02/07/09
“Todos somos hackers”
El canadiense Mark Surman habla y habla sin parar. Pero no como esas personas que lo único que uno desea es que se callen y que, al hacerlo, se traguen sus palabras. A Mark Surman da gusto oírlo unir frases, conceptos, ideas: como director ejecutivo de la Fundación Mozilla, es uno de los pocos que ve en vivo y en directo cómo la web –un ecosistema informacional antes que una autopista– va cambiando de forma, se adapta a los caprichos y deseos de 1.600.000.000 de internautas ansiosos que, sin saberlo, componen una sinfonía de “clics” al unísono.
Si, como calculó el cibergurú Kevin Kelly, la web tiene tan sólo 6.500 días de existencia –desde que Tim Berners Lee creara la primera página web en 1991–, la Fundación Mozilla tiene alrededor de 300, los suficientes como para haber crecido como sinónimo de código abierto y comunidad. Sin embargo, el famoso de la familia es su hijo: el navegador Firefox, que puso en jaque el dominio del Internet Explorer y hoy es utilizado por el 20% de los internautas para estar, ser, parecer en la web.
Más que un territorio de sedentarios, la WWW es un continente de nómades, individuos que emprenden rutinariamente migraciones, saltos impredecibles. En el caso de Firefox, cada vez son más los conversos, los que le dicen adiós al tío Bill y prueban nuevos aires, nuevas formas de ver la ciberrealidad. Más allá de las características de fábrica –velocidad, seguridad, apariencia– propias de este software cuyo logo no es un zorro sino un oso panda rojo, lo curioso es que no se trata sólo de un software. A esta altura, es algo más. Como hace poco confesó y aconsejó John Lilly, CEO de Mozilla Corporation: “Paso más tiempo con mi navegador que en el auto. Deberías invertir el mismo tiempo en elegir tu navegador que el que invertís eligiendo el auto que vas a manejar. Es tu lente dentro de internet. Exactamente como los lentes de tus anteojos, afecta la forma en la que ves a la red. Cada vez miramos más el mundo a través de internet, las características de la lente importan más que nunca”.
La historia de la web, se sabe, está segmentada en eras geológicas –demarcadas por años y no por eones– que adoptan el nombre del navegador gráfico predominante: el primer acto fue ejecutado abordo del ViolaWWW (1992), le siguió el Mosaic (1993, el padre de todos los navegadores) y Netscape (1994), que sacó a la web de las universidades y la llevó a las masas alcanzando a tener casi el 90% del mercado de internautas. Hasta que Microsoft se avivó e introdujo en agosto de 1995 al Internet Explorer. Y, entonces, se declaró la guerra, la “Primera Guerra de Navegadores” (The First Browser War).
“Siempre hubo una gran competencia entre los browsers. Nunca fue fácil –recuerda Surman, activista y autodenominado evangelizador de la participación–. En realidad, consistió en una batalla de ideas, un choque de posiciones sobre cómo debía ser la web: cerrada, o sea, con la predominancia del software propietario que no se puede alterar, o abierta, garantizando la innovación y participación”.
TECNOGRAFÍAS. Lo primero que se pierde al entrar a internet es la memoria. Aquellos capaces de reconstruir sus recuerdos saben que mientras seguían apareciendo alternativas (Opera en 1996 y Safari siete años después), la “e” –azul y minúscula– tomó ventaja: al venir por defecto en Windows, el software más viral de la historia de la informática, el Internet Explorer se coronó rey. Netscape se desinfló y de sus cenizas nació Phoenix (2002), que se transformó en 2004 en lo que hoy es: Mozilla Firefox.
–¿Cree que todos los usuarios de este navegador conocen la filosofía que hay detrás?
–Para nada. Quizás la conozca un 5 por ciento. El éxito de Firefox es tal que la gente no tiene que pensar en estos aspectos. Pero ya es hora de que lo hagan: muchas de las cosas que la gente ama de internet las da por sentadas. La web es básicamente un medio de participación en una escala tan grande que nunca vimos algo así en nuestra historia como especie. En la edad moderna nunca tuvimos la oportunidad para expresarnos tanto y relacionarnos como lo hacemos. La gente ama la naturaleza participativa de la web. Cualquiera puede desarrollar cierto tipo de software, escribir o subir una foto sin pedir permiso.
–La participación sería algo así como el ADN de la Web.
–Cierto. La misión de la Fundación Mozilla no es desarrollar el navegador Firefox sino garantizar la naturaleza abierta de internet. En 2003 estaba claro que los accesos de participación estaban amenazados. Microsoft por entonces tenía un 98% del mercado de navegadores. La gente pensaba la internet en términos del Internet Explorer. Hasta que apareció Mozilla, un grupo de hackers, activistas y programadores que pensaron que se podían hacer cosas de otra manera, que se podía acentuar la naturaleza colaborativa de la red y que cualquiera podía venir a innovar.
–Se podría decir que esto constituye un fenómeno cultural dentro de otro más grande, la web.
–Sí. Son tecnologías de liberación. Firefox fue el primer browser en tener addons o complementos, que les permitió a muchos programadores construir su propio software. Y la mayoría de las personas que actualizan sus perfiles en Facebook o cuentan qué están haciendo en estos momentos en Twitter tal vez no lo saben, pero se benefician de esta filosofía.
–Pero donde hay beneficios también hay riesgos.
–No tenés el control de la información que subís o manejás. Los mails ya no son objetos que acumulás en tu casa; están en servidores a miles de kilómetros de distancia. Si Google decidiera hoy borrar todos los correos o Facebook usase tus datos para su beneficio, mucho no podrías hacer. Ése es uno de los grandes desafíos para el futuro. Mantener esa cultura de la participación de la Web 2.0 pero, también, lograr que el usuario tenga más control de sus datos y de su experiencia.
