pepe Soriano había hecho lo mismo en La nona en 1979). No se trata tampoco de la intencionalidad del director o del guionista, sino seguramente de algo que, una vez más, supone el encuentro en un mismo punto del tiempo y del espacio de fuerzas que vienen de lugares diferentes: una coagulación, o un chisporroteo como consecuencia de algún choque.

Se trata, tal vez, del carácter desmesurado de las feminidades en pugna. Si Mujeres al borde de un ataque de nervios de Almodóvar no fuera posterior en el tiempo, podría suponerse que Esperando la carroza la homenajea o la copia. Afortunadamente no es así.

El catálogo de locas propuesto por Doria a partir de la pieza de Langsner parece hecho para desatar todos los procesos de identificación: ¿a vos, cuál clase de mujer te habita? Está la atorranta de enfrente (la Rossetto), el ama de casa desesperada (Villa), la borderline (Catalano), la ninfómana (Blum), la intrigante (Zorrilla), la díscola descerebrada (Tenuta) y, finalmente, la vieja ida (Gasalla) y la extranjera (la húngara muerta).

¿No hay, en esas posiciones a lo largo de una serie fluctuante, algo que va marcando cortes en lo que se refiere a la identidad (imposible) del género y que, al mismo tiempo, señala la desaforada irrupción de la sexualidad o de su necesaria suspensión (que no es censura)?

¿No se juega en los excesos de caracterización (el habla interminable de una, los implícitos envenenados de otra, los desesperanzados gritos de aquélla, el balbuceo pre o post-humano de esta otra) y en los comportamientos siempre al límite de lo posible algo del orden de la construcción de lo femenino y, por lo tanto, de su mera función como forma límite de un devenir-mujer, de un hacerse mujer (de clase tal o cual)? ¿No es esa relación intensa de la mujer con el cuerpo ausente, en lo que la película de Doria insiste una y otra vez, por donde empieza una (cualquiera, o a lo mejor la única posible) política de la loca?

Alejandro Doria nació el 1º de noviembre de 1936 en Buenos Aires, donde murió el 17 de junio pasado, víctima de una neumonía. Desde finales de la década del ’60 hizo televisión (El avaro de Molière, intervenciones en Alta comedia, Papá corazón, Pobre diabla, El Rafa). Algunas de sus películas: La isla (1979), Los pasajeros del jardín (1982), Darse cuenta (1984), Cien veces no debo (1990). A esta última le impuso el mismo brillante ritmo narrativo que a Esperando la carroza, pero sin los mismos resultados (ni el casting ni el libro lo ayudaron). En 2009 se estrenó Esperando la carroza 2: se acabó la fiesta, con guión de Jacobo Langsner, dirección de Gabriel Condrón y un elenco parcialmente idéntico al de la primera parte: una resurrección penosa que subraya la imposibilidad de ser si no es junto con los otros, y las horrendas consecuencias de los pleitos judiciales entablados sucesivamente entre las partes.

Sin autor

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28/06/09

Mira esos hongos, pero no los comas

983695.jpgDIALOGO CON SILVIA LOPEZ, DOCTORA EN BIOLOGIA, INVESTIGADORA DEL CONICET.

–Bueno, aquí todos se dedican a la micología, o sea, al estudio de los hongos.

–Sí. Integramos el ProplamePrhideb, que es un instituto del Conicet y estamos en el Departamento de Biodiversidad y Biología Experimental de la FCEN.

–¿Por qué no me cuenta un poco qué hacen o qué hace usted?

–Yo trabajé siempre en hongos, y desde los hongos me fui yendo para el lado de las enfermedades que producen los hongos en las plantas, trabajando en relación con gente de la Facultad de Agronomía sobre la interrelación entre los hongos y las enfermedades.

–Los hongos son un reino aparte, ¿verdad?

–Sí. Originalmente se los estudiaba junto a las plantas. Se los consideraba plantas no verdes, sin clorofila, pero a medida que las técnicas de definición de los grupos fueron cambiando, se los empezó a separar hasta que formaron un reino independiente. Tienen algunas características que los asemejan a los animales, otras que los asemejan a los vegetales, pero están totalmente separados de ambos.

–¿Por qué?

–En el ciclo natural, las plantas ocupan el nivel de la producción: transforman la energía del sol junto a los elementos del aire y del suelo en los compuestos estructurales que las forman. Los animales no tienen esa capacidad, lo único que pueden hacer es transformar compuestos, degradarlos y formar otros. Es lo que hacemos nosotros: consumimos materias que ya están estructuralmente formadas (plantas, otros animales), las desarmamos (con la digestión) y las aprovechamos para lograr nuestros propios compuestos estructurales.

–¿Y los hongos?

–Los hongos no son productores, no tienen los pigmentos para captar la energía solar, pero lo que sí hacen es utilizar las estructuras de otros organismos. Y lo hacen de una manera particular: eliminan al medio una serie de enzimas que degradan los compuestos estructurales ya formados y los transforman en los compuestos que a ellos les interesan. En realidad, los hongos están haciendo lo mismo que hace nuestro sistema digestivo, pero externamente. Con lo cual tienen una función muy importante en la naturaleza, que es la de degradar estructuras ya formadas. Por ejemplo, los hongos degradan en los suelos de bosques ciertas estructuras biológicas que ya pueden ser consideradas organismos. Sin ellos, estos compuestos complejos se acumularían. Además, tienen la función de restituir a la atmósfera algo muy importante, que es el carbono. El carbono forma parte, en las plantas, de estructuras muy complejas: la celulosa (que forma las fibras vegetales) y la lignina (que es un compuesto mucho más complicado y que forma lo que serían las estructuras leñosas: los árboles, las raíces). Todos estos carbones que están atrapados en estas estructuras son recuperados hacia la atmósfera por los hongos.

