19/09/09
La conspiración de los machos
“Soy Ian Brettes, soy transexual, pero nunca voy a ser un chongo ni lo quiero ser.” Afirmar su identidad masculina y a la vez negarse a cumplir con los mandatos más retrógrados de la misma; construir una familia con su novia y seguir en el barrio a cargo del negocio familiar que inició su padre, parecen ser razones suficientes para que los vecinos lo persigan, lo señalen y hasta lo muelan a golpes. Esta historia, donde unos cuantos ejercen la “normalización” por mano propia mientras la policía se regodea en su negligencia, transcurre en Isidro Casanova. Y en muchos otros pequeños lugares de este mundo que, aunque parezca tan gay friendly, sigue siendo tan hostil.
El primer golpe estalló en su cabeza un 19 de julio. La fecha está en los papeles que él guarda encarpetados en un local atiborrado de herramientas, rayos, ruedas y repuestos de bicicletas. Pero, por supuesto, también está en su memoria y hasta se imprimió en sus hábitos, cada vez más anclados en ese mínimo espacio donde trabaja y pasa la mayor parte del tiempo. Ese día de invierno había empezado como una mañana cualquiera, levantando las persianas del local que durante 30 años estuvo al mando de su padre, sacando el cartel que anuncia arreglos y guardería de bicicletas, poniendo a sonar el reggae que para él es tanto música como mantra espiritual. Y lo que siguió, tampoco se escapaba de la rutina: un reclamo de visibilidad. Aunque esta vez la reclamaba de la manera más concreta posible. Fue a pedirle a su vecino, César Rodríguez, de profesión matarife, que por favor les pidiera a los camiones de reparto que no se estacionaran durante tanto tiempo en la puerta de la bicicletería. “Es que no me ven”, le dijo, amigable, como es su estilo. Ese “no me ven” que vuelve cada vez que tiene que decir “soy transexual” y le contestan como le contestó ese vecino: “Tortillera, marimacho, salí de acá, lesbiana de mierda”. Después el golpe, de arrebato, sin que atinara a cubrirse la cara, el dolor y la sorpresa. “Me insultó, me humilló, se subió a su auto y se fue”, cuenta Ian, 38 años, artista callejero mientras viajó por Latinoamérica y por España tratando de juntar dinero para cumplir su sueño de modificar su cuerpo para que finalmente lo vean como él es. El, un hombre trans. Claro que eso, justamente, es lo que nadie (en su barrio, al menos) quiere ver. Mucho menos después de que todos en la cuadra supieran que él, la tortillera marimacho, no aceptaba ser disciplinado a la fuerza.
“Estaba todo ensangrentado, porque me dio en la nariz, así, sin que yo lo viera venir, además de haberme humillado delante de todos. Por eso me fui a la comisaría a hacer la denuncia. Y esa vez me trataron bastante bien, me hicieron hacer una radiografía, me revisó un médico... pero se ve que como todos lo supieron, el odio fue creciendo.”
El odio como un huevo empollado por la conjura de los machos de la cuadra. A ese primer golpe siguieron otros. Poco más de un año después, Ian terminó inmóvil en una silla de ruedas. “Y siempre el mismo argumento: mi sexualidad. ‘Vos querés tener una como la que me cuelga a mí’, me decían y me mostraban los genitales. Si era tan macho que fuera a pelear, me desafiaban. Pero yo no quiero ser un hombre así. Yo soy Ian Brettes, un chico trans, un hombre pacifista, como Jesús”, dice y se ríe. Es que la peor golpiza la sufrió un Viernes Santo.
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Ese 19 de julio de 2008 la violencia –“homofóbica, transfóbica, lesbofóbica, como la quieras llamar”– plantó el primer palo de una cerca que a lo largo de un año iría encerrando a Ian y a su pareja en un espacio cada vez más reducido. El local está siempre con llave, ella y él apenas salen para ir a dormir y son muchas las veces que se quedan dentro, en parte por la inmovilidad obligada que impuso un corte en una pierna que seccionó tres tendones. En parte por el miedo. Los amigos que antes iban a tocar “los cueros” –instrumentos de percusión que se apiñan entre el aquelarre de herramientas– empezaron a sentir las amenazas y dejaron de visitarlxs. Andrea, sin embargo, no puede dejar de amar la cotidianidad que había empezado a construir con su novio. De pie frente al vidrio recauchutado de “Cicles Brettes” dice: “Está lindo el barrio”. Será el sol que la pone optimista. Aun a riesgo de dejarse llevar por el prejuicio, se puede confesar que cuesta ver la belleza en esa esquina de Isidro Casanova que exhibe un triángulo de tierra donde ya no queda pasto, una calesita olvidada y el pegoteo de afiches que anuncian el show de un grupo llamado Ku-lona. Sobre el asfalto cariado que aumenta el ruido de los colectivos ondean los pasacalles: “Compro pelo. Cambio tu estilo y pago hasta 1800”. Debe haber al menos 60 personas en la plazoleta, entre las paradas de colectivo y los negocios, un tránsito habitual de gente, telón de fondo inconmovible del hostigamiento constante contra Ian y su novia, aunque sobre todo contra él.
“Yo creo que soy así desde que nací. Siempre quise ser un varón, es como suelen decir, que tenés un cuerpo equivocado. Aunque yo sé que siempre voy a ser trans y está bien. Sí es verdad que me quiero operar. Me gustaría sacarme de acá –dice y se señala el pecho–. A mí me encantaría poder usar una musculosa y no estar mostrando las tetas, tener un pecho lisito, de varón.” Si el género puede ser una máquina de violencia, Ian pone un ejemplo concreto enunciando su deseo; ese “atributo” que se supone femenino no parece pertenecerle siquiera a quien lo porta. Es de los otros, de la mirada de los otros.
