07/11/09

Sueños de esplendor oriental

nota_05_foto_01.jpgLos fastuosos palacios reales de las monarquías de Lejano Oriente dieron origen a lo largo de los siglos a la idea del “lujo asiático”. Son edificios soñados por megalómanos que podían hacer realidad todos sus sueños, salvo el de la inmortalidad, aunque muchos buscaron el elixir de la vida eterna y algunos incluso se creyeron inmortales. El resultado fue una arquitectura sobrecargada de barroquismos y simbología cosmogónica, que perdura hasta hoy en palacios sin monarcas. Otros albergaron hasta hace pocas décadas “dioses vivientes”, como el Potala del Tíbet. La ciudad real de Angkor, por su parte, se conservó casi intacta en la selva camboyana durante diez siglos. Pero el más deslumbrante es la Ciudad Prohibida de Pekín, considerada “palacio de palacios”, un complejo arquitectónico levantado por dinastías chinas que se sintieron en la cima de la historia y quisieron dejar testimonio de su grandeza construyendo la ciudadela más lujosa de la Tierra.

LA CIUDAD PROHIBIDA Según el arquetipo moralista de Confucio, el equilibrio social reposaba en el respeto riguroso a la ley divina del emperador. El orden cósmico dependía de un ceremonial escrupuloso dominado por simetrías estéticas, determinantes de cada acción en la vida cotidiana del emperador y también de la arquitectura de sus palacios. La Ciudad Prohibida de Pekín es la realización simbólica de esa concepción, en la forma de un conjunto laberíntico donde todo, en apariencia, tiene una estricta razón de ser.

Como Hijo del Cielo, el emperador debía vivir en el centro del universo. Así Yung-Le, de la dinastía Ming, ordenó en 1406 levantar “el palacio más maravilloso que hubiera existido y que existiría jamás sobre la Tierra”. Quinientos años más tarde la Ciudad Prohibida, desde cuyo trono se decidía el destino de 800 millones de súbditos que tenían prohibido pisarla, no ha encontrado rivales en magnitud y destreza arquitectónica.

La Ciudad Prohibida se extiende sobre 720.000 metros cuadrados, casi el doble que el Vaticano, aislada por un grueso muro rojo de once metros de altura y rodeada por un foso de seis metros de profundidad. Adentro, el emperador vivía rodeado de una trama shakesperiana de intrigas y lujuria. Afuera se extendía el ancho mundo a gobernar: casi sin verlo, manejaron el imperio catorce emperadores de la dinastía Ming y diez de la dinastía Qing hasta 1924.

El nivel de aislamiento con que fue concebida la Ciudad Prohibida crea hoy las condiciones para el viaje perfecto a través del tiempo. Se ingresa por la grandiosa Puerta de la Suprema Armonía, donde nace una calzada de mármol que conduce de manera triunfal al palacio principal, elevado sobre una gran terraza. Unos pocos pasos sobre el adoquinado instalan de lleno en el corazón de un imperio milenario, mientras ante los ojos incrédulos del viajero comienzan a aparecer los pabellones inmensos con techos chinos, quemadores de incienso con forma de tortuga y cabeza de dragón, Budas de piedra, laberínticos jardines, clepsidras, enormes gongs y campanas, radiantes joyas colmadas de piedras preciosas y puentes de mármol. Desde el dorado trono de sándalo, el emperador enviaba sus generales a la guerra, presidía matrimonios imperiales y emitía órdenes que salían en manos de sus mensajeros rumbo a los confines de la Gran Muralla.

LAS RUINAS DE ANGKOR WAT En lo profundo de la selva camboyana estuvieron perdidos durante cinco siglos los restos de la ciudad real de Angkor, formada por miles de templos y residencias de varias dinastías khmer. Al llegar allí antes del alba, se divisa una lejanía erizada de pirámides y torres cónicas sobresaliendo entre la densidad de selva. El suave resplandor de la noche se acalla, se ve al día entrar en la oscuridad y al sol irrumpir con violencia entre los templos desdibujados por la niebla. El primer destello se refleja en el agua del foso protector y se eleva para dar de lleno en el gran templo de Angkor Wat. Los murmullos de la selva se encienden a la vez que se erige ante el visitante un reino entero tragado por la jungla: y en el centro, la gran mole de piedra gris pródiga en simetrías.

La antigua capital de la civilización khmer fue vista por un occidental por primera vez en 1860, después de varios siglos oculta por la selva. Perfectamente conservada, Angkor no es sólo el templo sino toda una antigua capital imperial, con un millar de templos budistas e hinduistas que datan en promedio del año 1000 de nuestra era.

A medida que se ingresa en las ruinas, aparecen grupos de monitos que miran con curiosidad a los extraños. Pero no son los únicos: sobre la copa de los árboles surgen centenares de enigmáticos rostros tallados en piedra, que miran fijo desde todos los rincones con una sonrisa inmóvil. Son las pétreas cabezas de Buda que coronan las 54 torres del Templo Bayón, cada una con cuatro colosales caras que miran hacia los distintos puntos cardinales y crean la inquietante sensación de estar siendo cuidadosamente observado. El viajero se va de Angkor con sentimientos encontrados y tal vez con cierto desconcierto por el panorama de una ciudad desolada pero aún en pie, como si los dioses que parecen haberla construido acabaran de retirarse hacia los confines de la selva.

PALACIOS DE BANGKOK La Ciudad Prohibida de Pekín tiene digna compañía en el Gran Palacio de Bangkok, que combina el esplendor real con la fe budista. También aquí las murallas rodean un ambiente que parece salido de los mitos, insuperable en su variopinto colorido. El conjunto de palacios y templos es el summum de la arquitectura político-religiosa de Tailandia, sobrecargada de piecitas multicolores de porcelana que cubren cada centímetro de las paredes exteriores. Al ingresar en este microcosmos sagrado encandila tanto oro expuesto a sol, cuyos destellos se reflejan en la superficie dorada de las stupas, los distintivos monumentos cónicos que se elevan hacia el cielo rematados en punta de aguja.

El Gran Palacio y el Templo del Buda Esmeralda –los edificios principales de este complejo– fueron construidos alrededor de 1782 por orden del rey Rama I. A un lado se levanta el Wat Pho, el templo más antiguo y grandioso de los 400 que hay en Bangkok, famoso por su Buda reclinado, que representa al Iluminado en el momento previo a la muerte. Lo singular de esta estatua acostada es que mide 46 metros de largo por 15 de alto, está cubierta con láminas de oro y ocupa casi todo el espacio del templo, de forma tal que ningún mortal puede verlo completo de una sola mirada.

EL REINO DE LOS MIL ELEFANTES Alrededor del año 1000, los gongs de los monasterios budistas de Luang Prabang –en la actual República Democrática Popular de Laos– retumbaban cada amanecer para recordar a los fieles que debían llevar ofrendas de comida a los ascetas que bajaban en procesión desde la montaña. Diez siglos después, el mismo ritual se repite con rigor milenario cuando al clarear el día una serie de monjes aparecen en fila, totalmente rapados, vistiendo túnicas color azafrán que los remontan al tiempo del Buda. Las mujeres se arrodillan a su paso para ofrecerles arroz con verduras y pollo en cuencos de madera. Esta escena cargada de misticismo se repite día a día en el pueblo de 15.000 habitantes, donde 500 son monjes budistas que viven en un ambiente sereno y sagrado.

Para los expertos, Luang Prabang es el pueblo antiguo mejor conservado del sudeste asiático, con una arquitectura budista que se remonta al siglo XVI combinada con el estilo colonial francés de los años ‘50 del siglo XX. Su antiguo esplendor se debe a que en 1353 el rey Fa Ngum fundó allí el reino de Lan Xang (“del millón de elefantes”), riquísimo por su ubicación estratégica en un cruce de la Ruta de la Seda.

A principios del siglo XIX, Laos estaba bajo control del reino de Siam, la actual Tailandia, que luego cedió el territorio a los franceses. Dueños de los hilos del poder económico y político, los nuevos ocupantes dejaron al rey de Laos un papel simbólico que compensaron con la construcción de un ostentoso palacio, en estilo tradicional, ideal para sus funciones decorativas.

La revolución socialista –hermanada con la de Vietnam– abolió la monarquía y deportó a la familia real a un campo de reeducación del que nunca regresó. El palacio, en cambio, fue convertido en museo nacional y exhibe viejos tesoros reales. Entre ellos, la representación de Buda más sagrada para los laosianos, una estatua de 83 centímetros de alto forjada en oro hace unos dos mil años en Sri Lanka. Se llama Prabang –de allí la denominación del pueblo– y llegó a Laos en 1349 como regalo del emperador khmer de Camboya al rey Fa Ngum. Para la mayoría de los laosianos, esta estatua es la principal fuente de protección espiritual del país.

Entre los tesoros del Palacio Real hay, además, muchos otros objetos tan variados como disímiles en sus tiempos: dragones tallados en marfil, Budas de piedra de todos los tamaños, una piedra lunar obsequiada por Richard Nixon y un rifle con incrustaciones de madreperla reglado por Leonid Brezhnev.

EL POTALA EN EL TIBET En la meseta tibetana –rodeada por China, Mongolia, Nepal, Turkestán y Afganistán– se levanta la ciudad más aislada y remota del mundo. Lhasa es el centro de una cultura muy particular, desarrollada durante siglos prácticamente fuera del mundo, protegida por esa muralla natural de miles de metros que es la cadena del Himalaya.

El Potala es un palacio real y centro religioso que se ve desde casi toda la ciudad. Tiene aspecto de monasterio y de hecho lo era, porque el poder político y clerical en el Tíbet estuvo en manos de una misma persona desde el año 631: el Dalai Lama. El palacio se extiende desde el pie de la colina de Hongshan a lo largo de trece pisos que alcanzan 117 metros de altura. Los techos son de cobre, pintado con oro, y las paredes de piedra tienen un grosor de tres metros. El interior está dividido en unas mil habitaciones vacías, algunas de las cuales se pueden visitar.

El Potala tiene tres partes. Por un lado se levanta el Palacio Blanco, que era el lugar de estudio y dormitorio del Lama. Lo sigue el Palacio Rojo central, destinado a la lectura de los sutras. Y por último está la sala de las stupas, donde descansan los restos de los lamas anteriores. La más famosa de estas stupas es la del Dalai Lama V, de quince metros de altura y recubierta con 3724 kilos de pan de oro y 15.000 diamantes, rubíes, esmeraldas y ágatas. Un lujo que resalta ante el vacío de los salones, donde la soledad revela que el paso de las generaciones hizo mella, finalmente, en la eternidad de los linajes orientales.

DATOS UTILES

Paquetes: King Midas es un Tour Operador especializado en viajes al Lejano Oriente que organiza salidas grupales y también paquetes a medida.

–Un paquete visitando Laos, Vietnam y Camboya por 15 días incluyendo pasajes de avión internos, alojamiento en base doble y pensión completa cuesta U$S 3880. A esto hay que sumarle el pasaje de avión desde Buenos Aires por Malaysan Airlines que cuesta U$S 1314 más U$S 715 dólares de impuestos.

–Un paquete visitando China por 13 días cuesta U$S 2080 incluyendo traslados internos y alojamiento con pensión completa en base doble. El pasaje de avión cuesta U$S 1560 más U$S 490 de impuestos.

Julián Varsavsky

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06/11/09

De víboras y soldados

fernando-penaen.jpgLas personas no somos buenas o malas solamente. Existen muchos adjetivos en el medio. Se dice que alguien es zorro, y no necesariamente es malo. También hay jodidos, fallutos, cagones, ladinos, veletas, alcahuetes y no son malos, no tienen mal corazón, no tienen mala leche. Hay muchas actitudes de los demás que nos llenan de dolor y de bronca, sin embargo no podemos acusarlos con pruebas fehacientes, no podemos encararlos o ir al choque porque de alguna manera quedamos en evidencia, quedamos pagando, como se dice. Quedamos como locos. Porque ellos no hicieron nada realmente. 

Es un arte el de cierta gente, el de tocar las fibras más íntimas del otro sin que se les note, con cara de estampita; con el tono más amable te apuñalan donde más duele, te joden, te hacen sentir mal, te arruinan en un instante. Trabajan para eso. Lo preparan. 

¡Cuidado con esos miserables! 

Estaba un día en mi camarín, Canal 9 todavía se llamaba Azul, cuando de pronto escuché que alguien lloraba desconsoladamente en los pasillos. Era un llanto feo, de esos que angustian, impresionan, un llanto que pedía basta, un llanto de alguien que ya no aguantaba más. Más que un llanto era un lamento, un quejido. Abrí la puerta y vi que era una de las productoras; la metí en mi camarín, la senté y le pregunté qué le pasaba. Me contó que otra de las productoras la estaba volviendo loca. La maltrataba sin malos tratos evidentes, le decía cosas horribles en voz baja, y les contaba a los demás cosas de ella que no eran ciertas. Quería renunciar. Le aconsejé que no renunciara, que todo se iba a arreglar, pero mientras le hablaba sospechaba que se trataba de un caso parecido al que me había tocado vivir cuando era cadete. Trabajaba en una empresa en la calle Reconquista, una empresa que hacía estudios sobre petróleo en la Patagonia. La secretaria estaba caliente conmigo y obviamente yo no le daba bola, no sólo por el hecho de ser homosexual sino porque además era fea. Tenía 18 años y aún me acostaba con mujeres de vez en cuando, lo que me quitaba un poco las culpas de ser maricón. Diana, así se llamaba, me volvía loco. El dolor de no poder conquistarme, el sufrimiento de verme todos los días y que yo apenas la notara, hizo que me hiciera la vida imposible. 

El problema con esta gente es que por lo general uno tarda en darse cuenta. Uno tarda en detectar al enemigo. Se transforman en enemigos lentamente; lo que empezó como una pequeña venganza, def ensa o aleccionami ento s e convierte en una guerra sin piedad. Pierden piel, como las víboras y como los soldados. Tienen estrategias, planes de acción, se agazapan camuflados y se hacen notar solamente cuando ya es tarde, como las víboras y los soldados. 