–¿Y cómo son los hongos? Existe una imagen popular del hongo sombrerito, y la otra imagen es la del hongo de la piel.

–Son muy variados. Pueden ser de una sola célula, como es el caso de las levaduras...

–¿Son hongos?

–Sí. Y es el primer organismo que fue utilizado biotecnológicamente por el hombre: vino, cerveza, pan. Tenemos, entonces, desde este sistema sumamente simple hasta uno muy complejo como podrían ser los champignones. En ellos, tenemos estructuras diferenciadas, colores, texturas, tramas.

–Hay algo extraño, que es que crecen de una manera increíble. Hay veces que de noche, después de una lluvia, uno los ve surgir.

–Sí. Pero ojo: cuando uno ve crecer un hongo de sombrero después de una lluvia está viendo sólo una parte: si lo desprendemos del suelo, la mayoría de las veces se nota en la base una serie de filamentos como algodonosos, y si uno sigue cavando se va a encontrar con toda una trama de filamentos que son parte del hongo. El cuerpo del hongo es una red de filamentos que está por debajo del sustrato que tiene el sombrerito. El sombrerito, en realidad, es el equivalente de los frutos de una planta y se produce solamente en un determinado grupo de hongos. Nosotros lo llamamos “fructificación”, aunque el proceso no es el mismo que la fructificación de una planta. Los elementos que van a propagar a ese hongo se llaman esporas: son células que se forman en ese sombrero y que tienen como objetivo la propagación de la especie. Las esporas son llevadas por el viento, llegan a un lugar que les es adecuado, germinan (como si fuera una semilla), aparecen de nuevo los filamentos... Cuando se dan condiciones ambientales propicias, las células de los filamentos (que son muy sencillas) se empiezan a transformar y dan esas estructuras que nosotros vemos. En esta época, nosotros solemos tener muchas consultas por intoxicaciones.

–Esa es la otra cuestión con los hongos. Hay venenosos y hay no venenosos.

–Las especies tóxicas no se pueden distinguir salvo que uno conozca muy bien la especie o que sea una persona entrenada en la vida diaria para coleccionar y comer ese hongo. El problema es que la recolección debe ser sumamente cuidadosa y debe hacerse un análisis uno a uno de los hongos. El otro problema es que una cosa es coleccionar hongos en el Hemisferio Norte y otra cosa en el Hemisferio Sur. Una persona que cambia de hemisferio puede encontrar hongos que se parecen mucho a los que consumían en su lugar de origen y que acá son tóxicos.

–O sea que el bagaje cultural no es seguro.

–Exactamente. Hay que tener muchas precauciones.

–¿Y los hongos de la piel?

–Están usando como sustrato la piel y tienen algunas características un poco diferentes. Son filamentosos, aunque no producen tantos filamentos como los que se producen en el suelo. Además hay que tener en cuenta que nosotros tenemos defensas. En realidad, el ataque de los hongos hacia organismos complejos que tienen sistemas inmunológicos definidos es más bien la excepción, no la regla. Estos problemas se dan cuando la persona tiene algún inconveniente de inmunosupresión. Es muy común, por ejemplo, en el caso de pacientes con VIH.

–Eso explica también por qué los hongos enferman a las plantas... Si utilizan a las plantas como sustrato...

–Es lo que yo estudio. Sin embargo, las plantas tienen su sistema de defensa (si bien no exactamente iguales a los del hombre o los de otro animal). Cuando hay un ataque del hongo sobre el ser vivo es porque hay una falla en el sistema de defensa. Lo que pasa es que tanto en los hongos como en los animales, hay también una situación de selección natural: se van seleccionando aquellos que tienen una resistencia o una defensa. Esas situaciones son las que les van incorporando resistencia a los organismos.

–¿Y qué es lo que hace usted dentro de su ámbito de investigación?

–En este momento estoy trabajando en los problemas que los hongos les producen a los árboles de la ciudad de Buenos Aires. Yo le había dicho que los hongos tienen enzimas. Esas enzimas se encargan de degradar, y ese es un proceso biológico muy importante. Si yo tengo un hongo que está degradando restos de plantas en un bosque, eso es muy importante, porque está contribuyendo al ciclo. Pero si ese mismo hongo está creciendo en la pata de mi mesa, entonces deja de ser benéfico. La biodegradación, que es muy buena, se puede transformar en biodeterioro cuando está influyendo en algo que a mí me puede afectar económicamente. Entonces el problema que tenemos es que el arbolado es muy antiguo, y los árboles con la edad van perdiendo su resistencia, se tornan más sensibles. Eso va unido a que un árbol no es un organismo de la ciudad: acá tiene la agresión de la temperatura, de los cables, de las cañerías, de la gente que escribe sobre sus cortezas, de los empleados municipales que podan mal, de los gases de los automóviles. Sin embargo, el árbol es sumamente importante en la ciudad, porque trae una cantidad de aspectos benéficos: oxigena, elimina agua del suelo, purifica el ambiente, detiene los ruidos.

–Aparte es estético...