“Volví de España en 2001, a fin de año, porque me avisaron que mi papá estaba muy mal. Allá había visto a un médico ya, Iván Mañera, para hacerme la mastectomía y empezar el tratamiento hormonal. Pero bueno, también tengo toda la vida para hacerlo y él no podía esperar. Fue muy lindo, estuve cuatro meses acá con él, me enseñó todo de su oficio. Porque mi papá corría carreras de bicicleta y mi tío también. El quería tener un varón y bueno, después de cuatro mujeres vine yo, el trans. Para él siempre fui su hijo. O su hija, pero siempre me respetó. Y mi mamá también, para ella soy Ian. Desde los 20 que soy siempre Ian.”
Después de la muerte de su papá, Ian siguió con el negocio, orgulloso de las fotos que muestran el local en sus diferentes épocas, de conservar la bici con que de niño corrió su hermano mayor una competencia, y también de los ídolos y colores rastafari que para Ian son su religión y su filosofía. “Lo que pasa es que en ese momento yo tenía una familia, vivía con mi pareja que tenía una hija que iba a la primaria y no me veían tanto por acá, venía, me iba, era el hijo de Brettes y listo. Desde que me separé y después me junté con Andrea, bueno, me empezaron a ver, a pensar, ‘¿Es el hijo o la hija?’ ‘¿Quién es el travesti este?’ A la gente le molesta mucho una persona distinta en el barrio. Y más que yo soy tranca, toco mis cueros, hago artesanías, estoy en la mía y eso es peor porque creen que soy débil. Tal vez si fuera quilombero no serían tan agresivos.” Pero lo fueron, de hecho, desde que se escuchó el primer “marimacho” en la cuadra enunciado como un insulto, la violencia siguió trepando su espiral. Y las denuncias policiales que se suponía que servirían de protección fueron el arma de doble filo que terminó cortando la historia de Ian en dos, antes y después.
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“Acá en la plazoleta paran unos pibes a los que yo siempre les presté herramientas, los traté bien, no había ninguna mala onda. Hasta que después de lo del matarife, un día vinieron a pedirme la amoladora justo cuando estaba con un cliente. Les pedí que esperaran un poquito, que la estaba usando. Y ahí empezaron: ‘¿Qué te pasa, estás indispuesta, torta de mierda?’” Las estrategias del macho no son muy creativas, hay que decirlo, y sin embargo la humillación encuentra su huella en cicatrices mal cerradas.
El hostigamiento fue cotidiano, desde la primavera hasta diciembre. Perseguían a Ian y a Andrea cuando lxs veían por la calle, le mostraban los genitales como nenes crueles que exhibieran un chupetín a quien no se lo puede comprar, como si Ian creyera, como ellos, que ser hombre es tener un falo entre las piernas. “Se llegaban a desnudar por la calle, ‘¿vos querés ésta, no?’, me preguntaban, un asco. Y siempre la homofobia de por medio. No es por hacerme la víctima, yo no me quiero hacer la víctima, es así nada más. Y todavía siguen igual, el domingo mismo volvieron con los mismos insultos y los mismos argumentos.” Pero el 22 de diciembre de 2008, los insultos trocaron en golpes. Puños, palos, patadas; contra Ian, contra Andrea y contra un amigo que estaba en el local a punto de compartir la comida que habían preparado ahí mismo. Era casi de día, cerca de las nueve de la noche. Hernán, Víctor, Marcelo y Malena. Ian duda en decir sus nombres pero de inmediato se convence de que es necesario aunque no sepa sus apellidos. Es una manera de conjurar al miedo, de afirmar esta boca es mía y también puede ser una herramienta. Aun cuando haberlos denunciado, esa misma noche de verano, sirvió para nada. Un llamado al 911, la exhibición de las marcas de los golpes, los vidrios rotos del local, nada de eso conmovió al teniente primero Pablo César Balbuena, de la Distrital II Oeste San Carlos. No quiso tomar la denuncia, no llevó a los amigos a la comisaría, dijo que iba a mandar un patrullero mientras él iba a perseguir a los agresores y nada de eso sucedió. Ian y Andrea fueron al día siguiente, con unos moretones tumefactos perfectamente fotografiados y archivados en sus carpetas marrones, a la Distrital para que les tomen la denuncia. Allí, otro agente, apellidado López, les dijo que tenían que esperar a Balbuena. “La verdad es que si hubiera que pegarle a todos los putos que hay por ahí no daríamos abasto... algo más debe haber pasado”, dijo López haciendo gala del mecanismo habitual de culpar a la víctima. Nadie tomó la denuncia ese 23 de diciembre. En ese mismo momento llamaron al Inadi, donde les pidieron los datos de la comisaría y les dijeron que se presenten a hacer la denuncia al día siguiente porque se iban a encargar de que se las tomen. Esta vez, como regalo de Navidad, fue Balbuena el que atendió: “No les puedo tomar la denuncia porque ya las denunciaron a ustedes por riña callejera. Yo no puedo hacer nada”. Ian y Andrea guardaron la bronca como pudieron, con esa energía volvieron al Inadi el primer día hábil de esa semana de fiestas. “Pero nos pedían los apellidos de los pibes, las direcciones, los teléfonos y pruebas que eran imposibles. Nos sugirieron que fuéramos al Colegio de Abogados de Morón, pero al final nos desalentamos. Ni siquiera sabíamos entonces que podíamos hacer una denuncia directamente en la fiscalía”.