Pónganse a pensar, todos hemos tenido una experiencia similar. Puede ser una persona muy cercana, alguien a quien queremos y que nos quiere. Puede ser alguien que nos atiende en un negocio, sí, ese a quien vemos a diario. Ese que parece tan amable. Puede ser alguien a quien vemos por primera vez, por ejemplo un acomodador en el cine o una recepcionista en una empresa. Está lleno. 

Hay muchos de esos que no pueden con su vida. Esos que no saben enojarse sanamente, esos que no lo dicen en el momento, esos que no saben perdonar y no perdonan. Esos que de pronto te la juran. Esos que escriben tu nombre en un papel y lo ponen en el freezer. Esos macumberos que te calcan en un muñeco de pañolenci y te pinchan con alfileres. Esos a los que por algo te les ponés entre ceja y ceja, aunque sinceramente estés convencido de que no les hiciste nada. Esos que dicen que ahora vas a ver… Esos a los que te les cruzaste sin darte cuenta y sin querer. Esos que te esperan, esos que te observan, esos que saben cuándo y cómo actuar para que vos quedés mal. ¡Ojo que existen! 

Viven para eso, es su causa y su inspiración. Viven por nosotros. Mueren por nosotros. 

Tienen un poder pequeño por lo general, un poder infinitesimal, pero un poder suficiente. Pueden tener el poder de no darte el asiento en un avión, o de no ayudarte para que tengas internet cuando la máquina se te descuajeringó. También tienen el poder de conocerte al dedillo, te sacan inmediatamente y saben dónde darte. Como algunos tenemos el poder para muchísimas otras cosas, ellos solamente lo tienen para debilitarnos. 

Existe una sola forma de combatirlos. Sonreírles. En todo momento sonreírles. Por cualquier cosa sonreírles. No perder la calma nunca. Ser sensatos, preocuparnos por ellos, ocuparnos de ellos, pero de verdad y con amor. Adoptando una conducta casi hippie, convirtiéndose en una especie de Yoko Ono. El amor todo lo podrá. Una de las reacciones que más los fortalecen es nuestro enojo, nuestra latinidad, nuestro arranque. 

Juro que es en vano luchar en contra de ellos, no sirve. Solamente una conducta oriental es la que funciona. Pero nunca hacerlo de mentirita; como me decía mi abuela, tiene que ser una bondad genuina, auténtica. Tienen también el poder de detectar la falsedad, la conocen perfectamente. La huelen, ellos tienen mucho olfato… perciben hasta cuando temblamos, están al tanto de nuestro parpadeo. Es casi como estar bajo un detector de mentiras, hay que respirar mucho, hay que contar mucho hasta diez, hay que soportar muchísimo también. Cuando notan que te acercás de buena fe te van a odiar, van a vomitar como Linda Blair en El exorcista, pero es ahí donde hay que afirmarse y seguir, seguir con fe y amor… con convicción. 

Actúan como los perros cuando les tenés miedo, y te muerden. Se comportan como los caballos y te tiran. Como víboras y como soldados. Por eso es recomendable estar atentos siempre. Es casi inexplicable el fenómeno que los lleva a estar esperando a su víctima, esperando arruinarte la vida por algo o porque sí nomás, no sé qué les habrán hecho de chiquitos para ser así… no lo sé. No sé si es maldad o torpeza. No sé si se dan cuenta. No sé si son maquiavélicos o infantiles. No sé por qué son así los que actúan en silencio esperando el fracaso ajeno. 

Usted estará pensando que exagero, no, señor lector. Usted porque seguramente, como yo, es bueno, pero esto es como lo que dicen de las brujas, dicen que no existen… pero que las hay, las hay. 

¡Oh!, Jesus, save the lovely creature from the devil’s paws…

 

Fernando Peña

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05/11/09

¿Y si la felicidad era otra cosa?

nota_05_foto_01.jpgCreemos que las nubes reciben un trato injusto y que la vida sería infinitamente más pobre sin ellas." Así comienza el Manifiesto de la Sociedad de Observación de Nubes (Cloud Appreciation Society), una institución creada en 2004 por el diseñador y escritor inglés Gavin Pretor-Pinney (Londres, 1968). La asociación ya tiene más de 11.000 adherentes en todo el mundo (su sitio web es www.cloudappreciationsociety.org ) y su manifiesto declara también lo siguiente: "Creemos que las nubes son para soñadores y que su contemplación beneficia el alma. De hecho, los que piensen en las formas que ven en ellas se ahorrarán la factura del psicoanalista". Y tras la enumeración de otros puntos concluye con esta propuesta: "Alza la vista, maravíllate ante su efímera belleza y vive la vida con la cabeza en las nubes".

Se podría pensar que semejante invitación es ilusoria, ajena a las exigencias de la realidad, nada pragmática e impracticable. Puede ser. Mientras tanto, la Guía del observador de nubes, libro que escribió Pretor-Pinney y publicación oficial de la Sociedad, lleva vendidos casi 200.000 ejemplares (hay edición en castellano). Y no todo queda en la lectura. Se reproducen los observadores dispuestos a vivir con la cabeza en las nubes. Se trata, dicen quienes la experimentan, de una práctica inspiradora, que permite acceder a uno de los tantos maravillosos obsequios que nos brinda la naturaleza, que limpia la mente y el alma y que, por fin, es gratis.

Tiempos complicados

El presente no es el tiempo del cólera que quería Gabriel García Márquez para su novela. Es el tiempo de la gripe A, del dengue, de las candidaturas testimoniales, de la inflación real y las estadísticas irreales, del piquete constituido casi en profesión y en obstáculo cotidiano, de violencia en las calles, en las rutas, en las tribunas, en los atriles, de consumo desbocado de ansiolíticos, de inseguridades varias y crecientes (desde la física hasta la laboral), de apelación masiva a variadas terapias. Es el tiempo de la mayor crisis económica mundial y de la sonora ruptura de una burbuja, aquella en la que estaba envuelta la ilusión de una vida a todo consumo, rodeada de seguridades, acolchada en la creencia de que el progreso económico y el desarrollo tecnológico, unidos, casi podrían hacernos inmortales.

En semejante tiempo, ¿qué significa observar nubes? Si, además de ser una práctica concreta y al parecer fascinante, se la considera como una metáfora, acaso la invitación a observar las curiosas formas de cumulonimbos, estratos, nimbostratos, cirros, cirrostratos y demás sea una convocatoria a una nueva forma de vida, más simple, pero no menos significativa. Músicos, escritores, pintores, escultores, dramaturgos, actores pueden dar fe de cuánto arte hay en la simplicidad. Y esta experiencia es también la de quien, como espectador u oyente, recibe esa simplicidad y se siente enriquecido y transformado por ella.

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, que consagró categorías tales como amor líquido, vida líquida o posmodernidad líquida para describir la fugacidad, la inconsistencia en los compromisos y el relativismo en los vínculos que caracterizan esta etapa de la historia, aporta ahora, en El arte de la vida, la visión de la existencia como una obra de arte de la cual cada individuo es auctor (autor y actor). La hechura de esa obra comprenderá siempre la confrontación entre las condiciones externas y las potencialidades internas. El condicionamiento es a veces previsible y a veces no: incluye el imponderable, aquello que está fuera de toda previsión y control. Con eso se vive; contra eso no hay vacuna. Las promesas tecnológicas o científicas en sentido contrario generan luego estupor, estrés, desencanto, frustración y crisis. Al respecto, John Gray, un pensador original, fundamentado profesor de pensamiento europeo de la London School of Economics y autor de Contra el progreso y otras ilusiones, sostiene que "creer que se debe creer en el progreso porque de lo contrario ocurrirán desastres es creer en la creencia. Pero no habrá modelo económico ni desarrollo tecnológico que nos salve de la muerte".

Entonces, ¿cómo vivir? El actual ministro de Educación de España y rector de la Universidad Autónoma de Madrid, el filósofo y catedrático de metafísica Angel Gabilondo, propuso algunas ideas en una conferencia que tituló Artesanos de la belleza de la propia vida. Una vida bella, según Gabilondo, pasa por el camino de la sencillez. "La sencillez es un resultado; la simpleza, un estado primario. Hay que saber mucho para ser sencillo." Y continúa: "A la sencillez no se llega solo, porque uno solo se ensimisma, se enquista, se cree autosuficiente. Necesitamos de la presencia de los otros, de su irrupción, porque eso nos ayuda a vivir".

Diógenes (414-323 a.C.), filósofo griego que fundó la escuela cínica, que predicaba la ausencia de necesidades, solía vivir de la mendicidad, aunque no la veía como tal. "Simplemente, decía, pido que me devuelvan." Y cuando quienes lo observaban extendiendo su mano incluso ante las estatuas le advertían que de ellas no obtendría nada, él respondía: "Estoy practicando para no recibir". Sin duda, representaba un caso extremo de ausencia de necesidades, aunque un buen disparador para buscar respuesta a esta pregunta: ¿es lo mismo un deseo que una necesidad?

Primero, lo necesario

Una necesidad, dicen los filósofos, es aquello que no puede no ser. No podemos no alimentarnos, no podemos no respirar, no podemos no beber el agua que nuestro organismo necesita. Si eso ocurriera, moriríamos. Esas son necesidades. Como ser reconocido o ser amado, sin lo cual se produce nuestra muerte psíquica y emocional. El deseo, en cambio, está impulsado por la búsqueda del placer. El hambre manifiesta una necesidad: la de alimento. El apetito expresa un deseo: agnolotti de ricota y nuez a los cuatro quesos. A partir de la diferenciación, es posible una nueva pregunta: ¿una vida sencilla se basa en la atención de las necesidades o en la satisfacción de los deseos?

Antes de responder, conviene repasar la célebre pirámide de las necesidades humanas que en los años 40 del siglo XX diseñó el psicólogo humanista Abraham Maslow. En la base, las necesidades fisiológicas primarias; en el segundo escalón, las de seguridad física y emocional; en el tercero, las sociales (interacción con los otros, pertenencia a grupos de referencia, necesidad de amor entendido como interacción afectiva); en el cuarto, las del yo (reconocimiento, valoración, respeto, que refuerzan la autoestima), y en el quinto, las necesidades del ser, es decir, las de realizar las propias potencialidades, concretar nuestro sentido esencial, autorrealizarnos.

No son las necesidades, sino los deseos los que nos impulsan a endeudarnos, a correr detrás de cosas, de apariencias, de símbolos (de estatus, de poder). En La vida auténtica, el gran pensador alemán Erich Fromm advertía que el ser humano se había convertido, desde la mitad del siglo XX en adelante, en un desbocado productor y consumidor de cosas, en detrimento de otros propósitos e ideales. "Producimos máquinas que emulan al hombre y el hombre se convierte en máquina, en objeto", señalaba Fromm. Somos materialmente productivos, insistía, pero mientras ponemos el acento allí nos hacemos improductivos en nuestra relación con los demás, y en la satisfacción de nuestra necesidad de armonía, de unidad, de sentido.

Pequeño y hermoso

En esa dirección apuntaba hace 36 años el economista angloalemán Ernest Friedrich Schumacher (1911-1977). Discípulo de Keynes, Schumacher abandonó Alemania (había nacido en Bonn) en 1936 ante la amenaza nazi y se instaló en Inglaterra. Allí dirigió la poderosa Corporación del Carbón por veinte años, de 1950 a 1970. Comisionado en Birmania, su pensamiento se transformó al conocer en profundidad las ideas de Gandhi acerca del desarrollo sustentable. Tras fundar el ITDG (Intermediate Technology Develop­ment Group), un espacio de especialistas dedicados al desarrollo de tecnologías menos depredadoras del medio ambiente, publicó en 1973 Lo pequeño es hermoso, un libro que, con sólidos argumentos, gran conocimiento de la economía y notable poder de comunicación, proponía replantear la economía incluyendo al ser humano como elemento central.

Lo pequeño es hermoso se tradujo a una veintena de idiomas, circuló por millones, se reedita periódicamente sin perder vigencia y es considerado uno de los libros más vendidos y más influyentes del siglo XX. Hoy, el Instituto Schumacher continúa con sus ideas; es una usina de iniciativas de desarrollo destinado a simplificar y mejorar la vida, un espacio en el que descuellan célebres científicos, como James Lovelock (autor del concepto Gaia, según el cual la Tierra es un organismo vivo) y Stephen Harding. Su consigna es: no se trata de repoblar y maltratar la Tierra, sino de disfrutarla y amarla.

Lo pequeño no sólo es hermoso, sino que es condición necesaria de lo grande. Así como la suma de una célula más otra y más otra termina en la conformación de un organismo, el cambio de una actitud individual, la modificación de la vida de una persona o de una familia, más la de otra, más la de otra, pueden conducir a la transformación de un tipo de vida que se ha revelado en muchos aspectos (sobre todo emocionales, afectivos, espirituales) tan insatisfactoria como estresante. Es una vida iatrogénica.

La iatrogenia es el proceso por el cual lo que se considera un remedio genera enfermedad o empeora la condición de un paciente. La forma de vida que hoy está en crisis parece haberse originado en concepciones económicas, usos tecnológicos y vínculos humanos con alta dosis de iatrogenia. Pruebas al canto: las consecuencias obvias del cambio climático (que ya podemos percibir en nuestra vida y en escenarios cotidianos), el catastrófico derrumbe de un sistema económico basado en la codicia, la rapiña, la ambición, el egoísmo y el descontrol, la irrupción de nuevas pandemias sumada al regreso de enfermedades que se creían erradicadas, el malestar afectivo que tiñe las relaciones interpersonales en las que el otro (prójimo, semejante) aparece antes como objeto que como sujeto (pese a que han pasado quince siglos desde que Juan Crisóstomo, que fue obispo de Constantinopla, considerara pecado el tomar a una persona como medio o instrumento). Hay un tipo de vida que ya mostró sus características. Hay otro que espera para ser experimentado. Y esa experiencia puede empezar en cada persona, en cada familia, en cada hogar.

Una casa para el alma

¿Cómo acceder a la vida simple? En El reencantamiento de la vida cotidiana, el terapeuta y ex seminarista Thomas Moore propone ideas estimulantes en ese sentido. Una de ellas es que el alma tenga un espacio en el hogar que habitamos. Ello ocurre cuando podemos responder a estas preguntas: ¿vivo donde quiero o donde debo vivir? ¿Es éste el lugar adecuado para mí? ¿Estoy rodeado de la gente que me da sensación de pertenencia? ¿Estoy haciendo un trabajo apropiado, lo que puedo, lo que debo o lo que quiero? ¿Se están expresando en este trabajo mis potencialidades más profundas -emocionales, creativas, espirituales-? ¿Todo lo que hay en mi casa es necesario?, ¿responde a necesidades o a deseos?