–Sin duda. Pero con el tiempo hay hongos que se instalan en la madera y en las hojas. La mayoría de las veces, cuando se hace patología, se estudian los de las hojas. Nosotros, en cambio, nos dedicamos a los que aparecen en el tronco. ¿Por qué? Porque así como yo le comenté que debajo de la tierra están los filamentos, en el caso de los árboles estos filamentos están dentro del tronco. Y lo que hacen allí es degradar la lignina, que es lo que le da la estructura al árbol y lo que permite que un árbol de treinta metros sostenga su copa sin caerse. Los hongos son los únicos organismos que tienen enzimas capaces de degradar la lignina; se alojan en las ramas y empiezan a degradar. Pero yo no me doy cuenta de que hay un hongo dentro de ese árbol hasta que el árbol está podrido. El problema está que en una ciudad voy a tener una cantidad de árboles que, si bien parecen estar en buenas condiciones, están muy lejos de eso. La enfermedad es crónica: cuando ingresó dentro de la planta no hay posibilidad de sacarlo. Lo único que se puede hacer es evaluar qué tanta resistencia perdió esa madera, si es que se va a caer en el primer temporal o con el primer viento. El tema es tratar de evaluar qué hongos hay en la madera. Nosotros tomamos muestras y hacemos aislamientos en el laboratorio para identificarlos. Después hacemos ensayos de degradación sobre maderas del mismo tipo.

–¿Cómo están los árboles en general?

–Bastante mal. Hay un porcentaje bastante importante de árboles con presencia de hongos.

–Bueno, aquí todos se dedican a la micología, o sea, al estudio de los hongos.

–Sí. Integramos el ProplamePrhideb, que es un instituto del Conicet y estamos en el Departamento de Biodiversidad y Biología Experimental de la FCEN.

–¿Por qué no me cuenta un poco qué hacen o qué hace usted?

–Yo trabajé siempre en hongos, y desde los hongos me fui yendo para el lado de las enfermedades que producen los hongos en las plantas, trabajando en relación con gente de la Facultad de Agronomía sobre la interrelación entre los hongos y las enfermedades.

–Los hongos son un reino aparte, ¿verdad?

–Sí. Originalmente se los estudiaba junto a las plantas. Se los consideraba plantas no verdes, sin clorofila, pero a medida que las técnicas de definición de los grupos fueron cambiando, se los empezó a separar hasta que formaron un reino independiente. Tienen algunas características que los asemejan a los animales, otras que los asemejan a los vegetales, pero están totalmente separados de ambos.

–¿Por qué?

–En el ciclo natural, las plantas ocupan el nivel de la producción: transforman la energía del sol junto a los elementos del aire y del suelo en los compuestos estructurales que las forman. Los animales no tienen esa capacidad, lo único que pueden hacer es transformar compuestos, degradarlos y formar otros. Es lo que hacemos nosotros: consumimos materias que ya están estructuralmente formadas (plantas, otros animales), las desarmamos (con la digestión) y las aprovechamos para lograr nuestros propios compuestos estructurales.

–¿Y los hongos?

–Los hongos no son productores, no tienen los pigmentos para captar la energía solar, pero lo que sí hacen es utilizar las estructuras de otros organismos. Y lo hacen de una manera particular: eliminan al medio una serie de enzimas que degradan los compuestos estructurales ya formados y los transforman en los compuestos que a ellos les interesan. En realidad, los hongos están haciendo lo mismo que hace nuestro sistema digestivo, pero externamente. Con lo cual tienen una función muy importante en la naturaleza, que es la de degradar estructuras ya formadas. Por ejemplo, los hongos degradan en los suelos de bosques ciertas estructuras biológicas que ya pueden ser consideradas organismos. Sin ellos, estos compuestos complejos se acumularían. Además, tienen la función de restituir a la atmósfera algo muy importante, que es el carbono. El carbono forma parte, en las plantas, de estructuras muy complejas: la celulosa (que forma las fibras vegetales) y la lignina (que es un compuesto mucho más complicado y que forma lo que serían las estructuras leñosas: los árboles, las raíces). Todos estos carbones que están atrapados en estas estructuras son recuperados hacia la atmósfera por los hongos.

–¿Y cómo son los hongos? Existe una imagen popular del hongo sombrerito, y la otra imagen es la del hongo de la piel.

–Son muy variados. Pueden ser de una sola célula, como es el caso de las levaduras...

–¿Son hongos?

–Sí. Y es el primer organismo que fue utilizado biotecnológicamente por el hombre: vino, cerveza, pan. Tenemos, entonces, desde este sistema sumamente simple hasta uno muy complejo como podrían ser los champignones. En ellos, tenemos estructuras diferenciadas, colores, texturas, tramas.

–Hay algo extraño, que es que crecen de una manera increíble. Hay veces que de noche, después de una lluvia, uno los ve surgir.

–Sí. Pero ojo: cuando uno ve crecer un hongo de sombrero después de una lluvia está viendo sólo una parte: si lo desprendemos del suelo, la mayoría de las veces se nota en la base una serie de filamentos como algodonosos, y si uno sigue cavando se va a encontrar con toda una trama de filamentos que son parte del hongo. El cuerpo del hongo es una red de filamentos que está por debajo del sustrato que tiene el sombrerito. El sombrerito, en realidad, es el equivalente de los frutos de una planta y se produce solamente en un determinado grupo de hongos. Nosotros lo llamamos “fructificación”, aunque el proceso no es el mismo que la fructificación de una planta. Los elementos que van a propagar a ese hongo se llaman esporas: son células que se forman en ese sombrero y que tienen como objetivo la propagación de la especie. Las esporas son llevadas por el viento, llegan a un lugar que les es adecuado, germinan (como si fuera una semilla), aparecen de nuevo los filamentos... Cuando se dan condiciones ambientales propicias, las células de los filamentos (que son muy sencillas) se empiezan a transformar y dan esas estructuras que nosotros vemos. En esta época, nosotros solemos tener muchas consultas por intoxicaciones.

–Esa es la otra cuestión con los hongos. Hay venenosos y hay no venenosos.