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“¿Qué me mirás, lesbianade mierda?” Ese fue el único aviso de lo que vendría, ¿pero cómo iba a adivinar Ian que la infección del odio iba a explotar cuando los insultos contra él se habían vuelto cotidianos? El panadero de la esquina, Martín David Albarrán, el que tiene un local alquilado que linda con el suyo, había hecho blanco sobre él. “Pero yo, con esa cosa que tengo de querer arreglar todo hablando, como un boludo, me acerqué. Y me entró a pegar, piñas, patadas, me revoleaba de los pelos... los empleados de él lo querían parar y no podían, hasta vino la mujer y sin soltarme le dio una piña tremenda...” ¿Qué tenía que defender a esa “gorda tortillera”?, gatilló con la lengua el panadero mientras zarandeaba el cuerpo de Ian, desarticulado por la sorpresa y la humillación. “Me tiró contra la vidriera de su negocio y mi pie atravesó el vidrio, el tipo me agarró del piso y me arrancó de ahí. Se abrió un tajo gigante, cortó tres tendones, me tuvieron que hacer cirugía para que no perdiera la movilidad del pie. Ahí vinieron tres patrulleros porque el tipo estaba sacado... se ve que alguien más que Andrea llamó.”
Fueron tres patrulleros, los efectivos bajaron de sus autos, Albarrán, el panadero, encontró consuelo en sus uniformes: “Miren lo que me hizo, me destrozó el negocio”. Ian sangraba en el piso, Andrea pedía por ayuda. Nadie se acercó, ni los policías, ni los vecinos, ni las vecinas. Al menos por diez eternos minutos. Ian era otra vez invisible a pesar de la sangre, de los gritos de su novia, del propio dolor que después del desconcierto empezaba a sentir. “Los canas me miraban y se reían, murmuraban con el panadero...”
El remisero que finalmente lo trasladó al Hospital Paroissien le dijo que él había visto cómo lo arrancó del vidrio roto lastimándole todavía más la pierna. Pero todavía no saben si saldrá de testigo. En realidad, no hay una causa abierta por esta agresión hacia Ian. Lo que hay es una imputación contra él por daños y lesiones que la policía tomó correctamente y que lo obligaron a firmar, notificándose, cuando pudo trasladarse hasta la comisaría para hacer su denuncia. Otra vez estaba ahí Balbuena para atenderlo. Le pidió sus datos completos: nombre, dirección, DNI, teléfono. Cuando terminó le dijo que estaba “imputada” y que él, teniente primero, no podía hacer nada porque el otro había actuado primero.
A fin de mayo, Andrea tuvo que ir a la fiscalía para radicar otra denuncia, Albarrán la había visto entrando a la bicicletería y al grito de “lesbiana conchuda” le juró que la iba a matar mientras pateaba la persiana de “Cicles Brettes”. Después vino la amenaza de que no les iban a renovar un contrato de alquiler, que la relación contractual de más de 30 años que había empezado con el padre de Ian iba a terminar porque si no el panadero no iba a volver a alquilar el local de la esquina. Finalmente se resolvió, pero el hostigamiento nunca se detuvo. Hasta que el 18 de julio llegó la notificación que hacía un mes la comisaría tenía cajoneada para que se presentara a ratificar la denuncia por lesiones que un año antes había presentado Ian contra su otro vecino, César Rodríguez, el matarife. “Corrigieron la fecha adelante mío, no sé por qué no me la habían traído.” Y fue esperando en la puerta de un juzgado cuando conocieron a Johana, una travesti a quien Andrea y Ian le contaron su historia, que pudieron empezar a hacer otro camino que todavía no termina.
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“El problema es que nadie quiere ver o entender lo que sos. Acá está culturizado que haya transexuales de varón a mujer, pero no al revés. Una vez fui al Hospital de Clínicas porque me había dicho una amiga travesti que ahí le daban hormonas y me sacaron corriendo, me dijeron que lo que yo quería era imposible. Ahora mismo que nos conectamos con otras compañeras que nos están dando una mano, unas dicen que somos lesbianas y otras se ofenden porque apareció eso en una lista de correo. Me piden a mí que me defina, que diga si soy ‘una concha o un transexual’, no sé qué pasó, es como que a pesar de los golpes que sufrimos todos no podemos entendernos.” Lo de siempre, Ian parece invisible, aunque su voz sea firme y su boca no deje de decir cada vez que es transexual porque así se reconoce, un hombre transexual, con el cuerpo que tiene, el mismo que quiere modificar pero del que no reniega. “Yo soy yo. Ian. Y mi nombre es un apócope del que me dio mi mamá con todo su cariño y del que tampoco voy a renegar. Yo en mi cabeza sé muy bien quién soy. Me encantaría tener barbita, eso sería piola, y no tener que usar musculosa y mostrar las tetas, pero siempre voy a ser trans. Ahora parece que confundo porque tengo el pelo largo. Pero porque tengo mis rastas, es por mi ideología rastafari, no voy a renegar tampoco de eso. No soy un típico chongo ni lo voy a ser nunca. Estoy en contra del machismo y siempre respeté a la mujer. No reprimo mi lado femenino, todos lo tenemos. Existe mucha diversidad, pero parece que a todo el mundo lo tranquiliza una etiqueta bien clarita.”
