31/10/09
Casi no lo cuento
Dudé bastante antes de escribir lo que sigue. Saben que no creo en la privacidad, para mí la privacidad es un pretexto. La privacidad es la justificación políticamente correcta para ocultar nuestros defectos y nuestras partes oscuras. No estoy hablando de pecados ni de cosas ilegales, no se asusten. Estoy hablando de vergüencitas, pruritos, complejos, y de no existir el concepto y las palabras “privado” y “privacidad” no hubiéramos adquirido esa posibilidad. Creo que todos debemos comunicar casi a boca de jarro las cosas que nos avergüenzan o que nos acomplejan... Es sanador.
Si tuviera que definir –sin ir a buscar un diccionario– la palabra “privacidad”, la asociaría con algo casi perverso, la posibilidad de hacer algo a escondidas, el derecho a no contar lo que nos perturba. Pensemos un poco sobre este concepto: “El derecho de ocultar lo que nos perturba”. Creo que no sirve. Creo que es negativo. Creo que la privacidad es la opción que el cobarde elige. Creo que quien se apoya en la privacidad se avergüenza de sí mismo, y la vergüenza para mí no está relacionada con las cosas que hacemos mal o con las cosas no permitidas. Para mí la vergüenza está directamente relacionada con no sostener nuestro ser, nuestra esencia. Quien tiene vergüenza no es coherente. Sé que muchos de ustedes no estarán de acuerdo con este concepto. O tal vez no lo estoy explicando bien. Explico: todo impulso –o ganas– que nos lleva a hacer algo, por el solo hecho de suceder en nuestra psiquis, debería ser sostenido por nuestra inteligencia. Por ejemplo, hice algo que me da vergüenza y no lo cuento. Esto enferma, percude. Si lo cuento, al contarlo, estoy tratando de explicarme y de explicarlo. Eso ya es un signo de oxigenación, de transparencia y de coherencia.
Fui a buscar al María Moliner para realmente ver de qué se trataban las palabras “privacidad” y “privado”. “Privado” dice: “Privado de inteligencia, falto de cierta cosa, reservado”. Siguiendo con el dedo para abajo, me topé con “privada” y dice: “Excrementos depositados en sitio visible”. Esto un poco me consoló; no son tan simpáticas las definiciones de “privado”, “privada” o los derivados de esas palabras.
Escribí hace unos años un cuento que se llama “La casa de vidrio”. Trata de un hombre que construye una casa de vidrio, no hay maderas, no hay vigas, es totalmente transparente. Esto sucede en un pueblo. Todos sus habitantes comienzan a preguntarse, casi con mala fe, quién será el loco que vivirá ahí. El hombre construye la casa y no la habita enseguida, lo que aumenta la curiosidad de esos seres aburridos, chatos, ávidos de sorpresas. A las dos semanas el hombre se muda y empieza a hacer todo lo que hacemos todos. Desde lavar un plato hasta bañarse. Esto causa estupor y revuelo en el pueblo. Todo el mundo se agolpa para ver qué hace este hombre. Al pasar los días, ya nadie se detenía a mirar, caminaban y de pronto lo miraban al pasar. Unos meses después ya nadie lo miraba porque el hombre hacía todo lo que hacemos todos.
Y sigo sin animarme a contarles lo que quiero contarles.
Lo que escribí anteriormente es casi un prólogo sin sentido, una postergación. Pero soy un tipo coherente y no puedo traicionarme. Afirmo nuevamente, y esta vez más convencido, que creo que la privacidad es nociva.
¡Basta! Acá va: estamos todos cansados de escuchar que los “días de...” son un maniobra comercial. Y lo son, y nos conviene que así sea. Es el pretexto perfecto para minimizarlo, despreciarlo y frivolizarlo. Hasta ayer, yo también pensaba que pensaba que era una maniobra comercial.
Casi de taquito, y haciéndome el canchero, les contestaba a todos mis amigos que me invitaban a sus casas que me chupaba un huevo el Día de la Madre.
Les aclaro que soy huérfano.
Mi novio y María se fueron a lo de sus respectivas familias y quedé solo en casa. Cuando me quedo solo en casa siempre siento que me quedo conmigo, y esta vez me empecé a sentir muy solo. No sabía si llamar a alguien, salir a caminar, escuchar música, o tomar coraje y encontrarme con el sentimiento verdadero. Extrañé a mi madre. Me alegró encontrarme con esta tristeza, era fácil de solucionar. Tengo las cenizas de mi madre guardadas en un placard en una urna que me regaló Lanata. Es una urna de ébano con tornillos de bronce. La bajé, la puse en la mesa de la cocina, agarré un destornillador, le saqué la tapa, metí las manos en las cenizas y comencé a sentir paz y felicidad. Esto era todo.
Fernando Peña
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