–Las especies tóxicas no se pueden distinguir salvo que uno conozca muy bien la especie o que sea una persona entrenada en la vida diaria para coleccionar y comer ese hongo. El problema es que la recolección debe ser sumamente cuidadosa y debe hacerse un análisis uno a uno de los hongos. El otro problema es que una cosa es coleccionar hongos en el Hemisferio Norte y otra cosa en el Hemisferio Sur. Una persona que cambia de hemisferio puede encontrar hongos que se parecen mucho a los que consumían en su lugar de origen y que acá son tóxicos.

–O sea que el bagaje cultural no es seguro.

–Exactamente. Hay que tener muchas precauciones.

–¿Y los hongos de la piel?

–Están usando como sustrato la piel y tienen algunas características un poco diferentes. Son filamentosos, aunque no producen tantos filamentos como los que se producen en el suelo. Además hay que tener en cuenta que nosotros tenemos defensas. En realidad, el ataque de los hongos hacia organismos complejos que tienen sistemas inmunológicos definidos es más bien la excepción, no la regla. Estos problemas se dan cuando la persona tiene algún inconveniente de inmunosupresión. Es muy común, por ejemplo, en el caso de pacientes con VIH.

–Eso explica también por qué los hongos enferman a las plantas... Si utilizan a las plantas como sustrato...

–Es lo que yo estudio. Sin embargo, las plantas tienen su sistema de defensa (si bien no exactamente iguales a los del hombre o los de otro animal). Cuando hay un ataque del hongo sobre el ser vivo es porque hay una falla en el sistema de defensa. Lo que pasa es que tanto en los hongos como en los animales, hay también una situación de selección natural: se van seleccionando aquellos que tienen una resistencia o una defensa. Esas situaciones son las que les van incorporando resistencia a los organismos.

–¿Y qué es lo que hace usted dentro de su ámbito de investigación?

–En este momento estoy trabajando en los problemas que los hongos les producen a los árboles de la ciudad de Buenos Aires. Yo le había dicho que los hongos tienen enzimas. Esas enzimas se encargan de degradar, y ese es un proceso biológico muy importante. Si yo tengo un hongo que está degradando restos de plantas en un bosque, eso es muy importante, porque está contribuyendo al ciclo. Pero si ese mismo hongo está creciendo en la pata de mi mesa, entonces deja de ser benéfico. La biodegradación, que es muy buena, se puede transformar en biodeterioro cuando está influyendo en algo que a mí me puede afectar económicamente. Entonces el problema que tenemos es que el arbolado es muy antiguo, y los árboles con la edad van perdiendo su resistencia, se tornan más sensibles. Eso va unido a que un árbol no es un organismo de la ciudad: acá tiene la agresión de la temperatura, de los cables, de las cañerías, de la gente que escribe sobre sus cortezas, de los empleados municipales que podan mal, de los gases de los automóviles. Sin embargo, el árbol es sumamente importante en la ciudad, porque trae una cantidad de aspectos benéficos: oxigena, elimina agua del suelo, purifica el ambiente, detiene los ruidos.

–Aparte es estético...

–Sin duda. Pero con el tiempo hay hongos que se instalan en la madera y en las hojas. La mayoría de las veces, cuando se hace patología, se estudian los de las hojas. Nosotros, en cambio, nos dedicamos a los que aparecen en el tronco. ¿Por qué? Porque así como yo le comenté que debajo de la tierra están los filamentos, en el caso de los árboles estos filamentos están dentro del tronco. Y lo que hacen allí es degradar la lignina, que es lo que le da la estructura al árbol y lo que permite que un árbol de treinta metros sostenga su copa sin caerse. Los hongos son los únicos organismos que tienen enzimas capaces de degradar la lignina; se alojan en las ramas y empiezan a degradar. Pero yo no me doy cuenta de que hay un hongo dentro de ese árbol hasta que el árbol está podrido. El problema está que en una ciudad voy a tener una cantidad de árboles que, si bien parecen estar en buenas condiciones, están muy lejos de eso. La enfermedad es crónica: cuando ingresó dentro de la planta no hay posibilidad de sacarlo. Lo único que se puede hacer es evaluar qué tanta resistencia perdió esa madera, si es que se va a caer en el primer temporal o con el primer viento. El tema es tratar de evaluar qué hongos hay en la madera. Nosotros tomamos muestras y hacemos aislamientos en el laboratorio para identificarlos. Después hacemos ensayos de degradación sobre maderas del mismo tipo.

–¿Cómo están los árboles en general?

–Bastante mal. Hay un porcentaje bastante importante de árboles con presencia de hongos.

Leonardo Moledo

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27/06/09

Sangre, sudor y... perfume a computadora nueva

977412.jpgHubo un tiempo, mucho antes de que las firmas de moda se adueñaran del mercado de la perfumería, en el que el arte de inventar esencias estaba más asociado con el concepto clásico de creación que con el más contemporáneo de consumo. "En los años 90 vimos cómo se empieza a aplicar en esta industria una serie de técnicas de análisis de mercado ajenas al sector que provocan una pérdida de la esencia del proceso creativo del aroma." Así recuerdan el principio del fin desde Etat Libre d'Orange. Esta firma es tal vez el mejor ejemplo de una nueva estirpe de compañías perfumeras, que surgen como alternativa a los cócteles que dominan el panorama de consumo masivo.

Etat Libre d'Orange, fundada en París hace dos años, se caracteriza por dar total libertad a sus creadores y por acompañar sus peculiares fragancias con campañas visuales de original y perturbador diseño. "El perfume es un todo que sólo puede comprenderse con la lectura de la historia y su ilustración correspondiente", agregan.