Afuera, del otro lado de la puerta con llave de la bicicletería, un patrullero estaciona y se baja un policía. Va a buscar el pan de cada día en el negocio de Albarrán. Dentro, Ian acomoda otra vez sus carpetas de fotos, papeles y denuncias entre las figuras de Buda y de Shantii, una diosa india; entre un libro de Barthes, La cámara lúcida, y otro de Paulo Coelho; entre los discos de Bob Marley y de la argentina Alika. Ahí está todo lo que quiere y también lo que no. Conviven el miedo y la decisión de que no lo expulsen del lugar que él quiere tanto como quería su papá que él quisiera. El 12 de septiembre, le ofrecieron en el Inadi, se organizará un festival “en contra de la violencia, pero de toda violencia, como para que se me vuelva en contra”, dice él que sabe que en ese barrio va a quedarse. Y que de alguna manera va a tener que seguir viviendo. O de una manera, como Ian, ese varón trans que usa rastas hasta la cintura, escucha reagge como si fueran mantras y tiene pulsión por solucionar los conflictos hablando. Aun cuando eso mismo le cueste sangre.
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18/09/09
“¡Húndete!”
Húndete!, me dijo Domingo ayer viernes en la pileta del Sheraton…
Paso a explicarles… Resulta que hace muchos años que voy a la pileta del Sheraton en verano, es mi oasis en la City. Ayer andaba raro, ni mal ni bien… raro… creo que todos ustedes saben cómo es sentirse así, raro… nada… andaba sin ideas y los viernes tengo que tener ideas, o por lo menos una, aunque sea una sola para escribir esta puta contratapa que amo y odio. Ya todos sabrán de los clisés del escritor… la página en blanco, inspiración o trabajo, y larari lara lara… todo muy lindo pero cuando morfás de esto, todas esas frases no sirven para una mierda. Me zambullí… al agua, literalmente al agua, nada de metáforas pedorras… splash… y mientras buceaba en mi cerebro, en mi corazón tratando de encontrar el tema de hoy, me ahogaba, juro que tenía ganas de no tener ganas de salir otra vez a la superficie a respirar, estaba cómodo ahogándome… y sufría: “¿Sobre qué escribo?, ¿sobre qué escribo?, ¿sobre qué escribo?”, me ahogaba. Salí a respirar y Mariano, un gordo simpático que tengo de acá de la pileta me miró y cabeceando me gritó: “¡Vení, Fer, que te presento a unos amigos!”… puuuffff… qué hastío de vivir, pensé, como canta Bola de Nieve, y nadé hacia el grupete. “Él es Fernando…” presentó él cuando no hacía falta… “Él es sutano, el es mengano y el es Domingo.” Domingo un sesentón que parece de 40, que no se sabe si es diplomático, narco, ministro, o dueño… es indiscutiblemente un dandy. Domingo estaba perfectamente peinado a tal punto que pensé que era de esos que no se mojan el pelo por coquetos… y en eso Domingo se mojó el pelo... y seguía impecable… me hizo acordar al petiso Blaquier. Charlamos de nada, estábamos incómodos, muy incómodos y tampoco tanto… tratamos todos los temas como corresponde cuando uno no está del todo a gusto porque el grupo se desarmó, se abrió y ya nadie puede ser como es… porque el grupo es poder tirarse un pedo y ni siquiera explicarlo, ni decir que fue uno, porque los del grupo siempre saben que fuiste vos, “¡es un pedo del gordo, sí, ése es el olor del gordo!” sentenciarán a carcajadas los del grupo. Ya no había más nada de qué hablar y nadie se animaba ni sabía cómo cerrar, cómo mandar al corte, a la tanda, y obviamente cuando tengo que tener cintura no la tengo, soy un tarado. De pronto alguien habló sobre la temperatura del agua, y yo opiné que estaba un poco calentita… por la hora, eran las cinco y media y había 30 de térmica. Como un rayo Domingo disparó con conviccion que en el fondo estaba más fresquita… y me la dejó picando, grave errror Domingo, a mi no me la podés dejar picando. Tal vez él sin querer quería que me mandara a mudar. A otra cosa mariposa, me dije y les anuncié mi retirada hacia las profundidades. Chau, chau, me voy a lo profundo, dije sin pensar, sin profundidad ni metáfora… Empecé a sumergirme cuando de pronto antes de meter la cabeza en el agua escuché lo fatal, lo que no me dejó seguir, lo que no me dejó ir a lo profundo, lo que me retuvo, lo que provocó que pegara una patada en el piso de la pileta y sacara la cabeza. No podía irme a las profundidades con esa despedida de Domingo: “¡Húndete!”, mandó, deseó, tiró, lanzó… seguramente sin pensar, o pensando en mi muerte, o lo que es peor decretando mi fracaso. “¡No, eso jamas!”, le chunte, le retruqué. Tratándome como de bobito, o tal vez no, tal vez sólo quiso explicarme lo que había querido decir, torció la cabeza impecablemente peinada, me hizo un guiño porteñísimo y conceptuó: “No… que vayas a lo hondo digo”, dijo… y me sumergí por fin.
En lo hondo, en lo profundo, en el silencio de los motores del filtro, con los ojos ardidos, tocando las venecitas con las yemas de los dedos, en el fondo, en lo hondo, en lo profundo, con los oídos tapados, llenos de presión… me saltó, me vino, apareció la contratapa… la puta y amada contratapa. ¡¡¡Aaaaaah!!!, suspiré aliviado, solté el aire con burbujas y grite, “¡Domingo…!”, él me miro extrañado, como aterrado, como barajando dos posibilidades o que le dijera que me lo quería empomar o que le preguntara la hora… pero jamás barajó la tercera… la tercera era que me había tirado el tema, que me había salvado.