YO TUNEO, ÉL TUNEA. Los futurólogos de internet abundan pero las predicciones que terminan volviéndose ciertas escasean. Nadie vio venir a la red a principios del siglo XX, ni siquiera los escritores de ciencia ficción. “No se puede predecir con exactitud lo que ocurrirá, pero puedo decir lo que quiero que ocurra –clarifica este hombre de hablar contagioso–: que crezcan los valores de participación, que la gente piense en ese espíritu del compartir y colaborar. Me gustaría que cada vez el usuario tuviera, de acá a dos años, más control sobre su experiencia de navegación, su privacidad y poder configurar cómo ve el mundo a través de la pantalla. Todos los internautas ahora somos hackers, en el sentido original de la palabra hacking, o sea, tenemos la posibilidad de agarrar algo y cambiarlo para que sea como yo quiero que sea, como yo lo necesito. Me gustaría ver cada vez más softwares y sitios a los que yo les pueda cambiar su aspecto y sus funciones y adaptarlas a mis necesidades”.
–Un tuneado.
–Se trata de crear nuevas maneras de interacción, nuevos puentes de comunicación. La web cambia cómo vemos el mundo y hasta cómo pensamos. Con el acento en la participación en la web, la gente ve ahora que puede hacer cosas: hacer una película con poco presupuesto, escribir lo que se le ocurra en un blog, comenzar un negocio con una idea, y todo esto amplificado con el low-cost de la web. La web cambia, sobre todo, la noción de oportunidad. Te cambia también la visión que tenés de la gente que conocés: ya no se limita a tu ambiente local. Se extiende esa habilidad que uno tiene de tomarle la temperatura al barrio. Ahora que tenés amigos en varias ciudades del mundo, cambia también tu noción del espacio y del tiempo.
–¿No cree que hay tanta información en la red que resulta abrumadora?
–Absolutamente. Pero los seres humanos somos buenos procesando información compleja. A algunos les gustan mucho los estímulos y a otros no tantos. Entrar a la web es como ingresar a una ciudad: es ruidosa y caótica. A algunos les encanta y a otros no. Justamente, como en una ciudad, en la red uno puede hacer zoom sobre aquello que le interesa y le da más placer. Es una experiencia gestáltica que se resume a cómo sentís y vivís en una ciudad. Porque no andás por la calle escuchando y viendo todo. Seleccionás, incluso cuando no te das cuenta.
GALAXIA FIREFOX
“Desde 1995, con el fin de la Primera Guerra, en la que la dinastía Microsoft venció a Netscape como el gobernante de la Webbrowserland, los ciudadanos de un país creado a fines de los ochenta buscan una mejor alternativa. La guerra fue una clara lucha por poder entre un gobernante lento y decadente, Explorer III, y los rebeldes de Mozilla, más rápidos y eficientes. Hasta que en 1995, Phoenix, luego rebautizado Firefox, escapó de la prisión de Explorer y se coronó entre los rebeldes. Los líderes de ambos lados fueron reemplazados siete veces pero Explorer y Firefox siguen peleando para controlar el reino de Webbrowserland, cuyo futuro luce promisorio pese a su persistente guerra civil”.
La historia –que se puede leer completa en Uncyclopedia.wikia.com, aquella versión alternativa y lisérgica de la Wikipedia— podría continuar y demuestra cómo los unos y ceros que componen estos navegadores saltaron de categoría y se convirtieron en otra cosa aun no del todo definida: motores de fenómenos culturales, tendencias ciberculturales, puentes de filosofía y expresiones artísticas y focos de alternatividad.
Frente a Microsoft, frente a Google o frente a cualquiera que imponga una visión unidimensional de la web: “Hay que reconocerle a Google que tuvo mucho que ver en cómo la web hoy es como es –señala Surman–. Mucha innovación vino y viene de ellos. Igualmente, es riesgoso para cualquiera crecer tanto como para poner en peligro a la competencia. Es una amenaza a la diversidad y hay que estar conscientes de eso”.
Firefox y la Fundación Mozilla que lo engloba, además, representan otro modelo: su software, por ejemplo, depende del trabajo de miles de voluntarios anónimos desparramados en todo el mundo. O sea, impulsa y se basa, como la Wikipedia, en la colaboración de muchos, justamente, para beneficio de muchos más: la llamada “innovación distribuida”, que se aprecia en un elemento que en sus principios distinguió a Firefox del resto de sus competidores (los navegadores Internet Explorer, Opera, Safari, Avant Browser, Konqueror, ELinks, Google Chrome, Maxthon, Flock, Arachne, Epiphany, K-Meleon): los addons o complementos, que, como las aplicaciones del iPhone, permiten la personalización (casi) total.
Firefox, además, impulsa movimientos artísticos como el promovido desde el sitio Artzilla.org. “Internet no siempre tiene que ser seria”, se lee en esta web desarrollada por Tobias Leingruber y Jamie Wilkinson, en la que se recopilan las extensiones más bizarras como “China Channel” (que permite ver la web como la ven los chinos), “Tourette Machina” (que inserta aleatoriamente palabras y frases mientras uno escribe) o “Add-Art” (que sustituye los banners de publicidad con imágenes de artistas).
Como ocurrió y seguirá ocurriendo, a Firefox también le llegará la hora de cerrar, de desaparecer o, simplemente, de adaptarse a los tiempos y voluntades de millones de usuarios cuyos gustos cambian casi impredeciblemente. Ahora, mañana, siempre.
Federico Kukso
© Copyright 2009 Diario Crítica de la Argentina - Todos los derechos reservados
12:00 Anotado en Culturas, Sociedad, Web | Permalink | Comentarios (0) | Email esto












































Dejar un comentario