"Tal vez no necesitamos tanto espacio como creemos en nuestras casas y en nuestros negocios, ni usar tanto de la naturaleza para nuestra recreación", dice Moore. También incita a que "dejemos a los niños vivir su infancia". Esto significa no rodearlos de entretenimientos tecnológicos que hacen todo por ellos, anulan su iniciativa y su imaginación. Los chicos, dice Moore, parecen pequeños empresarios con agendas llenas de actividades y todo tipo de artefactos electrónicos e informáticos a su alrededor. Serán adultos con alma si se les deja vivir con magia en vez de "con técnica y practicidad". Chicos que crecen con alma serán adultos capaces de vivir vidas más simples y profundas.

Michael Simperl, un consultor publicitario alemán que a partir de una grave crisis profesional reorientó su vida en la dirección de la profunda simplicidad y recogió esa experiencia en el libro Menos es más, ofrece también su aporte. "Tratemos de adecuar nuestras tareas a nuestro tiempo, y no nuestro tiempo a nuestras obligaciones", propone. Sin duda, un cambio cuántico en una cultura basada en la creencia de que "el tiempo es oro" y que, como tal, es escaso. Simperl es impulsor del menosismo: hacer menos y mejor, tener menos y disfrutar más. "La alternativa menosista, dice, es aprender a no regirse por el número de tareas que se nos imponen o nos imponemos, sino en destinarle un tiempo fijo a cada una". Esto enseña a fijar prioridades. Siempre, lo que se necesita tiene prioridad sobre lo que se desea. Por lo tanto, es importante aprender a conocer las propias necesidades. Si éstas son atendidas, habrá armonía y satisfacción. Correr detrás de los deseos complica la vida. No tardaremos en encontrarnos sin tiempo, con deudas, con relaciones empobrecidas y con ansiedades constantes.

Otras experiencias de Simperl pueden ser iluminadoras. El aprendió a manejar sus frustraciones y bajones de una manera sencilla y creativa. En lugar de correr a comprar algo y anestesiar la tristeza con consumo (anestesia que, como todas, tiene un efecto temporario), sale a caminar, monta en su bicicleta, observa fenómenos naturales (el atardecer, lo que hacen los animales). "La frontera mágica es la hora y media", dice. En ese plazo se disipa el sentimiento de frustración o depresión que lo embarga. Y, en este caso, no vuelve, él queda en paz.

El menosismo recuerda también que no es necesario ser perfecto. En cierto modo, el perfeccionismo es padre de la frustración y de la inconformidad permanentes. Nunca hay satisfacción por el logro, pues siempre prevalece lo que falta. Otra consigna menosista es la de no quedar enredado en lucubraciones del tipo: ¿tendré dinero el año que viene?, ¿qué será de mis hijos cuando sean grandes?, ¿cómo saldrá este proyecto? En cuanto a esto, Dan Millman (que fue campeón mundial de atletismo y actualmente es entrenador en la Universidad de Stanford, además de conferencista y consultor en cuestiones de crecimiento personal) dice: "Nos complicamos seriamente la vida con temas que tememos y que finalmente nunca ocurren, como arrepentimientos respecto del pasado o temores con relación al futuro. «Debería haber hecho esto... Me abandonarán? Me quedaré sin un peso... Me equivoqué en aquello». Nadie vive, finalmente, en el presente. Hay que aprender a concentrarse en el hoy, que es cuando ocurre lo que ocurre".

Moore, regresemos a él, propone una manera siempre vigente de reencantar la vida, darle sencillez y profundidad. Invita a volver a los libros, o a ingresar en ellos. "Tengo mi casa llena de libros, cuenta, y es lo que más cuesta trasladar cuando me mudo. Al rodearnos de libros, nos rodeamos de la sabiduría, la imaginación y la memoria del mundo; nos integramos a él." Cuando nos protegen y nos abrazan los libros, en cada uno de ellos, en una página leída al azar, en un párrafo escogido por intuición, habrá la punta de un hilo que, si lo seguimos, nos llevará a ideas que nos ayudarán, a relatos que nos darán una nueva perspectiva, a compartir una experiencia propia que creíamos que nadie comprendería.

Si pretendemos ser protagonistas de nuestra vida y no meras víctimas de circunstancias que otros proponen y manejan, si hemos llegado a un punto de complicación que rompe nuestra armonía interior, acaso sea el momento de prestar atención a Giorgio Nardone, creador del Instituto de Terapias Estratégicas, de Arezzo, Italia, quien aplica exitosas prácticas basadas en las ideas de los antiguos sofistas griegos. "Cuando quiera resolver un problema, dice Nardone, empiece por preguntarse cómo puede hacer para empeorarlo. Así le será mucho más fácil descubrir la solución." Si queremos vivir una vida más sencilla, con más propósito y sentido, podemos empezar, entonces, por observar con absoluta sinceridad qué hacemos (y cómo lo hacemos) para hallarnos involucrados en una existencia complicada e insatisfactoria. ¿Estamos dispuestos a hacer más de lo mismo? Si no es así, acaso sea el momento indicado para empezar a observar las nubes.

Y para cuando no haya nubes, vale este milenario proverbio chino: "Sólo en un estanque en calma se refleja la luz de las estrellas".

Sergio Sinay

Más simplicidad, más vida

No es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita. Esta es una de las convicciones en las que se apoya el Movimiento por el Decrecimiento, que viene ampliándose en el mundo a partir de los años 90 del siglo XX, y que nació al calor de las ideas de Nicholas Georgescu-Roegen (1906-1994). Este economista rumano publicó en 1971 un libro titulado La ley de la entropía y el proceso económico, en el que sostenía que las teorías económicas que proponen el crecimiento como modelo único y a cualquier precio son infundadas. Georgescu-Roegen se valía de argumentos no sólo económicos, sino también físicos y ecológicos.

El decrecimiento no es una teoría económica, sino una consecuencia inevitable de las leyes de la entropía aplicadas a nuestra realidad vital, según quienes adhieren a él (un número cada vez mayor de personas en todo el mundo). "Vivimos en un planeta finito y con una determinada capacidad para asimilar los procesos vitales de las especies que alberga. La civilización humana lo ha puesto en jaque", apuntan. Se trata de frenar el crecimiento por el crecimiento, que ?argumentan? enriquece a unos pocos, deteriora el planeta y lleva a la mayoría a vivir una vida infeliz. El decrecimiento propone un modelo de vida y de desarrollo basado en la eficiencia, la cooperación, la durabilidad y la simplicidad voluntaria. También insiste en redefinir los conceptos de poder adquisitivo y nivel de vida. Su lema es vivir mejor con menos, y rememora una consigna de Gandhi: "Debemos vivir de forma más simple para que, simplemente, los demás puedan  vivir".

www.decroissance.org
www.decrecimiento.info

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04/11/09

Claudia Sánchez. siempre de pie

nota_05_foto_01.jpgFue "la cara" de los 60, de los 70. Su rostro -distante, personalísimo- estaba en todas partes: jabones, bebidas, cosméticos, autos, cigarrillos... Sobre todo cigarrillos, porque ella, junto a un hombre que la acompañaba a todas partes, supo recorrer los lugares más inimaginables del planeta de la mano de una famosa marca de tabaco que aún hoy se consigue en los quioscos.

Pero un día, cuando la Argentina libraba una batalla de final anunciado en las islas Malvinas, ella, Claudia Sánchez, decidió salirse del juego. Por voluntad propia, asegura. "Una revista organizó una producción mía con caracterizaciones muy sofisticadas y glamorosas. Pero salió publicada en el mismo número en que la tapa eran los soldaditos muriendo en las islas. Me indigné, me puse en el lugar de las madres de esos chicos... Agarré a mis dos hijos y me fui a vivir al campo, cerca de Chascomús. No quise aparecer más", recuerda con tristeza mientras afina la mirada de sus ojos turquesa sobre un jardín que mira al río en esa ciudad donde, desde hace casi una década, eligió vivir.

-¿Por qué Colonia?

-Porque la conocí sola. Venía con el barco, pero nunca la había caminado. Todo lo de acá era nuevo y era mío: mis amigos, mi casa, mi melancolía. Fue y es como un abrazo. Me llevo bien con la gente, hice amigos. La conozco bien, la tengo recorrida en auto, en moto.

-¿Te gusta Colonia o todo Uruguay?

-Uruguay me parece perfecto. Tiene algo que se pierde, sobre todo en Buenos Aires, que es el valor del tiempo. La gente cruza por la calle segura de que no la vas a pisar.

-Recorriste bien Colonia en auto y en moto. ¿Te gusta manejar?

-Mucho. Desde chica. Aprendí sola. Y acá se disfrutan mucho los autos. Tengo un Ford A modelo 1929, con todo original, como yo (y se ríe con una carcajada)... Hace poco gané el Rally del Río de la Plata. Con un auto de estas características no es sencillo.

-Antes dijiste que tenés todo original. En una época de tanta cirugía estética...

-Pero es así. Las estéticas me parecen agresivas. Todas las caras que veo son iguales, y cada vez peor. Los ojos abiertos, la boca tensa? No puedo evitar mirarlas. Parezco un chico. Yo soy muy natural. No uso cremas ni siquiera: me hacen sentir engrasada.

-¿Te llamó algún cirujano plástico?

-Todo el tiempo. ¿Y vos te creés que lo mando a la miércoles? No, para nada. Le digo gracias, cómo te preocupás por mí. Seguramente le darían una comisión si me llevara y le sacarían una nota en el diario, y él está buscando una forma de vivir... o de promoverse. Peor sería robar o matar.

-¿Jamás una cirugía estética?

-Bueno, si los párpados se me caen mucho más y me impiden ver... Tuve que operar a un perro por esa razón. Es importante tomar la vida y aceptarla como es. Yo veo mis fotos y veo a una mujer grata. Y no me preguntes la edad: en mi familia, no se habla ni de política ni de edades (risas).

-¿Hacés dietas, gimnasia?

-No me limito mucho con la comida, pero soy prudente, aunque con los años engordé. No voy a ningún gimnasio. Detesto ir a transpirar... Pero soy deportista: natación, equitación. Siempre lo fui.

Suena su teléfono celular. La conversación es breve y se desarrolla entre risas.

-Me vas a disculpar, pero no puedo perderme esto -dice, mientras abandona el sillón rojo de uno de sus lugares preferidos en Colonia, el bistró Lentas Maravillas-. Mis amigos me invitan a comer mondongo.

* * *

La charla se reanuda después.

-¿Dónde naciste?

-En Palermo, en Malabia y Santa Fe, en la cocina de mi casa; atendió el parto mi abuela, la mamá de mi mamá. Mi papá era empleado en Obras Sanitarias. Bien pago. Respetado. Llegaba noviembre y nos íbamos al campo hasta que empezaban las clases. Conocí el mar a los 17 años.

-¿Qué pasaba en el campo?

-Vivía la familia de mi mamá, de origen vasco. En Arizona, un pueblo de San Luis. Yo era una salvaje: andaba entre los bichos, los peones, subía a los tractores, andaba a caballo. Me crié allí, por eso sé que en la Argentina siempre hubo bronca contra el campo, porque allí estaban los reaccionarios...

-Bueno, hay una pelea histórica que se remonta al origen de nuestro país...

-Es que siempre nos vendieron peces de colores. Si me preguntás qué odio, odio la soja. La soja ha destruido el campo en pos de la rentabilidad. El trigo, el maíz, la carne son importantísimos y le siguen devolviendo al campo, son rotativos... Pero la soja despistó a todos. Se desmontaron campos y campos, vino alguien que se llenó de plata sin importarle que esos campos después fueran estériles... y andá a mejorarlos.

Del amor, la muerte y el olvido

-Tu pareja con el Nono Pugliese... ¿Cuánto duró?

-Casi 30 años. Me enamoré de él a los 21, ya separada de mi primer marido y con una hija chiquita (ver recuadro).

-¿Te enamoraste enseguida?

-No. Tardó mucho en conquistarme. Me seguía a todas partes. Me trató de usted durante meses. El Nono me ganó por cansancio. Y yo me enamoré del amor; el amor es contagioso. Me demostraba todo el tiempo cómo me quería, con miles de cosas, sin dramatismo y con mucha libertad. Nuestros primeros 12 años fueron así, me quiso con pasión, no había nada mejor que yo.

-¿Qué pasó después?

-No sé, eso es lo raro, porque uno, cuando está muy expuesto? hay envidias, hay celos, hay mujeres que se dedican a sacarle el marido a otras, y se debe haber desgastado algo; si la puerta está cerrada no entra nadie...

-Después de Nono, ¿formaste pareja?

-No... Pero no me voy a morir sin vivir algún nuevo gran amor.

-¿Buscarías a alguien parecido a él?

-No. En su momento él fue lo mejor. Pero ahora me parecería un mamarracho total. Ahora busco a un gran abrazador.

-¿Y él no era abrazador?

-Yo no quiero ocupar más la delantera. Yo conocía a un barrendero y lo convertía en un aeronáutico... Basta, quiero conocer a un linyera y que siga siendo un linyera... Como en matemáticas, despejar la X y ver rápido el resultado, sin tanta incógnita.

-¿Te gustan los hombres atractivos?

-No, para nada. Me gustan gorditos. Los hombres tienen que ser gozones, perderse por una mujer y un plato de tallarines...

-¿Qué fue la muerte del Nono?

-Un golpe muy fuerte... El desapareció. Punto. Pero la que quedó con el cuchillo en la espalda fui yo. Cuando Nono murió ya hacía un año que nos habíamos separado. Nunca estuvimos casados legalmente. En ese momento estaba como anestesiada. Tuvieron que pasar muchos años; pero lo sueño bien; no estuve enojada; sí, con un sufrimiento muy feo que no le deseo a nadie.

-Quedaste como en un grito, como el cuadro de (Edgard) Münch...