El peso de las palabras, ése es el tema. No es lo mismo decir te quiero que te amo. No creo en los sinónimos, los sinónimos son la excusa del indeciso, del mediocre. Días atrás mi novio me dijo que a él le calentaba otra gente. Casi me muero, me llegó la sangre al dedo gordo del pie, pensé que estaba todo terminado, era hora de separarnos… Antes de tirarme de cabeza y firmar mi propio divorcio le dije que a mí también me calentaba otra gente, que eso no era un problema porque también me calentaba él. “¡Pero oooobvio que tambien me calentás vos!”, me dijo. “¡No, señorito, no es obvio si no decís la palabra ‘también’!”. Nada es obvio ni parecido y lo reafirmo, no creo en los sinónimos. El sinónimo perdona, permite, es flaxo, no aprieta, es el descanso del bobo. No solamente creo que hay que pensar muchísimo antes de usar cada palabra sino que mientras uno piensa hay que seguir sintiendo. ¿Qué palabra vas a usar? Por eso es dificilísimo escribir, hablar y comunicarse. La mayoría de las veces no nos comunicamos porque no nos tomamos el tiempo de elegir la palabra exacta… y una palabra determina, define.
Tengo escrita una obra de teatro que nunca estrené y que justamente habla de eso. Está escrita para un solo personaje. El personaje aparece en escena vestido de astronauta, con un casco, sus antenitas y su traje inflado. Mira al público y empieza a comentarles su idea de ir a Marte, porque hace mucho que él quiere ir a Marte. Él quiere ser el primero en pisar Marte, tiene ese sueño, ese objetivo, está convencido de que él va a ser el primero en llegar a Marte. Le cuenta al público que lo va a lograr, y cuenta cómo y de qué forma lo va a hacer. Muestra el plano de la nave, describe y explica cómo es y cómo la armó. Tiene una planilla con horarios, con plan de vuelo… en síntesis, tiene todo listo y pensado. Él va a ser el primero en llegar a Marte y punto. De repente en el medio del discurso se quiebra, se saca el casco, mira al público y les dice… “Señoras y señores, perdón, es todo mentira, yo no quiero ir a Marte, fue una realidad que construí un día cuando pronuncié palabras vacías, fue un sueño, un delirio que nació por hablar sin pensar, sin sentir… por hablar cuando no entendía ni comprendía el peso de cada palabra, fue un delirio de cuando hablaba sin conciencia, sin alma, sin corazón, sin consideración. Y fue así que un día le prometí a mi novia cuando le regalé la alianza y le dije: “Yo voy a amarte”, se lo dije sin sentir, sin miedo, sin miedo a lastimarla y con el eterno terror que tengo de estar solo. Ella se mató ayer… y me dejó una nota… la nota dice: “Me mato porque sé que vos nunca vas a llegar a amarme, adiós”. Y es cierto, yo no la amé nunca, ni iba a llegar a amarla, yo como todo varón prometo amor para poder coger… yo como todo varón soy un cobarde, un ignorante, como todo varón que no sabe hablar de sí mismo, como todo varón soy una basura, como todo varón, no soy claro ni conmigo ni con los demás… y la maté, perdón, hice que se matara. Hice que se matara porque le dije: “Yo voy a amarte”, y no era verdad… en ese momento no escuché lo que estaba diciendo, nunca escuché lo que balbuceaba, nunca escuché que la amaba… lo que escuché ese día de mi propia boca fue que yo iba a ir a Marte… (indicación para el actor: se ríe y llora)… telón.l
PD: Gracias Domingo…
Fernando Peña
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17/09/09
Cosas de la naturaleza
Vanguardistas y rebeldes, los pingüinos siempre consiguen desmarcarse de quienes intentan etiquetarlos. Primero se quitaron de encima, con apenas un revoleo de plumas, todo el peso de ese remanido argumento que indica que “lo natural” es que las uniones sexuales son entre macho y hembra, y con fines únicamente reproductivos. Naturalmente, los pingüinos exhibieron sus relaciones sexuales entre machos en cuanto zoológico pudieron, desde Alemania hasta el Central Park, en el corazón de Nueva York. No contentos con el jolgorio, también adoptaron huevos y criaron pichones sin por eso desarticular la pareja “gay”. Incluso uno de esos pichones ha sido bautizado con un nombre netamente argentino: Tango, que dio lugar a cuentos infantiles destinados a celebrar la diversidad. Ahora, ya bien instalada esta raza de aves en el imaginario homosexual —hay que anotar que cuando en el zoológico de Bremerhaven, en el norte de Alemania, quisieron meter hembras entre los machos para evitar conductas “contranatura”, las organizaciones Glttbi pusieron el grito en el cielo para impedirlo—, los bípedos alados volvieron a hacerles un corte y una quebrada a quienes ya no esperaban más de su comportamiento animal y demostraron que no sólo pueden ser “gays” sino también bisexuales. Resulta que en el zoológico de San Francisco, la pareja de Harry y Pepper, dos machos con seis años de relación estable, se desarticuló cuando Linda, una pingüina viuda, enamoró a Harry. Dicen que al principio entre los machos hubo peleas de temer, pero que ahora los tres se llevan muy bien, y hasta hubo biólogos como el profesor de la Universidad de Oxford, Stuart West, que explicaron el comportamiento como “habitual” también entre los monos bonobos, aunque no tengan ninguna función evolutiva. Lo cierto es que los pingüinos, indiferentes a la explicación científica, siguen dando cuenta de que la diversidad es posible y que lo único “antinatural” es ese deseo humano de andar etiquetando comportamientos.
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16/09/09
Recordando tu expresión
Noto con creciente alarma que si hoy alguien quiere denotar, connotar o simplemente dar a entender que algo pertenece a un tiempo no diríamos remoto pero sí absolutamente ajeno a nuestro presente y sobre todo a cualquier vestigio de juventud, exclama con naricita fruncida y un gesto de las manos como quien arrojase la vida hacia atrás: ¡Pero eso es de los ’80!