Después de haber desarrollado un éxito como la fragancia junto a Rossy de Palma, Etat Libre d'Orange acaba de lanzar otro perfume llamado Secretions Magnifiques, cuyo leitmotiv es el intercambio de fluidos y cuyo aroma contiene notas metálicas que reproducen la sangre, el sudor y la saliva, además de notas lácteas.

La pregunta obligada es: ¿y esto huele bien? Ellos responden que la pregunta está mal planteada, que fueron la mercadotecnia y el lujo de pasarela los que hicieron creer que un perfume es algo que debe oler bien. "Para nosotros, nuestros productos son atractivos porque el perfumista goza de total libertad a la hora de imaginar y elegir materias, por eso obtenemos una fragancia de gran calidad. Ahora bien, algunos de nuestros perfumes son verdaderamente radicales, del tipo me encanta o lo odio."

Gin tonic

Algo parecido pasa con las creaciones de los alemanes Escentric Molecules. La firma se acerca a lo radical, no desde los efluvios, la libertad y la narrativa olfativa, sino desde la tecnología y la modernidad; se busca un resultado final más próximo al efecto que al aroma. El lanzamiento del año pasado de su segunda fragancia, 02, fue todo un acontecimiento. El perfume se agotó, y hasta algunas celebridades adictas, como la modelo-actriz Mischa Barton, tuvieron que entrar en lista de espera. El propietario de la compañía, Geza Shoen, explica este éxito a través de las irresistibles características de la esencia: "Huele a gin tonic, a limonada austríaca y a ese aroma que invade la primera vez que uno abre un nuevo aparato portátil de Apple".

Ya sea a través de la libertad y la provocación o del uso de los nuevos códigos de placer posmoderno, lo cierto es que esta nueva tendencia aporta oxígeno al sector, tanto para los alquimistas del olfato como para los clientes. "Los perfumistas pueden por fin sentirse libres a la hora de inventar, sin ataduras, por lo que el producto final puede ser calificado de creación pura. Y los consumidores, a su vez, pueden reivindicar su personalidad diferente y la voluntad de distinguirse de las masas", resumen desde Etat Libre d'Orange.

Xavi Sancho

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26/06/09

Batallas de amor

inesefron.jpgTiene unos ojos celestes inmensos. La voz frágil, apenas audible. Camina un poco encorvada y es flaca, flaquísima: ninguna curva por delante, ninguna por detrás. Dueña de una ambigüedad capaz de inquietar a cualquiera, Inés Efrón encontró su lugar en el nuevo cine argentino. En El niño pez, la nueva película de Lucía Puenzo que protagoniza, se pone en la piel de Lala, una chica de zona norte que se enamora de su mucama paraguaya. Así que, una vez más, el suyo es un personaje adolescente y, como otras veces, ésta no es cualquier adolescencia sino una marcada por una sexualidad en conflicto. Pero si algo tienen todos sus personajes es determinación, un objeto de deseo claro, definido. Desde el hermafrodita taciturno de XXY, pasando por la chica obsesionada con su tía en La mujer sin cabeza de Martel, hasta esta otra que se asume lesbiana en El niño pez, los suyos son siempre adolescentes ardiendo por el fuego blanco de su deseo. “No me van a sacar lo que es mío”, dice Efrón cuando piensa una frase que defina a Lala. “Más allá de su amor verdadero, ella trata de agarrarse de una identidad como sea, y la pone en ese romance.” Son los de afuera los que juzgan, los que no entienden. Querer y no poder, entonces, es lo que define esta otra forma de ser adolescente. No es una de las pizpiretas divinas de la factoría Cris Morena, no es la chica confundida de la tira de las nueve, pero tampoco es de esos jóvenes-cool-conflictuados intentando una ambigüedad de pose. Efrón camina por otro costado. Uno más íntimo, más visceral. “Mi adolescencia fue muy dramática. Quería probar la vida, quería probar todo y no sabía cómo”, cuenta desde sus 24, ya adultos en relación a los 17 que encarna en pantalla grande. “Sufría mucho, me angustiaba. Y siempre quise hacer un proyecto que pudiera ayudar a otros a transitar la adolescencia.” No fue uno sino varios: de Glue de Alex dos Santos, pasando por Cara de queso de Winograd o El nido vacío de Burman, hasta Cannes y Toulouse por XXY, La mujer sin cabeza y El niño pez. Su presencia siempre tiene algo que impacta, cautiva. Y no es nada más el ¿buscado? aspecto andrógino, aunque sí, también es eso. Si a los cristalinos ojos grandes, al cuerpo quebradizo, que pisa como pidiendo disculpas y que se mueve sigiloso, sumamos la capacidad de hacer carne cierta verdad, el combo es prácticamente infalible. Lo vio Puenzo, lo vio Martel. En la dureza corporal del hermafrodita como en la desesperación por poseer a la Guayi late la misma urgencia del deseo, la misma búsqueda de identidad. Tal vez sea en su propia historia donde encuentre las sensaciones más puras que la pueden conectar con esa urgencia: “Yo tuve que usar un corset a los 13 porque tenía escoliosis. Dije ¿me ponen un corset? Bueno, me retiro del mundo. Olvídense de mi sexualidad, de poder gustarle a alguien. Me encerré y me dediqué a estudiar. Fue un año entero, en la edad del despertar sexual”, cuenta. “Ves las fotos mías en esa época y estoy gris, como si me hubiera ido. Alex se inspiró en esa experiencia. Fue esa androginia que yo empecé a tener: estaba todo el día con un jardinero, buscaba tapar lo más que se pudiera. Era como un varón, una nena-varón. Por eso llegan esos personajes.” Casi en parelelo, Inés protagonizó este año Amorosa Soledad, una comedia romántica de Martín Carranza y Victoria Galardi donde interpreta a una chica heterosexual, patológicamente hipocondríaca, decidida a retirarse del amor por tres años después de su última ruptura amorosa. Un papel totalmente distinto a los otros, que ella pone en sintonía con su presente: “Me encanta haber hecho tantos adolescentes pero creo que ya está. Ahora estoy en un mundo más adulto, más parecido al de Amorosa Soledad”. Basta de adolescentes que adolecen, entonces, basta de dudas que martirizan, de tanta complicación. De acá en más, cambiará su lugar en el cine. ¿Quedarán atrás estos personajes raros? Efrón sonríe, como si no hubiéramos entendido nada. “¿Qué es lo raro?”, dice. “No lo digamos siquiera, no lo instalemos en la conciencia colectiva. Porque lo raro no existe.”