-Sí, así. Nunca se me había ocurrido.

Los trabajos y los dias

-¿Cómo empezó tu carrera?

-A los 17 años mi hermana decidió que había que sofisticarme. Fui a trabajar con una productora de publicidad para la preselección de la cara de Pond?s, que hacía la campaña internacional en la Argentina. Venían los americanos. Al tercer día preguntaron con quién se quedaban. "Con la que está detrás del vidrio", dijo. "Pero ésa no concursó", le contestaron. Era yo.

-¿Fuiste una de las primeras en usar minifalda en la Argentina?

-Sí, entre la rodilla y la mitad de pierna, nunca más cortas. Es de mal gusto. En mi época, y con gestos simples, sin "mostrar" ni cola ni lolas los hombres se cortaban el cogote. "Llamame, te espero"; con eso bastaba.

-Te hiciste famosa por una marca de cigarrillos. ¿Fumás?

-No, hace años. El cigarrillo fue como todo: una moda. Hubo una época en que hasta los médicos fumaban y lo recomendaban.

-¿Aceptarías hacer TV?

-En un canal hecho para mí (risas)... Sí, haciendo algo de turismo, pero no muy masivo; buscando lugares, que en eso soy fuerte: mostrarle a la gente lo que quiere ver.

-¿Tomás medicación antiestrés?

-No. No sé lo que es tomar una pastilla. Nunca tuve problemas para dormir. Porque no me los hago. Si no duermo, leo: duermo cuando tengo sueño. Total, ya no tengo que mandar chicos al colegio.

-¿Propuestas de trabajo?

-Me llaman, pero no me tientan. En este momento, si no es con garantías, aunque sea de que te cuiden? No me interesa que me larguen ahí, si la cosa sale mal. ¿Para qué?, prefiero seguir con los ladrillos, hacer una piecita, otra, pintarla, venderla, alquilarla.

-¿Es el trabajo que hacés?

-De eso vivo: compro una casa, un departamento, lo reciclo, lo vendo... La arquitectura me encanta, y como no soy arquitecta puedo "delirar" más. Compré un departamento en República de la India cuando a nadie le gustaba vivir frente al Zoológico. A partir de ahí fue moda; me fui a la casa de Gorostiaga, una casa destruida que hicimos reconstruir y luego fue embajada de la India; después, a la de Rufino de Elizalde; después, a campos en puntos muy bien ubicados y di el gran salto, y luego, el gran salto me lo dio el banco, que me dejó boquiabierta.

-¿Te agarró el corralito?

-El corralazo. Y dije "me sacarán la plata pero no la sonrisa". Con un cuadro compré una casa; con otro, un departamento... Esto me permite vivir austeramente, con dignidad. Me reciclé.

-¿Siempre de pie?

-Sí. Es una frase que me identifica. Totalmente.

Gabriela Navarra

En pocas palabras

Su nombre es María Claudia Peternolli, hija de Antonio Peternolli y Aurora Ihitsagüe. Su hermana, Lilian, 9 años mayor que ella, es artista plástica. Tiene dos hijos: Candela, de su matrimonio con el escenógrafo Armando Sánchez, que vive en Saint Thomas, y Francisco, de su unión con Nono Pugliese.

Tiene una perra de raza yorkshire, Maga, que la acompaña a todas partes. Y también tres nietos: los mellizos Pedro y Aurora Dulce -hijos de Candela-, de un año y medio, y Francisco -hijo de Francisco y María Alfonso-, que tiene 10 años y nació en EE.UU., donde su hijo está radicado hace más de 20 años, al frente de la productora D´Avant-Garde, en Los Angeles.

Luego de retirarse como modelo, se dedicó a la producción junto a Pugliese, en las productoras Film Records y Leon Producciones.

Tanto Armando Sánchez como Nono Pugliese murieron en forma repentina: Sánchez, de un ataque masivo; Pugliese, el 9 de julio de 1993, a los 49 años, cuando cayó al intentar escapar por un techo de la cámara de un fotógrafo que quería retratarlo en un restaurante junto a una mujer bastante más joven que él.

Certifica.com

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03/11/09

El sabor de soñar entre viñedos

nota_05_foto_01.jpgLas cumbres de la cercana precordillera ya van perdiendo su blancura. El invierno pasó, los viñedos que tapizan buena parte de la provincia comienzan a despertar de la larga siesta y los primeros brotes anuncian la primavera. La tierra del buen sol y el buen vino tiene más de 2000 bodegas y un enoturismo en constante crecimiento, con propuestas tanto para fanáticos e informados como para aquellos que sólo saben apreciar una buena copa y quieren conocer el proceso de la vinificación en todas sus etapas. Un mundo donde relucen los grandes tanques de acero y las barricas.

Junto al gran despliegue del sector nacieron además otras variantes. Dispersas en los distintos departamentos vitivinícolas, cada una con su estilo y en cambiantes paisajes, muchas bodegas brindan una experiencia única: dormir y comer rodeados de viñedos.

Club Tapiz

En Maipú, en una villa renacentista de fines del siglo XIX está el Club Tapiz. Fue de la empresa multinacional Kendall-Jackson hasta que la familia Ortiz lo compró, en 2003, junto con la bodega del mismo nombre, en un proyecto que incluye el resort de lujo, con once habitaciones equipadas a todo confort; centro de convenciones, y emprendimiento oleícola, que produce un rico blend de aceite de oliva premium. El sitio, de la cadena N/A Town & Country, ofrece además una excelente propuesta gastronómica en su Terruño Restaurant.

A las 8 en punto, cada noche, junto al fuego del hogar del cálido estar, la sommelière de turno invita a una degustación dirigida con vinos de la casa. También es parte del programa un tour por los viñedos en un carruaje de época. Cuesta unos 730 pesos la habitación, con desayuno y vista a la bodega.

www.tapiz.com.ar

Cavas

En Agrelo está Cavas, un hotel de vinos imaginado por Martín Rigal y Cecilia Díaz Chuit. Cuenta con una gran casa principal de amplio estar donde funcionan el spa y el restaurante. Esparcidas sobre una extensa alfombra de viñedos, las cabañas color terracota de aire gaudiano encierran diez confortables habitaciones, todas con chimenea, ideales para una estada íntima. El lugar es miembro de la exclusiva cadena Relais & Châteaux. Cuesta unos 1113 pesos, con desayuno.

www.cavaswinelodge.com

Posada Baquero

Para vivir en un sencillo clima rural, hay que llegar a Coquimbito. Allí está la Posada Baquero, un sitio que invita al relax en el cálido rancho de Grisi y Marcela Baquero, mendocinas de alma que dotaron el lugar de confort y buen gusto. Con buenos vinos de la bodega familiar y rica comida, en el gran parque se levanta la extraordinaria casa del siglo pasado. En la cava, antiguos murales y pequeñas mesas donde se ofrecen catas dirigidas y degustaciones. Por 350 pesos, con desayuno.

www.baquerowines.com

Terrazas de los Andes

En Perdriel, en otro antiguo edificio restaurado, está la bodega Terrazas de los Andes, que ofrece alojarse en su exclusiva Casa Terrazas, con seis habitaciones de cuidada ambientación y un restaurante privado, todo con vistas a los viñedos y al Cordón de Plata. Con reserva previa, los huéspedes son invitados a visitar la bodega y degustar sus vinos. Hay programa de cabalgatas y una visita a la estancia Los Chulengos, donde se disfruta de un menú regional. Por 510 pesos, con desayuno.

www.terrazasdelosandes.com

Salentein

La bodega Salentein también tiene su posada, actualmente en proceso de ampliación. Cuenta con ocho habitaciones de refinada decoración y equipamiento en dos casas de campo, Los Sarmientos y Los Zarcillos, en el corazón del Valle de Uco. En otro edificio está el comedor con hogar de leña, donde se brinda una carta acompañada por los mejores vinos de la bodega. El lugar se complementa con Killka, importante espacio de moderna arquitectura frente a la bodega que encierra un complejo cultural y gastronómico con exposiciones permanentes. El precio es 1150 pesos la habitación doble con desayuno y media pensión.

www.bodegasalentein.com

Vistalba

Con sólo dos superexclusivas habitaciones dobles de 70 m2 cada una, Vistalba, la bodega de Carlos Pulenta Wines, en Luján de Cuyo, recibe a huéspedes. Cuenta con un bonus: el restaurante La Bourgogne, supervisado por Jean-Paul Bondeaux, que brinda una carta gourmet donde se combinan los mejores productos de la región con técnicas de la cocina francesa. Cuesta 614 pesos la habitación simple y 1150 la doble. La tarifa incluye desayuno y almuerzo en La Bourgogne.

Marta Salinas

El aceite también es buen anfitrión

Hoy, muchas bodegas se suman a un plan de expansión productivo del aceite de oliva premium y completan la oferta de sus vinos con el noble producto. Empresas vitivinícolas como Tittarelli, Tapiz, López, Alta Vista, Lurton, Atlio Avena, Bianchi y Zuccardi, por ejemplo, ofrecen aceites de oliva extra virgen de notables sabores.

En el cálido restaurante de la Casa del Visitante, de la bodega Familia Zuccardi, se disfruta de la buena gastronomía del lugar junto a sus vinos y a los aceites varietales, que a partir de un proyecto de Manuel, el más joven de la familia, se producen en la moderna fábrica que aparece entre los viñedos. Allí, en una visita se puede seguir la secuencia ininterrumpida desde la entrada de las aceitunas, a través de las distintas etapas de una procesadora italiana de última generación, hasta que surge la dorada esencia del aceite, lista para ser probada en pequeños cuencos.

Datos útiles

Visitas

En general las bodegas que reciben a visitantes suelen estar abiertas todos los días, aunque algunas requieren reserva. La entrada no es gratuita, sino que se cobra entre $ 15 y $ 25, e incluye tour por las instalaciones y degustación

Más información

En Buenos Aires Casa de Mendoza, Callao 445; 4374 1105

www.mendoza.gov.ar

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02/11/09

Julio Bocca, el reposo del artista

nota_05_foto_01.jpgY el domingo descansó.

Se rapó y descansó. El sábado 22 de diciembre de 2007 bailó por última vez para el público. Seguidores y neófitos tapizaron esa noche la avenida 9 de Julio. La sábana de más de 300 mil personas se oreó, tensó y preparó la cama con aplauso y nostalgia anticipada. Era un adiós. Era un preludio.

A los 40, Julio Bocca se retiraba de los escenarios. Se alejaba de los ensayos fatigantes, cruzaba el Río de la Plata y apuraba el pecho para tocar la cinta de llegada a mañanas de mate y hogar, a una nueva etapa. Esa que lo encuentra viviendo en Montevideo, yendo a subastas -"Nunca en mi vida lo había hecho y me encantó. ¿Por qué no lo hice antes? Porque no podía"-, husmeando en el supermercado y andando en bicicleta.

-¿Por qué Montevideo?

-¿Por qué no? Me hubiese gustado quedarme acá, sigo queriendo a la Argentina y a Buenos Aires, pero necesitaba tranquilidad. Después del retiro necesitaba eso, bajar; y Montevideo es una muy linda ciudad. Me queda cerca, tengo buenos espectáculos, tengo la Rambla, y puedo hacer un poco la vida que hacía en Nueva York.

-¿Acá no?

-Es una cuestión mía, personal, de mi cabeza, que uno sale y tiene que estar con una sonrisa, preparado para un autógrafo o foto. Pero reitero: es una cuestión mía.

-¿En la otra orilla eso no pasa?

-Pasa, pero mucho menos, porque hay mucha menos gente. Allá es un saludo y siguen. Acá me saludan, me abrazan, me besan, me sacan fotos, me cuentan historias. Es lindísimo, pero yo necesitaba estar tranquilito y hacer otras cosas.

-¿Una vida normal?

-Sí.

-¿Tuviste una alguna vez?

-Sí, en Nueva York; tomaba el subte, cocinaba. Necesitaba eso, y ahora lo tengo. Tengo amigos y estoy a nada de Buenos Aires. Ahora tengo como fobia de estar con mucha gente. Ir a una disco, que vas y te golpean... No, no puedo.

-¿Entendiste ahora, después de 2007, a los 40, lo que es estar sin hacer nada?

-¡Sí! [se ríe con ganas].

-¿Te gustó?

-Apenas terminé, me fascinó. Ya a comienzos de este año sentía como que tenía que hacer algo. Tomé la presidencia de la Fundación [que lleva su nombre], más reuniones, más cosas con la Escuela; me estoy metiendo mucho más. Y fui a Praga, a unas master classes. Pensé que nunca iba a poder hacerlo.

-¿Por qué pensabas que no podías?

-Sentía que no estaba preparado para dar clases. Igual, lo que hice ahí fue enseñar a los chicos de la Royal [Opera House], o de la Opera de París, la variación de El Quijote, la del Cisne Negro y el dúo de Diana y Acteón. Había de todos los niveles; va gente de todas partes del mundo a tomar clases de clásico y repertorio. En eso estaba yo. Cuarenta alumnos para enseñar las variaciones, explicar y corregir a todos por igual. Tenía que probar para saber si podía o no. La experiencia fue maravillosa, me gustó muchísimo.

-Estás haciendo lo que destacaste de Natalia Makarova y de Cynthia Gregory, que se bajaron del escenario a los cuarenta y tantos, pero siguieron con clases, como coreógrafas...

-Exacto. Todos tienen un recuerdo lindo de ellas, que terminaron bien, que podrían haber seguido bailando, pero se dedicaron a otras cosas. Yo ahora tengo toda una estructura preparada y me pone feliz darles un lugar a los chicos para que estudien. Hace poco estuve en Asunción, Paraguay, donde junto con Ana Botafogo nos dieron una mención de ciudadanos ilustres durante la Gala Iberoamericana, organizada por la Ciudad de Asunción, que este año ha sido declarada Capital de la Cultura. Por supuesto, nunca se publica nada de esas cosas. Si fuera fútbol, saldría.

-¿Se te vació un poco la cabeza de coreografías?

-No. Al hacer Diana y Acteón pusieron la música y me vino. Y eso no lo hacía desde hace años. Lo que pasaba era que me costaba incorporar cosas nuevas; se ve que el disco ya estaba lleno. Pero están guardadas en algún lado. Pongo el chip y ahí están.