Y sí: el futuro llegó.
Más allá de aceptar lo irremediable –el paso del tiempo y su influencia sobre las personas–, caben algunas reflexiones acerca de nosotros y las décadas entendidas como separadores históricos y culturales, muchas veces reducidas a una cuestión de moda, programas de TV y bandas musicales. Justamente, detrás del pop blando, esteticista y hedonista, se esconde el corazón aventurero de una década agónica y turbulenta que, como todo, irá sucumbiendo a la melaza de la nostalgia y, en definitiva, sufrirá el rechazo por ser el pasado.
No sucede lo mismo con otras décadas. Ahí están todavía jóvenes los ’60, esa musiquita y esos colores brillantes, la experimentación eterna, la Vanguardia que no cesa, el reciclado eterno. Ahí están los encrespados ’70, marcados a fuego por el viento huracanado de la Historia, la violencia (su partera) y la tragedia, un relato fascinante que hoy en día mantiene intacta su capacidad perturbadora. Pero los ’70 hegemonizaron, aparentemente para siempre, el relato histórico político. ¿Qué sucedió después de la guerra de Malvinas (que bien podría considerarse la clausura de los años ‘70), ese momento autodestructivo de la dictadura militar que, desesperada por encontrar enemigos, finalmente se encontró a sí misma?
Después vino una larga cinta que se desenrolla llamada democracia. Y con ella empezó el pequeño relato fragmentado y minimalista de la sociedad civil que se busca a sí misma en un laberinto de insatisfacción y desencanto.
Los llamados ’80 fueron el más acabado ejemplo y el comienzo de ese fin de gran relato, de totalidad: década corta, probablemente fechable entre 1983 y 1989. Y agónica: la década del sida y el reviente, los años de los últimos románticos & malditos que arañarían a lo sumo el fin de siglo, con su enfermedad, con sus empresas estatales a punto de ser privatizadas. Los sobrevivientes podrían empezar a subirse al carro del nuevo Dios que nos rige desde entonces, la otra cara de los ’80: el consumo.
Por eso hoy el recuerdo está indisolublemente ligado –en la memoria de los medios, radios FM, canales de TV– a los consumos culturales que desde los ‘80 en adelante supimos conseguir. Por eso la memoria es cada vez más corta y despectiva, el ideal de juventud más indolente e irresponsable (“Ah, de eso no sé, eso no es de mi época”) y hasta el mismo concepto de década como separador histórico cultural empieza a extinguirse con un nuevo siglo que empezó con crisis, siguió con crisis y en rigor no va para ningún lado.
En el reverso de la mirada nostálgica, la tradición de los vencidos y los resistentes sabe que todo tiempo pasado fue peor porque siempre –siempre– hay que apostar al futuro. Pero así y todo, es duro escuchar que una radio llama a un segmento de música de los primeros ’90 “Clásicos jurásicos” o que aquellos años ’80 (¡sin Internet ni celulares!) se reconvirtieron en cortina musical de happy hours o Noche de clásicos en los boliches de solos y solas.
Claudio Zeiger
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15/09/09
Exhibición de atrocidades
Desde comienzos de década, el cine francés viene apropiándose del terror. Después de los españoles y los asiáticos, los galos llevan las cosas a un extremo del que no parece haber un más allá: despellejamientos, automutilaciones y hasta bebés extirpados de sus madres conforman un repertorio de espantos en películas que, además, ofrecen lúcidas y sesgadas reflexiones sobre el mundo contemporáneo. A continuación, un paneo por muchas de las cuales nunca se animarán a ver.
Quizás haya comenzado en 2001 con Trouble Every Day, la película de Claire Denis cuyo núcleo era una mujer caníbal, que se alimentaba (ferozmente, no con la elegancia de un Lecter) de sus amantes poseída por la violencia del deseo. O a lo mejor fue un año antes, con la discutida Irreversible de Gaspar Noé, para algunos pura explotación y manipulación del público, para otros una valiosa muestra de cine extremo. Así se llama, precisamente, la reciente ola de películas de horror francesas: el nuevo extremismo francés, el horror extremo francés. El cínico dirá que siempre hay oleadas de cine de terror por fuera del agotado panorama norteamericano, y es cierto: ya pasaron las corriente asiática y la española; la primera aportó efectos visuales que, aunque ahora resulten remanidos, entonces causaban un espanto auténtico y novedoso: nunca antes se habían visto esas chicas muertas de largo cabello negro moviéndose como arañas, esas chicas de The Ring que ahora son cliché. El cine de terror español, más modesto, aportó sin embargo cierta seriedad y un retorno al cuento de fantasmas tradicional (desde Los otros de Alejandro Amenábar hasta Frágiles de Jaume Balagueró, pasando por El espinazo del diablo de Guillermo del Toro) que paradójicamente resultaba refrescante en un cine de género anglosajón resignado a la mediocridad y el chiste malo.