Violeta Gorodischer

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25/06/09

Amor amarillo

divas.jpgApenas empieza El enemigo de las rubias, aparece una mujer –rubia, obvio– en primer plano que grita de pánico y nos mira fijo antes de que la descubran muerta. A continuación, irrumpe un breve plano de las intermitentes luces del cartel de un teatro que anuncian “Esta noche, bucles dorados”. Son los primeros minutos de The Lodger (1927), la película en la que Hitchcock empieza a convertirse en Hitchcock. Desde el primer fotograma hasta el último se ven las marcas de su “toque” en los decorados realistas, en las sombras profundas, en los ángulos de las cámaras y, sobre todo, en las muñecas estropeadas de June Howard-Tripp –la actriz principal–, que tuvo que soportar la presión de esposas reales cuando las luces se prendían, y la violencia de Hitchcock cuando las luces se apagaban.

El dramaturgo del siglo XIX Victorien Sardou recetaba, como si fuese un secreto para un rico asado, torturar a las mujeres para lograr una buena trama. Hitchcock siguió el consejo al pie de la letra. Y como corresponde a todo genio, le dio una vuelta más. No le bastó con torturar a los personajes –siempre femeninos– sino que extendió su método a las personas que los interpretaban. Son varias las historias que transcribe Donald Spoto –autor de dieciséis biografías hollywoodenses, entre las que se destacan Alfred Hitchcock: la cara oculta y Audrey Hepburn (Lumen, 2007)– en donde devela el sadismo y la humillación con que Hitchcock trataba a las mujeres, tanto en las películas como fuera de escena. Su extraño método de dirección de actores incluía bromas de pésimo humor inglés a Elsie Randolph, como hacerle rodar una escena en una cabina de teléfono del estudio llena de vapor, sabiendo que era alérgica al humo; hacer fotografiar a Anny Ondra tirada en el pasto, encima de un chico para que su sexo crezca y resalte entre las piernas de la actriz; una sistemática manipulación psicológica a Jessie Matthews y a Doris Day, hablándoles –en las pocas veces que lo hizo cuando las dirigía– con la mirada clavada en “su entrepierna”; acusar en público de “traidora” a Vera Miles por haber abandonado el rodaje de Vértigo al quedar embarazada; abofetear a Joan Fontaine para conseguir que derramara algunas lágrimas; desabrocharse la bragueta detrás de cámara para lograr la expresión deseada en el rostro de Madelaine Carroll en Los 39 escalones; y, la máxima, acosar sexualmente en el interior de una limusina a Tippi Hedren, cuando se le subieron los pájaros a la cabeza.

Así como Hitchcock era consciente de su inmensurable talento, también lo era de sus límites para lograr un amor correspondido. “Tengo los mismos sentimientos que alguien encerrado en una armadura de grasa”, le dijo en un momento de debilidad a Tippi Hedren, su último fetiche. El director sentía que no tenía ni el carisma ni el físico para construir un romance verdadero como el que deseaba. A la vez se autoinfligía la tortura, como los cocineros obesos que elaboran su propio karma, de rodearse de las mujeres más hermosas y con más sábanas deshechas de Hollywood. El consuelo a sus reiteradas frustraciones lo encontró en la comida, en la bebida y en las cincuenta y tres películas con las que llevó sus obsesiones y fantasías a la pantalla.

En los castings Hitchcock era implacable. Las postulantes debían competir con el modelo nórdico de las heroínas de su imaginación. Según Spoto, se inclinaba por las rubias porque “eran más fáciles de fotografiar en blanco y negro, y consideraba que su frivolidad y elegancia marcaban un apropiado contraste para la clase de pasiones que deseaba mostrar bajo la superficie”. De todos modos, el color llegó al cine y las rubias continuaron. Las más recordadas son, sin dudas, Madelaine Carroll, Ingrid Bergman, Grace Kelly, Kim Novak y Janet Leigh. Todas fueron transformadas por la mano de Hitchcock para alcanzar su modelo ideal. El director no comprendía a las mujeres que no aceptaban teñirse de rubio platino, usar peluca o cambiar el peinado para actuar en sus películas. Creía que su trayectoria amparaba sus caprichos y sus maltratos. Y fue coherente, con sus creencias, hasta el final.