Terminó un yogur y ya está listo el mate. El pico del termo regurgita. Se tapa. "Es que está llenísimo, ya va a salir mejor."  La escena que se da en una habitación en Buenos Aires se repite en la otra orilla. Julio lee los diarios argentinos en Internet. Mira su jardín. Manda un mail a la Fundación. Usa pantalones dos talles más grandes porque no le gusta la ropa ajustada. Acaricia a su perra. Responde un mail. Habla algo con la señora que lo acompaña desde hace más de 15 años y por la que va a ver qué puede hacer, porque extraña. Mira al sol. Deja la bandeja de entrada renovando caudal y se va con el termo afuera. "Si el día está lindo, no me lo pierdo."

Seis kilos más, seguro. Los tiene. Los vive. Los acusa. "Ahora estoy a dieta de nuevo, porque, mirá." Se toma lo que un oficinista calificaría de pliegue y para él es... rollo. Su sonrisa ladeada se va borrando al tiempo que flexiona el tronco, apenas levanta la remera y ahí está, la prueba: la panza "me llega".

-¿Ese tatuaje es nuevo?

-Es uno de los últimos que me hice, cuando terminé el [ciclo en el] Opera con el Ballet Argentino. Fue como cerrar una etapa. Después lo que hice fue alargarme éste [se levanta la manga derecha].

-¿Tiene algún significado?

-[Con su dedo contornea un dibujo previo, que se pierde en el general] Este me lo hice en el año 2000, cuando me separé de mi pareja de 7 años e hice Broadway. Fue un cambio muy grande para mí. Cuando terminé 2007 lo agrandé y lo terminé de redondear.

-¿Hacés algo de actividad física?

-Hago clases a veces, con el Ballet del Sodre, y estoy yendo a un gimnasio. ¡Ah! y estoy haciendo la power plate. Es una máquina... Supuestamente lo hace Madonna... Es una máquina que usan los astronautas para mantenerse en forma. Eso dice la publicidad [se ríe y se festeja]. Vibra, te trabaja el músculo en menos tiempo. Hago flexiones de brazos, abdominales; la máquina lo que hace es ayudar a intensificarlos.

-¿Vas todos los días?

-No...

-Tres veces por semana...

-[Silencio]

-Dos veces...

-[Da la sensación de un niño a punto de saberse en penitencia]

-¿Una?

-Cada tanto, cada tanto voy.

Parece que el vacío lo incomoda y dispara, como para atenuar una condena: "Pero me gusta andar en bici, eso sí".

-Y juego a veces al tenis.

-¿Cómo se dio?

-Me compré la [consola de videojuegos] Wii, jugué y dije "hay que probarlo de verdad".

-¿Y?

-Y... es jodido te digo, eh. En la Wii está bueno. Pero en el otro viene la pelotita rápida y fuiste. Y no quiero correr, porque no quiero lastimarme, ya me lastimé bastante.

-¿La dejás pasar?

-Sí.

 

***

-¿Qué significa Cecilia Figaredo?

-Me fascina. Es una mujer espectacular, como persona y como artista. Tiene una calidad de trabajo y de movimiento, sobre todo para lo que es neoclásico, que es espectacular. Es una mujer con un carácter fuerte, nada que ver con Eleonora, que es como... más Julieta. Pero ella también tiene carácter, ojo.

-En el sitio oficial del Ballet Argentino figura Cecilia como primera bailarina. No hay figura masculina.

-No.

Seco. Tajante. Se ríe. Ladea. La mueca y los dientes, otra vez. Las cejas en ascensor dicen que estamos hablando en serio.

-¿Qué querés que te diga? No.

-¿Hay una búsqueda?

-Todo el tiempo. Es muy difícil que se pongan a laburar.

-¿No se lo toman en serio?

-No. Es un arte que, si lo hacés, es porque te gusta. Entonces, las boludeces afuera.

-Hernán Piquín era una primera figura.

-Sí, Hernán estaba como invitado.

-Después viró...

-Después hizo su carrera, que me parece genial. Me hubiese gustado que siguiera un poco más con la danza. Pero como yo hice mi carrera a mi manera, respeto lo que hizo.

-¿Jonatan Luján y Lucas Oliva tienen chances de convertirse en primeros bailarines?

-Sí, se los ve bien: Jonatan Luján arriba del escenario tiene personalidad, es un artista; interpreta, va, viene, pero creo que llegará a hacer mucho más. Lucas Oliva es un chico con gran talento, sobre todo para las cosas más folklóricas y lo contemporáneo. Y también tiene personalidad.

-¿Habrá uno?

-Por supuesto. Uno busca, pero tienen que querer serlo. No es cuestión de querer serlo mañana con todas las condiciones: mejor sueldo, auto, viajar en primera. No. Eso llega después.

"En Uruguay también tienen sus quilombos políticos. Pero si se putean -los políticos-, ahora que están en campaña, se piden disculpas."

-¿Votaste en la última elección?

-No, no estaba.

-¿Lo viviste como un alivio?

-No, me hubiese gustado votar, aunque no hubiese sabido a quién. Nos quejamos, pero tampoco hacemos mucho. Hay cosas que yo ya no entiendo.

-¿Como qué?

-Cuando escuché que iban a dar tanto dinero al fútbol, a mí, como argentino...

Se cubre la cara con ambas manos, con cierto hastío. Encarcela los gestos por un instante hasta que las palmas, en el descenso, deslíen los ojos. Chorreados duran poco; vuelven a tomar forma.

-Primero: no sé de dónde sale ese dinero, si será de impuestos o qué. Me gustaría que me consultaran a dónde quiero que vayan los impuestos; creo que sería lo más democrático.

-¿Como un referéndum, decís?

-Sí, que cada uno pueda decir a dónde prefiere que vaya. Por ejemplo, para algo cultural, educativo, para darle de comer a un montón de gente, para la salud. Cosas mucho más importantes que si todos pueden ver el fútbol.

-¿Pediste hablar con la Presidenta alguna vez por el Colón?

-No específicamente. Fui a saludar y a presentar la Escuela y la Fundación. Fue solamente una charla, importante, pero no hablamos de un solo tema.

Despereza las eses. Subte, amigos, música, clásico: en su boca viven unos milisegundos más. Se enoja. Escupe frases como una fotocopiadora. Por primera vez levanta el tono de voz. Apenas. Que le da bronca. Un país tan lindo. Tener todo y "ser amigos de Chávez solamente, que no es una persona que me guste; por qué no tener contacto con otros presidentes". Que nuestra imagen es cada vez peor en el exterior. Defiende al campo, porque se hicieron cosas que no le gustan. Pero tenemos trigo. Todo para exportar y Uruguay supuestamente nos está ganando en exportación de carne. "Esas cosas no entiendo. Nosotros tenemos esa mentalidad de ir a lo segurito y no arriesgar al cambio."

Sorbo de mate e inhalación profunda.

¿Estuviste en contacto con [Pedro Pablo] García Caffi [director del Teatro Colón]?

-Sí. Me pidió que asesorara sobre el piso. También hablé con Lidia Segni (directora del Ballet Estable) para colaborar en algunas obras. Siempre y cuando en un futuro estén dadas las condiciones, en un sentido global: reglamento serio, horario de trabajo serio, cantidad de funciones. Tengo todos los contactos para traer grandes producciones, pero necesito saber que se les firmará un contrato, que tendrán tal fecha. Hay coreógrafos que necesitan 2 años de anticipación para confirmar que pueden venir.

En esa visita -hace 4 meses aproximadamente- quedó maravillado. "En lugares donde yo conocía una pared ahora hay salas enormes. Vi la pintura original, cómo trabajaban en los detalles, vi un cuidado. Me resultó horrible verlo vacío, semejante teatro. Si vos ves lo que hicieron antes, que a nadie le preocuparon los pedazos de tela que pusieron en las cortinas, capas de pintura arriba de otras sin saber si eran para la acústica o no. Que haya alguien que se animó, por lo menos una vez, que alguien esté contra toda esa burocracia interna, a mi me fascinó."

-Hoy no moverías ni un dedo para llamar a un coreógrafo...

-No, no están dadas las condiciones. Me parece que no hay una compañía fuerte. Siento que baila antiguo, no se ha rejuvenecido en la forma de trabajar. Lidia debe de estar haciendo ese cambio, pero si tenés pocas funciones tampoco lo podés hacer. Debe haber una programación seria.

-¿Con García Caffi se puede llegar a dar?

-Por lo menos es el primero que tiene las agallas de haber hecho lo que hizo, en el sentido de que supuestamente -no sé ahora qué pasó, porque hace tiempo que no he vuelto a leer sobre el Colón- dijo que había que eliminar o reubicar a 400 empleados. La verdad es que el teatro necesitaba eso, le guste o no a la gente. Se tiene que empezar desde cero para hacerlo seriamente. No se puede trabajar así: hay diez técnicos para poner un vaso y después hay que ver quién lo mueve.

-Ahí entrás en una lucha con los gremios.

-Está bien. Pero el Teatro tiene como tres o cuatro gremios. El Colón es la Argentina en pequeño.

-¿Tejes y vericuetos?

-Todos. Los tiene todos. No podés trabajar el arte así. No estoy en contra de los gremios, porque creo que es justo que defiendan a los trabajadores, pero que defiendan lo que necesitan y lo correcto. Creo que si no se hace limpieza así, lamentablemente puede que se reabra y siga pasando lo mismo.

-En una oportunidad nombraste al director Michael Kaiser [ABT/Royal Opera House de Londres, Kennedy Center of Performing Arts] como ideal para ser quien administrara el Colón. ¿Creés que vendría?

-Creo que si hablan con él, sí. Para mí, esos desafíos le gustan. Y al ser de afuera no entraría en esos "ojo porque mirá que sé esto de vos, que conozco a tal..."

En su época se cambiaban en el baño. Las clases de jazz las hacía en el cuarto piso, en el camarín de mujeres, que tenía alfombra. "No hay estudios dentro del Colón para el Instituto. Estoy trabajando para conseguir un lugar físico para mi escuela, con 12 salas de ballet, una sala de teatro, otra de música, más lo que es primaria y secundaria. La idea es que ellos -los estudiantes del Colón- puedan utilizarlas. El colegio ahora lo hacen afuera. Cuando empezás el secundario, estás corriendo. Encima, no todos llegan, y no todos tienen después la educación para poder hacer otra cosa."

En un lugar cedido por el Gobierno de la Ciudad, al lado de la Usina de las Ideas, en La Boca, la Fundación que lleva su nombre inauguró este año Diprodi, una escuela de Diseño, Producción y Dirección Artística. Allí se formarán jefes de escena (stage managers), de producción y directores generales.

El sueño es más ambicioso. Porque Bocca quiere una escuela de arte completa. Primaria, secundaria y arte, todo integrado. Quiere que "el profe de matemáticas diga que dos más dos no es sólo cuatro. Que esté relacionada con las cuentas musicales, que todo sea más divertido, porque ahora es muy difícil que los chicos se concentren".

El sorbo tiene la fuerza de un punto final. Tema Colón y adyacentes, agotados. O no.

"La Scala tuvo que cambiar. Achicó. Parte es privado."

-¿El Colón debería ser privado?

-No sé si totalmente, pero sí con un manejo privado.

-¿Mixto?

-Sí. Y si tenés un director que es bueno, que quede ahí. Y si se va, que el que llega respete lo hecho.

-Volvemos al tema de la mini-Argentina, otra gestión, otro gobierno.

-Es que sí. No hay un proyecto que siga más allá del período en el que están.

Será que poner el Colón a punto es como limpiar el Riachuelo. Se dice que nadie quiere hacerlo porque es muy costoso y llevaría muchísimo tiempo. Quien capitalice el rédito político no sería quien inició el cambio. Esa es una de las alegorías que emerge en la charla como los más apurados palos de la yerba.

-Es eso. Así el país no va. Yo siento que estamos yendo para atrás. Es algo tan... tan inexplicable. En Uruguay baja el dólar, en Brasil baja el dólar y acá sube. Yo no soy economista, pero no lo entiendo. ¿Por qué todo al revés?

 

***

El termo ya no se tapa; hace rato que quedó en el piso. La uña del dedo gordo derecho es igual a las demás. No está violeta, dolorida y quejosa. Los golpes reiterados la teñían y sólo lograba volver a su color natural cuando había vacaciones. "Se me machucaba en las caídas y quedaba el hematoma. Pero ahora ya no, no estoy cayendo de ningún lado."

-Setenta y cuatro personas se unieron en Facebook en un grupo. Se llama Quiero que vuelva Julio Bocca. ¿Lo viste?

-No... ¿74 nada más?

En la desazón pelean un falso egocentrismo y el dolor de quien se siente olvidado.

-Sí.

-Es poco. Por 74 nada más...

La carcajada inunda. Suena fuerte. Sube. Baja. Vuelve a hablar suave. Insiste en el número. Ríe. Se divierte.

-¿Cuántos tienen que ser?

-No, no. Por ahora estoy muy bien así; estoy disfrutando de esta etapa nueva, de poder conseguir cosas para la Escuela, de participar como jurado, de los homenajes, de tratar de que la danza siga viva.

Un concurso con su nombre, una gala en el Teatro Real de Madrid, una presentación en Londres como representante de los vinos argentinos. La faceta de relaciones públicas le gusta.

-¿Qué está más cerca? ¿Que armes la Compañía de Danza del Teatro Solís o que asumas la Dirección del Ballet Estable del Colón?

-Estamos trabajando lo primero. Están esperando, como en todos lados, las elecciones. El director del teatro hace bastante tiempo que está y tiene una programación. Supuestamente sí, el año que viene quiere armarla. Me fascina, porque lo lindo que tiene es que empieza de cero. Es una compañía que no existe, se puede hacer un repertorio, no hay vicios, va a ser privado.

-Ya en marcha, ¿llamarías a tus contactos de coreógrafos para allí?

-Neumayer me dijo que podía para el año 2011. Con Forsythe y con Killian también hablé. Tengo que ver con qué compañías puedo trabajar y qué presupuesto tendré, y así ver qué programar.

-Dijiste, alguna vez, que te gustaría tener un hijo...