El nuevo extremismo francés, sin embargo, se diferencia de los oleajes anteriores porque rara vez apela al terror sobrenatural. Los horrores que muestra son todos perfectamente terrenales, humanos y posibles, aunque desaforados. El año pasado, el subgénero pareció llegar a su pico con Martyrs, del director Pascal Laugier. Un crítico curtido como Ian Simpson de Fangoria llegó a decir que fue la única película que logró interesarle en 15 años, que lloró y que se trata de un nuevo standard para el género. También agregó que es “extremadamente difícil de ver”. Lo es. Martyrs fue desestimada como un pico de estilización de torture porn (Hostel, El juego del miedo) pero hay tanto más allí, incluso con la presencia de las hermosísimas actrices Mylene Jampanoi y Morjana Alaoui. La trama puede resumirse así: una niña llamada Lucie escapa de un secuestro donde es torturada por, se presume, asesinos o sádicos seriales. Severamente traumatizada, desde entonces recibe visitas de otra mujer que vio en el cautiverio forzado: esta mujer fantasma, destrozada físicamente, mutilada, desnuda y muerta, la ataca con elementos filosos. Pronto se sabe que no hay tal mujer: es sólo la encarnación del trauma de Lucie, en una de las representaciones más brutales de la enfermedad mental que alguna vez se hayan puesto en fantasma. Lucie, además, vive obsesionada por encontrar a sus captores. Una tarde lo logra, y los asesina en una secuencia especialmente bestial. Desde la casa llena de muerte llama a su única amiga, Anna, otra niña abusada. Y allí comienza el largo final de la película con su extraña vuelta de tuerca, uno de los finales más discutidos por fans de horror en años. Un final que incluye a una chica despellejada viva. Los críticos de Laugier dicen que usar toda esta crueldad lastimando al espectador es por poco una canallada. El se defiende así: “La idea de Martyrs surgió de una imagen clara: una joven que asesina a tiros a una perfecta familia burguesa. Empecé a escribir desde allí, de una manera muy melodramática, muy cerca de mis personajes. Yo mismo estaba en un lugar personal de intensa oscuridad. Y no es una película sobre la tortura: es una película sobre el sufrimiento. Quería que el público sufriera también para alcanzar otro nivel, como lo alcanzan los personajes. No quería que el público se divirtiera. Como fan, además, sentía que el género se estaba volviendo inofensivo y convencional: quería aportar. Además, en este mundo brutal, no veo la razón de hacer una película blanda. La sola idea de hacer una comedia romántica me resulta repugnante”.
Así despacha Laugier a sus críticos, y también a los sorprendidos: es que en 2004 había rodado Saint Ange, una película de terror más convencional, con las sofisticadas y preciosas Virginie Ledoyen y Lou Doillon (la hija modelo y actriz de Jane Birkin). Una película fría y fallida, pero que por su imaginería mejorable inspiró a otras más recientes como El orfanato o Frágiles, que son casi remakes. Saint Ange, sin embargo, tenía un elemento perturbador que seguramente contribuyó al nuevo extremismo: los fantasmas del orfanato donde transcurre la película son los de niños rescatados de un campo nazi en la Segunda Guerra, niños deformados por los médicos del III Reich que decidieron experimentar con ellos.
Se puede tomar como punto de partida otra película, terriblemente rara: Dans ma peau (In My skin, 2002) de Marina de Van. De Van protagoniza, escribe y dirige: es conocida como guionista, y colaboró escribiendo 8 Mujeres y Bajo la arena con François Ozon. La película es sencilla pero demencial: una oficinista especializada en relaciones públicas tiene un accidente medio tonto cuando sale a tomar aire en una fiesta. Pero queda con la pierna muy dañada, necesita una sutura. El problema es que en el momento del corte, y hasta mucho después, Esther (la protagonista) no sintió dolor. Entonces, primero con curiosidad, luego con verdadera compulsión, se dedica a cortarse con gran saña, incluso a comerse partes del cuerpo... y muchas veces lo hace en un hotel, como si se encontrara con un amante. Dans ma peau es pausada, fría, muy lúcida, actual, relevante, aunque resulta casi imposible de ver: es terrible ese romance caníbal y autodestructivo de una mujer con su propio cuerpo, pero no está demasiado lejos de lo que muchas mujeres hacen de verdad cuando se cortan, se ponen enemas, vomitan, adelgazan hasta la monstruosidad.
Esa imagen de la herida y la delgadez extrema aparece en Martyrs y en otra película llamada Frontiere(s) de 2007, dirigida por Xavier Gens. Algunos críticos han visto allí lo imperdonable: esas imágenes recuerdan a mujeres anoréxicas, pero también a víctimas del Holocausto. Eso es lo que le molestó a Manhola Dargis del New York Times: por lo demás, la película le gustó. Se trata de un grupo de ladronzuelos, la mitad de ellos de origen árabe, que escapan de París en medio de disturbios por las elecciones donde lleva ventaja un candidato de ultraderecha. En la huida, caen en un hotel de campiña, donde los espera una familia muy parecida a la de La masacre de Texas –que Frontiere(s) homenajea claramente– sólo que, además de sádicos, son nazis. “Entre los chorros de sangre, las motosierras y los ganchos de carnicería hay algo más: la juventud francesa hija de inmigrantes luchando contra los fascistas blancos”. ¿Apenas un homenaje con algo de reflexión social para hacerla más intelectual? Quizá. Pero ésta y muchas otras películas del nuevo extremo francés, con mayor o menor fortuna, están intentando escapar del antiintelectualismo rampante en la producción de EE.UU., y también del cinismo sin salida inaugurado por Scream. Con frecuencia falla, como en Haute Tension (2003) de Alexandre Aja que combina el homenaje a Jeepeers Creepers con una problemática, digamos, “de género” y eliminando por completo el humor de su referente. No funciona, pero tiene decapitaciones implacables. De la misma manera, es difícil aprehender la metáfora filicida de A L’Interieur (Inside) de Alexandre Bustillo y Julien Maury, con la lobuna Beatrice Dalle. La película, donde una mujer voraz quiere arrancar el bebé del vientre de una embarazada, transcurre la noche en que los chicos de los suburbios se manifestaron y quemaron los coches en París después de que la policía disparó y mató a dos jóvenes. La relación parece más forzada que relevante. Pero visualmente, la brutalidad de la película tiene pocos rivales. Es otra que resulta muy complicado ver hasta el final.