Sin embargo, Hitchcock no pudo dominar a todas las mujeres. El sometimiento que padecieron “sus rubias”, como buen católico lo hizo de casa para afuera. El 2 de diciembre de 1926 se casó con Alma Reville. Una mujer menuda y discreta con la cual mantuvo una relación laboral y de hermandad. Según Elsie Randolph, asidua concurrente al hogar del matrimonio, “Alma era su coguionista, su cocinera, su ama de llaves... Pero lo de ellos no era una gran pasión y, para ser sinceros, ella lo dominaba como le daba la gana”. En la unión entre el gigante y la pequeña el sexo no era un lugar de encuentro. Según declaraciones de Hitchcock, mantenían una relación célibe. Empero, aunque sea una vez, realizaron juntos el pecado original. Pat Hitchcock es la prueba empírica. En su juventud la hija del matrimonio se dedicó a la actuación, participando en teatro y en varías películas de su padre. Y de grande, la dulce Pat se convirtió en la centinela que cuidó y transfiguró la historia familiar, reemplazando el lado oscuro de su padre por la imagen del abuelito bueno que cuenta historias de misterio al lado de los leños en llamas.

La nueva biografía de Hitchcock traza puentes entre vida y obra, sin caer en determinaciones lineales al estilo de las biografías psicoanalíticas. Donald Spoto resalta al hombre talentoso, excéntrico, ambicioso y torturado por su cárcel de grasa que le impedía satisfacer su lujuria. A la vez, el libro plantea líneas claves sobre el hacer cinematográfico, y sobre la idea de colaboración piramidal –con el director en la cima– que el “maestro del suspenso” puso en práctica. Sin embargo, la lectura inevitable que subyace en Las damas de Hitchcock es el postergado homenaje al vasto batallón de mujeres que soportaron las humoradas y las provocaciones del director. Sin su paciencia, talento y valentía, esas piezas que estaban en la cabeza del director hoy no estarían en la pantalla. Ni ellas en nuestros sueños.


La Princesa

“Mi heroína potencial debe tener belleza y juventud”, decía Hitchcock durante los cuatro años que buscó a la actriz ideal para reemplazar a Bergman. En 1953 la encontró. Y le dio el papel principal en La llamada fatal. Hitchcock vio en Grace Kelly a una chica huraña “a punto de florecer” –tenía veintitrés años–, que por sus rasgos físicos sería la heredera natural del linaje Carroll/Bergman.

Hitchcock la puso a prueba de su humor ordinario. Pero la joven actriz parecía tener en claro cuáles eran sus metas. “En la escuela de monjas escuché cosas peores”, le dijo ante una de sus bromas. Y a partir de ese día, encantado con la actitud de Grace, Hitchcock sólo se preocupó de sacar lo mejor de ella en escena. Trabajó meticulosamente en el vestuario de La ventana indiscreta. Quería presentarla como una porcelana. Como un objeto a observar. Y lo logró.

En las tres películas –igual cantidad de participaciones que Bergman–- que Grace Kelly filmó con Hitchcock, estuvo atravesada por la elegancia y la sexualidad de la época. Junto a Audrey Hepburn eran las nuevas princesas de Hollywood. Sin embargo, al terminar de rodar Para atrapar al ladrón (1955) abandonó el cine. La flor que Hitchcock había descubierto estaba madura. Grace Kelly, a los veintiséis años, se casó con el príncipe Rainiero III. Y cambió su papel de estrella de Hollywood por el de princesa de Mónaco.

La Morocha

Para el papel de Charlotte “Charlie” Newton en La sombra de una duda (1943) –una chica suburbana que sospecha que su tío puede ser un asesino serial–, Hitchcock no pensó en rubio. El protagónico femenino fue para una morocha que estaba a años luz de las femme fatale de Hollywood. Teresa Wright le aportó a la adolescente de la historia una dulzura y una naturalidad de entrecasa. Nada que la rodeara resultaba artificial. Ni las luces del estudio que la iluminaban ni los elogios –de los pocos que hizo a sus actrices– que recibió de Hitchcock: “Me llevé muy bien con Teresa –-dijo en julio de 1975–. Resultaba fácil trabajar con ella, y no se pasaba el día pidiendo cosas. Parecía una persona feliz”.

Teresa Wright no tenía nada de lo que Hitchcock detestaba de sus actrices. Era antidiva; no portaba la frivolidad ni la debilidad que el director les adjudicaba a las rubias platino; y, sobre todo, tenía talento y carácter –-en el primer contrato que firmó en Hollywood dejó en claro que “en Pascuas no tendré que disfrazarme de conejita ni seré fotografiada en la playa con el cabello al viento mientras sostengo una pelota playera”, entre otros requisitos–. Sin embargo, Hitchcock, en menor intensidad, la trató como pensaba que se lo merecía una actriz: “como ganado”. Antes de cada salida a escena le murmuraba algo obsceno en referencia al marido que le llevaba quince años. Teresa, haciendo gala de su prematura madurez, se reía de sus chistes. Pero en el fondo, según Spoto, las carcajadas de la actriz las producía la caricatura burguesa del obeso de saco y corbata, que desentonaba con las bufonadas que repetía, y que le hacían mover los mofletes rojos cuando se festejaba como si estuviese en la barra de una taberna.

La Inmortal

Janet Leigh trabajó menos de veinte días con Hitchcock, de los cuales seis se las pasó debajo de una ducha. Menos de una semana húmeda de rodaje le bastó para quedar identificada con una película –y en muchos casos con el director– más que cualquier otra actriz. Psicosis (1960) fue la primera y última película que Leigh filmó con Hitchcock. Al igual que otras actrices, toleró su autoridad y sus bromas –entre otras cosas, la incitó a que le provocara una erección a John Gavin mientras rodaban la escena inicial–. En cambio, lo que la diferenció del resto fue la constante atención profesional que el director puso en ella. Hitchcock se jactaba de que prefería dirigir las cámaras que a los actores. Janet Leigh fue una privilegiada. “Antes de cada toma Hitch iba a hablar en voz baja con Janet y la dirigía de verdad”, dijo Marshall Schlom, supervisor de guiones.