-A uno le pasa mucho por la cabeza, depende de la época, de las etapas. En este momento estoy disfrutando de mi tiempo para mí, que nunca tuve. Entonces, no sé si tendría paciencia para dedicarle todo a otro. Como al mismo tiempo estoy dando a los niños posibilidades de hacer lo que les gusta, es como que con eso me lleno. Pero no descarto. No lo descarto.

-¿Te vamos a tener que pelear como a Gardel y al dulce de leche?

-No. No. No. Lo tengo bien claro. [Se toca el pecho] Sigo amando a Buenos Aires. Sólo necesitaba más tranquilidad. En Montevideo estoy cerca del quilombo sin tener que vivirlo cotidianamente.

-¿Estás en pareja ahora?

-Estoy bien.

-Esa no es una respuesta.

Carcajada. Robusta. Momento de jugar.

-Bueno... un poquito de frases así están bien.

Y empieza a probar...

-No hablo de mi vida privada.

Se ríe. Muy bajito. Se apaga en un ahogo.

-Yo no soy público.

Ríe un poco más. Imposta la voz, y declara:

-Estoy bien.

La carcajada in crescendo da la pauta de que ésta es la línea que más lo divierte de todas.

-Estoy bien.

Concluye, sereno. Sus ojos, dulces, bailan.

Emilse Pizarro

Una trayectoria impecable

Nace, en Munro, la noche del 6 de marzo 1967.

A los 7 años empieza con clases de expresión corporal.

Un año después, su abuela lo sube a un taxi y lo lleva a una audición en el Colón.

Estudia hasta séptimo grado. A los 14 se va a trabajar a Venezuela (como primer bailarín de la Fundación Teresa Carreño) y a los 15, a Brasil (Teatro Municipal del Río de Janeiro).

1985 es un gran año. Baila Copellia, como primer bailarín, en el Teatro Colón, y gana la Medalla de Oro en el 5º Concurso Internacional de la Danza de Moscú. Tiene 18 años.

En 1986, el American Ballet Theatre (ABT) lo convoca para una audición. Al finalizar, el director de la compañía le pide que regrese al día siguiente para firmar su contrato. El director era Mikhail Baryshnikov.

Crea, en 1990, su propia compañía, el Ballet Argentino. Cinco años más tarde se presenta en el Luna Park, en el City Center de Nueva  York y ante 80 mil espectadores en Buenos Aires, celebrando el décimo aniversario de aquella medalla en Moscú.

En 1997 baila ante 35 mil personas en la Bombonera. Repite la escena 3 años después, pero en River.

1999 y el cine: filma Tango, dirigido por Carlos Saura.

2005 es el año en que vuelve a bailar en el Colón (no lo hacía desde 2002). Es, también, el año de su último Quijote, en el Opera, con Eleonora Cassano.

2006: se despide de Nueva York en el Metropolitan Opera House, del Lincoln Center.

2007 es el año del adiós. 200 recitales y el último, el 22 de diciembre, en la 9 de Julio, ante más de 300 mil personas.

27 años de carrera.

7 intervenciones quirúrgicas.

154 funciones en el Luna Park.

20 años en el American Ballet Theatre (ABT).

Lo mejor de un grande

"Estoy feliz. Van a editar parte de mi vida, cosas que hice con todo amor. Además, eso de pasar por un quiosco de diarios y verme, saber que estaré en la casa de mucha gente, me tiene... ¿cómo explicarlo? ¡Con la sangre en ebullición!"

Julio Bocca de Colección es el próximo lanzamiento, de libros + DVD de regalo, a sólo $ 29.90, que hará La Nacion el miércoles

30 de septiembre. El material, rigurosamente seleccionado y avalado por el bailarín, reúne sus mejores espectáculos. Serán 12 entregas quincenales con formato premium que tendrán, entre otros, Boccatango en el Maipo, Macbeth, Boccarock Nacional, Birdy, Bocca en Nueva York, Adiós, Hermano Cruel, Bocca en San Petersburgo, Piazzolla Tango Vivo, Lago Encantado, Sinfonía Entrelazada, El Lago de los Cisnes. El último número será el DVD Gracias, material inédito de su despedida de los escenarios, con el espectáculo que brindó, en la avenida 9 de Julio, en el año 2007.

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01/11/09

La Petrona americana

nota_05_foto_01.jpgA fines de septiembre pasado se estrenó Julie & Julia, la nueva película de Nora Ephron con otra actuación impecable de Meryl Streep, pero mientras para los norteamericanos es ver una biopic de su Petrona de Gandulfo, acá ella es una desconocida. Por eso, esta nota recorre la inesperada vida de Julia Child, la cocinera que escribió un libro de recetas francesas que se convirtió en la Biblia de las cocinas norteamericanas, sacudió el puritanismo americano con la comida en plena era Kennedy y, desde su programa de televisión, fue el equivalente gastronómico del LSD y la liberación sexual de los ’60.

Julia Child fue una de las cocineras más famosas de los Estados Unidos. La biografía Apetito por la vida (1997), de Noël Riley Fitch, empieza tras los dos años que Child pasó en las Oficinas de Servicios Estratégicos (OSS., en inglés), la agencia que fue precursora de la CIA. “Me pregunté –recuerda Fitch– cuál fue el momento crítico que cambió su vida y la convirtió en la mujer que conocemos, la Julia adulta. La respuesta fue Paul. A principios de 1945, la OSS había transferido a Julia McWilliams de Ceilán (ahora Sri Lanka) a China, donde continuó su trabajo como jefa de registro, procesando todas las comunicaciones top-secret. Estaba contenta con el traslado porque su compañero de la OSS Paul Child había sido enviado a China unos meses antes. Un intelectual de mundo con sensibilidad poética, artista y fotógrafo que apreciaba el vino, las mujeres y la música, se había dedicado a diseñar cuartos de guerra para el general Mountbatten en Kandy, Ceilán y para el general Wedemeyer en Kunming, China. Paul veía a Julia como una mujer sin mundo, sin foco, y sin dudas una virgen –“una pueblerina hambrienta” es como ella se describiría a sí misma– pero también firme, competitiva, una “dama que llevaba con clase y valentía su condición de muchacha madura”. El tenía 42 y ella 32, él medía 1,55 de estatura, ella 1,90. El buscaba a su compañera del alma, pero había descartado a Julia. Sin embargo, su sólida amistad, forjada entre comidas asiáticas y los peligros compartidos durante la guerra, fue escalando hasta convertirse en amor. Lo que los llevó a la cama. Y luego, en 1946, cuando la guerra ya había terminado, al matrimonio.

Es en un punto igualmente vital pero más tardío de la vida de Child que la historiadora Laura Shapiro empieza su otra biografía, de 2007. Allí describe una de las presentaciones de Julia en The French Chef (“La chef francesa”), un programa de televisión que se emitió por primera vez nueve meses después de la publicación, en 1961, del libro fundamental de Child, Mastering the Art of French Cooking (“Dominando el arte de la cocina francesa”). Emitido por un canal educativo de Boston, el WGBH, The French Chef fue un éxito inmediato, el primer programa de cocina de culto en Norteamérica. “Mastering es un gran, gran libro”, dice Shapiro, “pero si eso hubiera sido todo, Julia ya habría sido olvidada. Fue la televisión la que la inventó. La Julia que uno ve en televisión es la que quedó grabada en el corazón y la conciencia nacional”.

En un sentido espiritual, la gestación de Julia Child ocurrió en un almuerzo. Ahí es donde comienza la nueva película Julie & Julia, basada en el popular blog que Julie Powell llevó entre 2002 y 2003, todo un año a lo largo del cual Powell preparó cada una de las 524 recetas de Mastering the Art of French Cooking. Escrita y dirigida por Nora Ephron, y protagonizada por Meryl Streep como Child y Amy Adams como Powell, la película empieza en noviembre de 1948, cuando Julia y Paul aterrizaron en Francia para su nuevo puesto en los cuerpos diplomáticos. No bien descendieron del barco se dirigieron hasta un restaurante en Rouen llamado La Couronne (“La corona”). Para la primera comida de Julia en suelo francés, Paul ordenó lenguado meunière (rebozado), la preparación más simple, pura y francesa de pescado fresco. Todo lo que requería era manteca, harina, perejil, limón, precisión, historia y calor. “Un plato celestial”, escribió Julia en otro libro, From Julia Child’s Kitchen, “una experiencia”, recordó en My Life in France, “de un orden superior a cualquiera que hubiera tenido antes. Paul y yo salimos del local flotando hacia un sol brillante y el aire fresco. Nuestro primer almuerzo juntos en Francia había sido la perfección absoluta”.

Nacida el 15 de agosto de 1912, en Pasadena, California, Julia Carolyn McWilliams era hija del adinerado John McWilliams Jr., propietario y administrador de tierras agroganaderas y mineras, con una visión conservadora del futuro de su hija: su casamiento con un buen republicano como él. Su madre, Caro –proveniente de una familia rica y tradicional de Massachusetts– tenía puntos de vista algo más liberales, pero no lo suficiente. Julia poseía un espíritu efervescente que se reflejaba en su sonora voz y en su estatura; tenía a William Cullen Bryant y Oliver Wendell Holmes en su línea sanguínea materna, pero no era una estudiante particularmente ávida, y tampoco la ayudaba que en la opinión de su padre los intelectuales fueran todos comunistas. Prefería los deportes, en los que se destacaba porque era más alta y más fuerte, y el teatro, porque era muy histriónica. En las obras escolares Julia siempre interpretaba a un hombre o a un animal, “nunca”, escribe Fitch, “a la princesa”.

Como su madre antes que ella, Julia asistió al Smith Collage, de donde se graduó en Historia. En esos años tuvo citas y amoríos, pero cuando una mujer mide 1,90, no siempre las cosas salen bien. En 1941, cuando se debatía entre sus aspiraciones profesionales y la vida de country club para la que había sido criada, rechazó una propuesta matrimonial y decidió atender el llamado patriótico, tomando un empleo como mecanógrafa en la oficina de Información de Guerra, y dos meses después se candidateó para un puesto en la OSS. Allí probó tener formidables habilidades organizativas y pronto estaba supervisando una oficina de 40 personas. En 1944 partió a la India. “La guerra”, dijo, “fue el gran cambio en mi vida”.

El lenguado no fue la única epifanía de aquella primera comida en La Couronne. También lo fue la ensalada servida después de la comida, y el vino servido ¡durante el almuerzo! Había sido una revelación acerca de la importancia de una comida, su lugar en el día, en la vida, el encuentro a la mesa de cuerpo y alma, y el placer de compartirlo. En la OSS, la simpatía entre Julia y Paul Child estaba vinculada a la comida, sus entusiastas exploraciones gastronómicas en Ceilán y su interés en la cocina y la cultura chinas, gustos tanto cerebrales como sensuales. Al regresar a EE.UU., las cartas de amor reflejaban la juguetona y francamente vigorosa naturaleza de la relación. “Quiero verte”, escribió Paul, “tocarte, besarte, hablar con vos, comer con vos, tal vez comerte”. Al llegar 1948, no pudo haber un mejor destino diplomático para Paul y su esposa que dos años en París.

Mientras Paul trabajaba para el Servicio de Información de la embajada norteamericana, Julia salía de compras y tomaba clases de francés en Berlitz para poder hablarle al carnicero, al pescadero, a la verdulera, y así averiguar qué era lo que había comido en La Couronne: la cuisine bourgeoise. Los meses previos a su casamiento, había intentado cocinar y no le había ido nada bien. Tenía 25 manuales de cocina pero nada de técnica ni un talento natural. Pero Paul había encendido el piloto, y en París, la llama.

“Amaba a la gente, la comida, la atmósfera civilizada, y el generoso ritmo de la vida”, escribió ella en My Life in France, el libro de memorias publicado en 2006, dos años después de su muerte. “Me enamoré de la comida francesa, los gustos, los procesos, la historia, sus infinitas variaciones, la rigurosa disciplina, la creatividad, la gente, el equipamiento, los rituales”. La herencia que Julia recibió al morir su madre, y los suplementos enviados por su padre no sólo les proveyeron dinero extra para probar los restaurantes franceses, sino que también posibilitaron el salto de Julia: su enrolamiento en la escuela de cocina parisina Le Cordon Bleu.

Una línea escrita en My Life in France resume a la perfección su empresa: “Mi plan inmediato era desarrollar suficientes recetas infalibles para empezar a dar clases yo misma”. Julia llegó a dar clases en París. Con Simone Beck y Louisette Bertholle, las dos mujeres a las que siempre llamó sus “hermanas francesas”, fundó L’Ecole des Trois Gourmandes para norteamericanas que querían cocinar francés. Con Beck y Bertholle escribiría su libro, el libro, la obra maestra que 50 años después sigue siendo único en su clase. Originalmente, sus socias le pidieron que las ayudara a corregir un manual de 600 páginas que le habían vendido a Sumner Putnam de Ives Washburn, French Home Cooking. Al reconfigurar las recetas para las cocinas americanas, Julia las puso a prueba una a una y las encontró demasiado confusas y complicadas. Decidió entonces que había que empezar de cero y con ingredientes y medidas americanas y traducciones culturales. Durante el proceso, Putnam se echó atrás, pero entonces apareció la editorial Houghton Mifflin, mientras el libro se volvía más ambicioso. Seis años y 700 páginas más tarde, el manuscrito se había vuelto tan grande y enciclopédico que asustó a los editores, quienes pidieron reducirlo y simplificarlo. Julia les explicó que sería una “colección de buenos platos franceses del tipo más sencillo, dirigidos de manera franca a aquellos que disfrutan de cocinar y tienen un sentimiento por la comida”. El resultado fue didáctico y a la vez íntimo, serio y directo. Houghton Mifflin rechazó el libro pero Judith Jones, una joven editora de Knopf, echó un vistazo y supo que ahí había un clásico. Como Julia, ella también se había encontrado a sí misma (y un marido, el escritor y editor Evan Jones) en Francia. También se había enamorado de la comida francesa. Y cuando puso a prueba las recetas para el boeuf bourguignon, “al primer bocado ya supe que finalmente había producido un auténtico boeuf bourguignon, tan bueno como el que se conseguía en París”. Cuando apareció en 1961, Mastering the Art of French Cooking sorprendió y despertó la envidia de los mejores chefs del momento. Jacques Pépin dijo que lo leyó como se lee una novela, no pudiendo creer que alguien hubiera bajado a tierra toda esa información con semejante fluidez. “Estaba celoso.” Las recetas eran de verdad infalibles.