Janet siempre negó que Hitchcock le haya pedido un desnudo para la escena del baño. Varios comentarios de la época opinan lo contrario. Según Spoto, el director insistió en convencerla hasta el momento de rodar la escena. Ante la negativa, Hitchcock comprendió que en el cine erótico, como en el de suspenso, menos también es más. Y con bombacha o sin bombacha consiguió que Janet Leigh, al arrastrarse con el pelo y la piel mojada por la cerámica blanca de la bañera, en planos medios y semitapada por la cortina de baño, pase a la inmortalidad por protagonizar la muerte más sensual de la historia del cine.

La Reina

Según Spoto, Hitchcock llevó a la pantalla sus fantasías amorosas. La película romántica por antonomasia de su repertorio la protagonizó Ingrid Bergman. Según Spoto, en Notorious (en Buenos Aires se consigue como Tuyo es mi corazón, 1946) el director “se enamoró apasionadamente de Ingrid y alimentó sentimientos que ella no correspondía”. Bergman tuvo concesiones insólitas. Hitchcock le dio lecciones personales de arte interpretativo; le permitió sugerir ideas en las películas y, al final de cada jornada, programar el siguiente día de rodaje mientras tomaban un margarita juntos.

Las ilusiones de Hitchcock con Ingrid tuvieron poco vuelo. La actriz subestimaba las historias que el director hacía circular sobre un romance secreto entre ambos. Lo tomaba como un juego de niños. Pero mientras Hitchcock se dedicaba a jugar, ella no se privaba del amor en la vida real. Fueron golpes duros para el director verla rotar por los brazos de Robert Capa (con quien tuvo un affair que habría inspirado La ventana indiscreta), Larry Adler y Roberto Rossellini.

“Es muy triste perder a su amado –le dice Brulov a Constance (Ingrid) en Cuéntame tu vida (1945)– pero dentro de un tiempo se olvidará y volverá a tomar su vida donde la dejó. Trabajará duramente. Hay mucha felicidad en trabajar duramente. Tal vez es donde haya más.” Hitchcock, cuando Ingrid se fue a filmar a Europa con Rossellini, siguió trabajando. Mucho. Todavía faltaba lo mejor.

La Marioneta

Joan Fontaine era la última opción que el productor David Selznick tenía en mente para protagonizar la primera película de Hitchcock en Hollywood. Acostumbrada a estar bajo la sombra de su hermana –Olivia de Havilland: la inolvidable Melanie en Lo que el viento se llevó– se mostró en las pruebas de pantalla como una chica insegura e inexperta. Sus defectos fueron las cualidades que convencieron al productor para contratarla. El personaje que interpretaría en Rebecca (1940) era el de una chica tímida y delicada. Selznick quedó encantado con el hallazgo. En la elección Hitchcock apenas fue consultado. Sin embargo, el director decidió apropiarse de la actriz como si fuese un botín de guerra. Durante el rodaje el General Hitchcock utilizó la técnica “divide y reinarás” para aislar a Fontaine del resto de sus compañeros y así multiplicar en ella la sensación de fragilidad e inseguridad que el papel requería. Su objetivo era que sólo dependiera de él, hasta el extremo de poder manejarla “como una marioneta”.

Hitchcock tuvo en cuenta que la emotividad de Rebecca se sostenía en el personaje que interpretaba Fontaine. Durante el rodaje la trató con amabilidad y con rigor –al punto de sacarle lágrimas a cachetazos– como si fuese uno de esos padres que con el cinto en la mano dicen “es por tu bien”. Según Spoto la actuación de Fontaine fue mejorada en la sala de montaje. De todos modos, Hitchcock volvió a convocarla para ser la pareja de Cary Grant en Sospecha (1941), actuación por la cual la Academia le dio un Oscar –los rumores dicen que fue por los méritos en Rebecca– pasando a ser la única actriz en recibirlo por una película del “maestro del suspenso”.

La Puta

“Que me traigan a esa puta de Birmingham”, dijo Hitchcock en el set de filmación de Los 39 escalones. Madelaine Carroll se acercó sin que nadie la llamara. Detuvo su porte aristocrático al lado de los 150 kilos del director. Escuchó los encargos. Y rodó la escena.

Carroll nunca se quejó en público de las humillaciones que Hitchcock le provocó, a pesar de haber sido un blanco recurrente. El director sentía por sus actrices una mezcla de adoración y desprecio. Las convocaba por su belleza, pero una vez que firmaban el contrato se proponía “desnudarlas de su refinamiento y de su feminidad”. Bajo la dirección de Hitchcock, Carroll tuvo que arrastrarse con esposas, saltar riachuelos, caminar bajo una cascada, usar horrendas gafas negras y aparecer en escena con una máscara de crema para el cutis. El empeño por socavar el divismo de la actriz fue en vano. Carroll tenía una belleza indestructible. Cuanto mayores eran los esfuerzos para afearla, sus ojos azules y su enigmática sonrisa más lucían.

En las famosas entrevistas que Truffaut le hizo a Hitchcock, el nombre de Carroll no aparece ni una sola vez. Sin embargo, a diferencia de otras actrices, Carroll tuvo vida después de Hitchcock. Y el coraje que le permitió brillar en sus películas, lo mostró años más tarde prestando servicios de guerra como enfermera de un hospital de campaña en Bari, Italia, atendiendo a los heridos de una guerra non fiction.

Las damas de Hitchcock
Donald Spoto

Editorial Lumen
377 páginas

Damián Huergo

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