Y el timing no podría haber sido mejor. Mastering coincidió con la presidencia de Kennedy, su tendencia liberal instalada en la Casa Blanca y un chef francés en su cocina. Mastering vendió más de 100 mil ejemplares el primer año (1961) y para 1969 había vendido 600 mil. Hoy se encuentra en su 47ª edición.

En febrero de 1962, cuatro meses después de la publicación del libro, Julia apareció en I’ve Been Reading, un programa de entrevistas del canal 2 WGBH. Ahora retirado del servicio gubernamental, Paul se había convertido en su agente informal, y juntos llegaron al programa con su bol de cobre, una docena de huevos, hongos, una batidora, y un plato caliente. “No sabía de qué iba a hablar tanto tiempo”, explicó Julia. En el programa batió unas yemas, preparó los hongos e hizo una omelette. El canal recibió 27 cartas pidiendo más. Los productores convocaron a Julia para hacer tres pilotos, dedicados a la omelette, al pollo y al soufflé. El 26 de julio de 1962 nació una estrella de 49 años con la primera emisión de The French Chef.

“Ahí estaba yo en blanco y negro”, contó después, “una mujer enorme batiendo huevos muy rápido acá, muy lento allá, jadeando, mirando a la cámara equivocada y hablando demasiado alto.” Es cierto que las primeras emisiones fueron muy rudimentarias, pero eran directas y asombrosas; Julia era la simple suma de sus experiencias, parada en una cocina-estudio y convirtiendo la cuisine bourgeoise en un unipersonal honesto y terrenal. The French Chef se extendió por una década, hasta 1973 (Julia hizo muchos otros programas televisión, y ganó tres Emmys). El programa prendió y se generó todo un culto de historias de Julia. La tortilla de la “papa caída” (si se le cae una papa de la sartén, la levanta y sigue adelante) se convirtió en el pollo caído, todo un salmón en el piso, que ella siempre levantaba diciendo: “Sus invitados nunca lo sabrán”. El subtexto del programa estaba en sincronía con la contracultura de su época y su mensaje abierto de liberación psicosexual: Julia quería que sus espectadores se relajaran, que experimentaran sensaciones físicas no con sustancias controladas sino con la comida, no a través de un vidrio oscuro sino sentados a la mesa, con deleite. La suya era una sensualidad civilizada, la integración sensorial que había aprendido en Francia. Sus seguidores fueron legión; su apetito atrajo tanto a jóvenes como a viejos.

“Los norteamericanos no iban a los restaurantes confiando en la comida”, dice Laura Shapiro. “La filosofía de Julia consistió en confiar en la comida: tocarla, olerla, vivirla. Si nos sobrepusimos en algún grado a nuestro miedo hacia la comida, nuestras neurosis sobre el cuerpo, fue a partir de Julia.”

Paul Child murió a los 92 años, en 1994. Julia murió diez años más tarde, dos días antes de su 92º cumpleaños. El último año de su vida tuvo cirugías de rodilla, problemas renales y un infarto. El 12 de agosto, cuando el médico llamó para avisar que tenía una infección y que debía ser hospitalizada, decidió no tratarse. La comida que resultó ser su última, antes de irse a dormir y no levantarse más, fue la receta de sopa de cebollas de su libro de cocina francesa.

Laura Jacobs

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31/10/09

Casi no lo cuento

fernando-penaen.jpgDudé bastante antes de escribir lo que sigue. Saben que no creo en la privacidad, para mí la privacidad es un pretexto. La privacidad es la justificación políticamente correcta para ocultar nuestros defectos y nuestras partes oscuras. No estoy hablando de pecados ni de cosas ilegales, no se asusten. Estoy hablando de vergüencitas, pruritos, complejos, y de no existir el concepto y las palabras “privado” y “privacidad” no hubiéramos adquirido esa posibilidad. Creo que todos debemos comunicar casi a boca de jarro las cosas que nos avergüenzan o que nos acomplejan... Es sanador.

Si tuviera que definir –sin ir a buscar un diccionario– la palabra “privacidad”, la asociaría con algo casi perverso, la posibilidad de hacer algo a escondidas, el derecho a no contar lo que nos perturba. Pensemos un poco sobre este concepto: “El derecho de ocultar lo que nos perturba”. Creo que no sirve. Creo que es negativo. Creo que la privacidad es la opción que el cobarde elige. Creo que quien se apoya en la privacidad se avergüenza de sí mismo, y la vergüenza para mí no está relacionada con las cosas que hacemos mal o con las cosas no permitidas. Para mí la vergüenza está directamente relacionada con no sostener nuestro ser, nuestra esencia. Quien tiene vergüenza no es coherente. Sé que muchos de ustedes no estarán de acuerdo con este concepto. O tal vez no lo estoy explicando bien. Explico: todo impulso –o ganas– que nos lleva a hacer algo, por el solo hecho de suceder en nuestra psiquis, debería ser sostenido por nuestra inteligencia. Por ejemplo, hice algo que me da vergüenza y no lo cuento. Esto enferma, percude. Si lo cuento, al contarlo, estoy tratando de explicarme y de explicarlo. Eso ya es un signo de oxigenación, de transparencia y de coherencia.

Fui a buscar al María Moliner para realmente ver de qué se trataban las palabras “privacidad” y “privado”. “Privado” dice: “Privado de inteligencia, falto de cierta cosa, reservado”. Siguiendo con el dedo para abajo, me topé con “privada” y dice: “Excrementos depositados en sitio visible”. Esto un poco me consoló; no son tan simpáticas las definiciones de “privado”, “privada” o los derivados de esas palabras.

Escribí hace unos años un cuento que se llama “La casa de vidrio”. Trata de un hombre que construye una casa de vidrio, no hay maderas, no hay vigas, es totalmente transparente. Esto sucede en un pueblo. Todos sus habitantes comienzan a preguntarse, casi con mala fe, quién será el loco que vivirá ahí. El hombre construye la casa y no la habita enseguida, lo que aumenta la curiosidad de esos seres aburridos, chatos, ávidos de sorpresas. A las dos semanas el hombre se muda y empieza a hacer todo lo que hacemos todos. Desde lavar un plato hasta bañarse. Esto causa estupor y revuelo en el pueblo. Todo el mundo se agolpa para ver qué hace este hombre. Al pasar los días, ya nadie se detenía a mirar, caminaban y de pronto lo miraban al pasar. Unos meses después ya nadie lo miraba porque el hombre hacía todo lo que hacemos todos.

Y sigo sin animarme a contarles lo que quiero contarles.

Lo que escribí anteriormente es casi un prólogo sin sentido, una postergación. Pero soy un tipo coherente y no puedo traicionarme. Afirmo nuevamente, y esta vez más convencido, que creo que la privacidad es nociva.

¡Basta! Acá va: estamos todos cansados de escuchar que los “días de...” son un maniobra comercial. Y lo son, y nos conviene que así sea. Es el pretexto perfecto para minimizarlo, despreciarlo y frivolizarlo. Hasta ayer, yo también pensaba que pensaba que era una maniobra comercial.

Casi de taquito, y haciéndome el canchero, les contestaba a todos mis amigos que me invitaban a sus casas que me chupaba un huevo el Día de la Madre.

Les aclaro que soy huérfano.

Mi novio y María se fueron a lo de sus respectivas familias y quedé solo en casa. Cuando me quedo solo en casa siempre siento que me quedo conmigo, y esta vez me empecé a sentir muy solo. No sabía si llamar a alguien, salir a caminar, escuchar música, o tomar coraje y encontrarme con el sentimiento verdadero. Extrañé a mi madre. Me alegró encontrarme con esta tristeza, era fácil de solucionar. Tengo las cenizas de mi madre guardadas en un placard en una urna que me regaló Lanata. Es una urna de ébano con tornillos de bronce. La bajé, la puse en la mesa de la cocina, agarré un destornillador, le saqué la tapa, metí las manos en las cenizas y comencé a sentir paz y felicidad. Esto era todo.

 

Fernando Peña

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30/10/09

Los vampiros sutiles de Henry James

nota_05_foto_01.jpgEl éxito desmesurado de Crepúsculo , primer volumen de la saga todavía inconclusa de Stephenie Meyer, ha resucitado el mito del vampiro, que alude al afán de inmortalidad de los seres humanos y a la búsqueda de respuestas, en el más allá, de los problemas que no se han podido resolver en el acá de la vida.

Las cuatro novelas que Meyer dio a conocer hasta ahora han abierto las compuertas a un torrente de continuadores del conde Drácula. La mayoría introduce pocas variantes en las ya clásicas historias de Bram Stoker y Sheridan Le Fanu, que iniciaron el género en la Inglaterra victoriana. Es una lástima que esa generosa moda haya olvidado a Henry James, cuyos vampiros no beben la sangre de los seres amados ni salen de sus tumbas cuando cae la noche. Son más sutiles e inteligentes: no les interesa la inmortalidad, sino el dominio absoluto del ser amado.

Entre 1881 y 1904, Henry James publicó una docena de novelas que llevaron el género a su estado de perfección y lo prepararon para las transformaciones del siglo XX. Ya es un lugar común afirmar que James es una de las piedras fundamentales de la narración moderna, junto con Proust, Kafka y Joyce. Es menos frecuente que se diga por qué. Richard P. Blackmur ponderó en James la precisión algebraica de sus intrigas y la sabiduría con que revela cómo el amor, aun el más moderado, va haciendo estragos en el carácter y en la apariencia de las personas hasta volverlas irreconocibles. Leon Edel, su formidable biógrafo, ha puesto el acento en el hábil desarrollo de las anécdotas laterales y en la elección de un punto de vista dominante para ordenar las diversas jerarquías del relato. Pero quizás el aporte central de James a la novela sea la creación de realidades que están siempre en duda. Todo lo que sucede podría ser de una manera o de otra. El lector, así, tiene que decidir cuál es el verdadero lugar de cada cosa y cuándo los sentimientos se desvían de su cauce y se vuelven nada.

James nació en Nueva York el 15 de abril de 1843, en el seno de una familia adinerada. Su padre era un teólogo que llevaba el mismo nombre. Su hermano menor, William, fue un filósofo cuya fama perdura. La fascinación familiar de los James por Europa, como forma de rechazo contra la barbarie norteamericana, impregnó la infancia de los dos hermanos. Antes de la Guerra de Secesión Henry viajó a París, Londres e Italia en incontables ocasiones. Aprovechó esos viajes para acercarse a Zola, Flaubert, Maupassant, George Eliot y Turgueniev, su escritor predilecto. A fines de 1883 se afincó definitivamente en Londres. No parecen haberlo afligido otras molestias que la negativa de Estados Unidos a participar en la primera Gran Guerra durante los dos años que siguieron al atentado en Sarajevo contra el heredero del imperio austrohúngaro. Decepcionado, adoptó la ciudadanía inglesa en 1915, poco antes de que el rey Jorge V le concediera la Orden del Mérito.

Cierta incomodidad lo aquejaba al narrar la vida sexual de sus personajes. El vampirismo fue uno de los procedimientos oblicuos que le permitieron hacer pie en el tema. En Washington Square (1881), el vampiro Morris Towsend es ahuyentado, un paso antes de apoderarse de su presa, por las intrigas de Lavinia Penniman, tía de Catherine Sloper, la víctima. Cuando Catherine trata de recuperarse, la decepción y los años la han marchitado, y Morris, mientras tanto, ha perdido por completo sus habilidades de seducción. En Otra vuelta de tuerca (1898), la posesión de los niños por los espíritus del Mal -el fantasma de los criados- asume una forma que parece sexual; en Los embajadores (1903), una mujer inteligente y de buen gusto se vale del sexo para instilar esas cualidades en su amante vulgar.

Pero la apoteosis del vampirismo es The Sacred Fount ( La fuente sagrada , 1901), una novela breve que los contemporáneos de James pasaron por alto. La consideraban sólo un juego de espejos en los que no se reflejaba la realidad. Borges la reivindicó cuatro décadas después, al advertir que había notables puntos comunes entre su laboriosa intriga y los incidentes de "El acercamiento a Almotásim", uno de los estudios incluidos en Discusión .

Los propios personajes van descubriendo que en toda relación sexual hay víctimas y victimarios, y que uno de los términos de la pareja se alimentará siempre, lo quiera o no, de las cualidades del otro. El vampirismo ha sido habitualmente una metáfora del acto sexual en la literatura de terror. Sin afectar la verosimilitud de su historia, James descubre que los vampiros se dan en una zona menos grosera de la realidad que la divulgada por las tradiciones populares. No se trata ya de la succión de la sangre, sino de dones como la juventud o la inteligencia.

Quizá no sea casual que The Sacred Fount haya sido escrita en una habitación privada del Reform Club, desde la cual James pudo observar los funerales de la reina Victoria. Toda una época llegaba a su fin. A pesar de sus vampiros, La fuente sagrada parece ahora tan remota que tardó en ser traducida al castellano más que ninguna otra obra de James. Sólo en 1983 la editorial española Fundamentos la dio a conocer en una versión de Montserrat y José Antonio Millán muy poco difundida en América latina.

James no da el nombre del narrador de su novela ni lo describe. Lo presenta de manera difusa cuando toma el tren a Newmarch en la estación de Paddington, donde ha sido invitado a pasar el fin de semana. En el mismo vagón viaja Gilbert Long, a quien el narrador ha visto siempre como un idiota fatuo, y también la señora Brissenden, que ha ganado en belleza y juventud desde la última vez que se cruzó con ella. Al narrador lo confunde esa transformación. ¿Cómo es posible que la señora Brissenden, una mujer tan gris y poco atractiva, se haya embellecido en plena madurez? ¿Cómo puede haber alcanzado una segunda juventud?

Por la conversación entre Long y el narrador, el lector se entera de que ella se ha casado con un hombre mucho más joven. Tiene más de cuarenta años pero parece de veinticinco. A su vez Long, que ha sido un "Adonis vulgar y antipático", no sólo se ha vuelto cordial, sino que también muestra signos de agudeza e inteligencia. Una cadena de chismes se abre a partir de esa escena. Cuando los personajes llegan a la estación de Newmarch, el tema central del libro ya ha sido desplegado.

Pronto el narrador pone su atención en May Server, quien podría ser la fuente de la juventud mental de Long. Este ha pintado su retrato cuando ella era una mujer de gran belleza y paz; ahora coquetea incansablemente con todos los hombres de la fiesta, en un esfuerzo patético por encontrar los despojos de esa belleza en la mirada de los otros.

De las ambigüedades de Henry James es posible deducir no sólo una estética, sino también una metafísica. Todo lector familiarizado con Otra vuelta de tuerca , Daisy Miller , Retrato de una dama y Washington Square -sus obras más difundidas- sabe que ninguna de esas ficciones tiene un solo sentido, y que sólo en la ambigüedad encuentran su razón de ser. De la misma manera, la idea de inmortalidad que inquieta a James alude a la inmortalidad de la conciencia. Para un espíritu tan poco religioso como el suyo, la muerte es "conclusión y extinción bienvenida", o bien, por el contrario, es "renovación del interés y del deseo".

Por su complejidad y la delicadeza de su ejecución, la obra de James tiene pocos herederos. Hace tres décadas, alguna crítica inglesa supuso que Los sonámbulos de Hermann Broch podía ser un derivado del último James. Más próximos a su espíritu están ciertos latinoamericanos taciturnos como José Bianco, Sergio Pitol y el Adolfo Bioy Casares de Moscas y arañas . La grandeza de James está hecha de omisiones y de inexistencias, y lo no dicho enriquece sus ficciones más que lo dicho. En épocas tan poco propicias para las elipsis como las que lo sucedieron, el ejercicio de un arte como el suyo parece poco posible. James condujo la novela a uno de sus límites, agotó ese límite mediante una incesante exploración y saltó al otro lado. Para seguirlo en la aventura habría sido preciso tener su genio, vivir su vida, escribir por segunda vez sus prodigiosas narraciones.

Tomás Eloy Martinez

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29/10/09

Te doy una canción

nota_05_foto_01.jpgNacida en La Habana, educada en conservatorios musicales por estrictos profesores rusos, Yusa es la última heredera del linaje de la Nueva Trova cubana. El año pasado visitó la Argentina por primera vez junto a Santiago Feliú, y hoy, que volvió con un nuevo disco llamado Haiku, recuerda la experiencia de giras con Susana Baca y Lila Downs, y la consagración de haber grabado en vivo, en París, con el brasileño Lenine.

Un enorme abrigo rojo, el instrumento colgando de su espalda –con su correspondiente estuche, que de tan lleno más bien parece un bolso– y una mata de pelo morocho que se yergue orgullosa, a pesar del frío. O tal vez precisamente por eso. Armada con todas esas cosas y una enorme sonrisa, así es como la cubana Yusa, con espíritu de viajera, enfrenta los últimos embates del invierno porteño.

Sentada ante un vaso de agua con limón primero, y un capuchino después, Yusmil López Bridón –tal su nombre completo– no puede evitar recordar que fue el hijo de Eduardo Ramos, que durante muchos años dirigió el grupo que acompañó a Pablo Milanés, quien –sin saberlo entonces– la bautizó para toda su vida musical. “Fue mi compañero desde segundo grado y hasta hicimos juntos la prueba de la escuela de música”, precisa la cantante; también recuerda que los primeros compactos que escuchó en su vida, los escuchó en su casa. Y tira algunos nombres, con la mirada perdida: Bach, Led Zeppelin y... ¿Europe? “Eran esos tiempos”, se disculpa, divertida por un recuerdo en el que se pierde cada vez más. “Es que cuando en Cuba los compactos aún no existían, ¿dónde es que podían estar? ¡En las casas de Silvio y Pablo, por supuesto!”

La historia de su apodo nace en alguna de las visitas del hijo de Eduardo Ramos a su casa. “Fue una de esas cosas de niños”, explica. “Mi madre me dijo Yusi, como siempre me llamaba, y él entendió Yusa. Y aunque yo traté de corregirlo, lo repitió tanto que al tiempo hasta la profesora del coro de la escuela me estaba llamando así.” Y un par de décadas más tarde, con una larga carrera detrás –que en realidad parece recién estar comenzando–, Yusmil sigue siendo para todos Yusa, uno de los nombres propios de la renovación musical cubana, en el rubro canción, de la última década.

Con tres discos de estudio editados, y uno en vivo (grabado en el legendario Ronnie Scott’s Jazz Club, de Londres), esta joven de La Habana es la última heredera del linaje de la Nueva Trova. Que comienza con Pablo Milanés, Silvio Rodríguez y Noel Nicola, según enumera, pero cuyo referente personal es uno de la siguiente generación, Santiago Feliú. Con Santiago es que Yusa vino el año pasado por primera vez a la Argentina (“Fue algo increíble haber podido hacer algo así, con uno de mis ídolos”, no puede evitar comentar) y la relación se hizo tan fuerte que ahora está de regreso, solita y sola, con una gira nacional hecha a pulmón y su nuevo disco bajo el brazo, el primero editado localmente.

Pero a pesar de la inevitable mención de la Nueva Trova, las canciones de Yusa convocan otros referentes musicales, desde sus confesas influencias de Sting o Stevie Wonder, su fanatismo por el cancionero brasileño contemporáneo con Lenine a la cabeza, el jazz, funk y la descarga que supo admirar en su adolescencia habanera y un registro de voz que la acerca al bolero o al fillin’ caribeño. Todo entra en la música de Yusa, de una precisión formal y al mismo tiempo una libertad que también es personal, y que se ha afincado en La Plata desde su anterior visita. “Ya es como mi hogar”, dice con una sonrisa. Una libertad que la cantante atribuye orgullosamente al modo en que la crió su madre economista, y que honra desde el tema que abre un disco apropiadamente bautizado Haiku, que está presentando durante este mes en una sucesión de recitales que van de Tilcara a Bahía Blanca. “Quiero que a mi libertad / no haya una razón que la distraiga”, canta Yusa en el breve e inaugural “Haiku de paz”, junto al grupo Síntesis. “Sólo puedo soportar / tus senos apuntando a mi espalda.”

Una guitarra y un tres

Música y mar. Según Yusa, ésos son los dos elementos básicos de su vida. Sobre todo cuando vivía en el barrio de Alamar, de La Habana. “Yo en el mar puedo estar toda la vida”, asegura la cantante, que explica que se refugiaba en el agua cuando volvía de las extenuantes prácticas en el conservatorio. “Estaba dirigido por unos profesores rusos muy estrictos, algunos de ellos alumnos de Tchaikovski”, recuerda. “Especialmente mi profesora de piano, que era una tirana. Pero gracias a ella es que toco ese instrumento. Es más: mi primer trabajo fue como pianista”, admite la niña que nunca pidió juguetes de regalo sino instrumentos. “Yo no elegí la música sino que ella me eligió a mí”, intenta explicar, y a partir de esa afirmación es que se puede entender la riqueza de su estilo, que no sólo acepta todo tipo de influencias sino que las necesita para poder seguir adelante.

Cuando su madre se dio cuenta de que su hija iba a dedicarse a la música, se preocupó por ir llevándola de maestro en maestro antes del llegar al conservatorio. Allí la pequeña Yusmi, con apenas 14 años y su guitarra a cuestas, se dio cuenta de que el mundo no era perfecto. “Porque me reprobaron”, cuenta la que hasta entonces había sido primera en todos los cursos. La culpa fue de un maestro que aún sentía que la música clásica era sólo para cierta gente. “Fue un caso claro de prejuicio racial”, dice sin ninguna duda, y sin rencores. “Pero me alteró mucho. Yo hasta entonces, como venía de una familia interracial, pensaba que todos éramos iguales. Así que durante mucho tiempo no volví a tocar la guitarra.”

La solución vino de la mano de un instrumento popular como el tres, que el Grupo de Renovación Musical de Efraín Amador estaba intentando introducir la música clásica. “Era un proyecto en el que estaban trabajando desde hacía rato, pero nadie quería anotarse. Y para que no le pasase a ese instrumento lo mismo que me pasó a mí, que por prejuicio me cerraron las puertas, decidí anotarme.” Reprobada con la guitarra, que había tocado toda su vida, Yusa ingresó finalmente al conservatorio de la mano de un instrumento fascinante, con un sonido propio del interior de la isla, de la música rural. “Fui la primera egresada del conservatorio con el tres como instrumento principal”, anuncia hoy, aún orgullosa. Y agrega que recién con el flamante Haiku terminó pudiendo incluir al tres también en sus discos.

Salsa socialista

“Yo lo viví todo, lo mejor y lo peor, así que a mí no me la pueden contar”, dice con una sonrisa Yusa cuando se habla de Cuba. Aunque gira permanentemente por el mundo, esta cantante nacida en 1973 aún tiene su hogar en la isla. Hija de un padre marino y una madre militante, formadora de cuadros –como ella misma lo explica–, Yusa asegura que lo que salvó la música popular durante el durísimo período especial fue el boom de la salsa. “Además del hecho que hasta la caída del campo socialista no había salido nada nuevo musicalmente hablando, lo que sucedió es que si justo en ese momento seguías escuchando a Silvio Rodríguez, era porque eras un masoquista”, explica con una carcajada. Justo en ese momento fue cuando aparecieron grupos como NG La Banda, cuenta, en que músicos de altos quilates, egresados del conservatorio, se dedicaron a la salsa con un nivel de virtuosismo increíble. “Para mí el líder de NG La Banda, José Luis Cortés, es un genio. El mejor flautista que vi en mi vida.”

Por entonces Yusa cuenta que se iba al Salón Rojo del Hotel Capri, y disfrutaba a rabiar con esa música de un nivel, asegura, extraordinario. “Todo eso luego iría muriendo por problemas de recursos, y porque cada músico buscaría su destino por su cuenta”, explica. Pero ella disfrutó de su apogeo, justo cuando por su talento musical empezó a vivir la noche y la vida de cabaret. Y gracias a haber estado ahí de tan joven, asegura, presenciar el nivel casi agresivo de los códigos de la noche, y todo lo que veía que la música generaba en la gente, le hizo aprender muy rápido lo que quería para su vida y lo que no. “Por entonces la NG hacía cosas de marketing, como anunciar que las primeras 200 damas que llegasen vestidas de blanco entraban gratis, y el espectáculo era demencial”, sonríe recordando. “Pero yo siempre me sentí cuidada”, aclara.

Cuando egresó del Conservatorio, Yusa rápidamente entró en un grupo con el que hizo sus años de trabajo social, obligatorios en Cuba para cualquier egresado. “Alternaba entre grupos como Soneras Son y Cuasi Jazz, y también iba a peñas de trovadores con mi guitarra. Hasta que me vio un músico de Geraldo Alfonso y ahí me fui a tocar con él, que para mí era como tocar con uno de los Beatles”, cuenta Yusa, que después también empezó a tocar con el grupo Mezcla, de Pablo Menéndez. “¡Tenía 21 años y podía hacerlo todo!”, se entusiasma. Pero el gran salto de su vida musical fue haber conocido a Domingo Candelaria, actor y músico. “Cuando lo vi por primera vez, arrancó con un monólogo impresionante sobre los rumberos”, recuerda. “Y cuando empezó a tocar la guitarra me dije: esto es lo que yo soy. Y yo aún no había escrito una canción.” A partir de ese día, Domingo y Yusa se hicieron inseparables. “Estaba tan impresionada que lo que yo hacía era en función de él”, explica Yusa, cuyo dúo con Domingo se fue haciendo famoso en la isla. Justo cuando, explica, los que deberían haber sido los cantantes de la nueva generación se fueron a probar suerte a España –y formaron allá Habana Oculta, luego Habana Abierta– y el Buena Vista Social Club le otorgaba un último acto artístico a viejas glorias, pero también fuera de Cuba. “Por entonces no había nada”, recuerda. “Por suerte siempre estuvieron los Van Van. Si no, no sé lo que hubiese sido de nosotros”, bromea.

Por el mundo

A través del recuerdo de una carrera en la que muchos le abrieron puertas sin dudarlo, uno de esos últimos dueños de la llave de esas puertas fue un tal Mohamed Fini, más conocido como Mo’ Fini, dueño del sello inglés Tumi Music. “Es un sello sin una línea específica, en donde sólo hay música que le gusta a su dueño”, explica Yusa, cuya música –junto a Domingo– parece haberle gustado tanto a Mo’ Fini que decidió editarles un disco. “Pero el disco que íbamos a hacer juntos terminó siendo un disco solista, porque Domingo emigró a Inglaterra para dedicarse al teatro.” El resultado fue Yusa (2002), con el que Mo’ Fini la llevó al primer World Music Expo, que se realizó en Essen, Alemania. “Allí se estaba lanzando Mariza, la cantante de fado”, recuerda Yusa, que dio miles de entrevistas, tocó en el stand de Tumi y terminó siendo nominada a mejor disco femenino junto a Lila Downs y Susana Baca, con las que luego compartiría una gira. Dos años más tarde llegaría Breathe (2004), que grabó en apenas 14 días junto a Roberto Carcasses y Descemer Bueno, con los que luego armaría el grupo Interactivo, pese a que cada uno tiene su propio proyecto. Y ahora Haiku (2009), producido por el paulista Ale Siqueira, que trabajó con Tribalistas, Omara Portuondo y muchos otros.

Pero tal vez la gran consagración internacional de Yusa llegó cuando el brasileño Lenine la convocó –junto al percusionista argentino Ramiro Musotto– para formar parte del trío con el que el pernambucano grabó su disco en vivo In Cité (2004), en Francia. “A Lenine lo conocimos cuando lo invitamos al debut oficial del grupo Interactivo, en el Festival Internacional de Cine de La Habana, en 2003”, cuenta Yusa, que explica que el grupo en realidad debutó en el memorial dedicado a Lennon, que se hace todos los años en La Habana. “Pensamos en Meshell Ndegeocello y en Lenine como invitados de lujo, y él nos sorprendió diciendo que sí, porque es fanático de las orquídeas, y sabía que en La Habana hay un orquideario”, recuerda aún hoy con una sonrisa.

Martín Pérez

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