Y hay más: Sheitan (2006) de Kim Chapiron, con Vincent Cassel como líder satanista y pirado de una familia incestuosa que podría o no ser metáfora de la Europa que expulsa inmigrantes; Ils (Them, 2006) de David Moreau y Xavier Palud, que vuelve a recrear el tema del temor al otro (inmigrante vs. familia burguesa) con una pareja que, de vacaciones en Rumania, es atacada en su mansión. O La Meute, de Franck Ricard, que se estrenará en diciembre de este año y ya está causando revuelo: otra variación de La masacre de Texas, pero con niños caníbales y la presencia del músico Benjamin Biolay como actor, señal inequívoca de que el nuevo extremismo francés se está poniendo de moda. Al punto que algunos de los directores –casi todos muy jóvenes y debutantes– empezaron a emigrar a Hollywood o a proyectos de mayor visibilidad. ¿El más importante? Se rumoreó que Pascal Laugier haría una remake de Hellraiser, con la bendición de Clive Barker, fan de Martyrs. La información no es certera en este caso, pero sí la de Alexandre Aja que en 2006 se hizo cargo, con poca fortuna, de la remake del clásico de Wes Craven The Hills Have Eyes. ¿Pura explotación o una progresión del género o un furor pasajero? Todavía faltan algunos capítulos para el veredicto.
Mariana Enriquez
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14/09/09
Secta sentido
Todo es adaptable para la trituradora del entretenimiento y la “ficción cristiana” parece haber encontrado el filón en la historia más vieja e imperecedera del mundo: el Apocalipsis. Videos, películas, libros, sagas, secuelas, precuelas, juegos, videogames, remeras y hasta gorritos facturan cientos de millones de dólares para la causa del evangelismo convirtiendo en narraciones literales los pasajes más espectaculares de las últimas páginas de la Biblia. Detrás de esto, por supuesto, siempre hay alguien con un olfato de otro mundo.
Es, quién va a negarlo, una idea atrapante para el comienzo de una película de terror apocalíptico: decenas de millones de personas desaparecen de pronto en todo el mundo, de sus casas, de sus trabajos, de la calle. Aquellos que no han desaparecido quedan pasmados ante las repentinas ausencias. En un avión en pleno vuelo, algunos pasajeros observan despavoridos y desconcertados las butacas en las que ya no están aquellos que las ocupaban, sino tan sólo su ropa. En muchos hogares matrimoniales, los que quedan observan la otra mitad de la cama vacía. Pero, nos enteraremos en un rato, las víctimas de lo que sea que está ocurriendo, de este misterioso cataclismo mundial, no son los que han partido, sino los que se han quedado. Los que se fueron, partieron a un lugar mucho mejor que éste. Los otros habrán de permanecer en la Tierra para sufrir las sucesivas llegadas del Anticristo y de Jesucristo al planeta, para asistir al fin de los tiempos y arder en él. Los que aún están han sido dejados atrás.
Es decir, “Left Behind”: el título de una trilogía de películas de presupuesto mediano, alguna de las cuales tuvo una edición en Argentina hace unos años, y otra –el segundo capítulo– en dvd unas semanas atrás. Ambos, sin demasiada fanfarria. Y es que el fenómeno Left Behind no parece haber tenido demasiada repercusión en el país hasta ahora, o al menos no en la escala de lo que ha ocurrido en Estados Unidos, donde las películas son un eslabón dentro de una cadena de comercialización multimillonaria. Left Behind es también el título original de una serie de novelas que se ha convertido en un fenómeno de ventas imparable durante los últimos quince años: la cara más exitosa de un movimiento más grande llamado “ficción cristiana”.
Una de las particularidades del suceso de Left Behind es que ha resultado tan expansivo que sus productos ya no se venden sólo en librerías especializadas en temas religiosos, sino también en las grandes cadenas de Norteamérica como Barnes & Nobles, y en los Wal Mart.
Y si la fe mueve millones, esta fe mueve cientos de millones. Creada por el pastor evangelista Tim LaHaye y el escritor Jerry B. Jenkins en 1995, la novela original Left Behind ya lleva once continuaciones, más precuelas, historias derivadas, versiones destinadas a los chicos y un merchandising abrumador que se extiende a videojuegos, juegos de mesa, remeras, gorras, etcétera. Los libros llevan vendidos arriba de 50 millones de ejemplares y han permitido una enorme expansión de la editorial religiosa Tyndale. Es en este panorama que las películas constituyen una pieza débil: la primera fue concebida para un lanzamiento en video a modo de premiere antes de un modesto estreno en cines. Las siguientes dos cambiaron la tendencia: no pasaron por las salas, pero sí gozaron de proyecciones públicas en pantallas dispuestas en más de tres mil iglesias.
CHRISTIAN POWER
La desaparición inicial de millones de habitantes de la Tierra es lo que se conoce bíblicamente como “el rapto” o “arrebatamiento” en pasajes del Apocalipsis, y del Evangelio de San Mateo, según la interpretación “literal” de las sagradas escrituras que hacen algunos evangelistas. En la versión que dan LaHaye y Jenkins en sus libros, Jesucristo se lleva consigo a los auténticos cristianos al reino de los cielos, mientras que el resto de la humanidad se queda en la Tierra para sufrir siete años de caos social, guerras, todo tipo de cataclismos naturales. En el relato de los siete años en el infierno terrenal que hace Left Behind, el Anticristo consolida su reinado, prometiendo la paz en medio de la incertidumbre masiva, y adquiriendo un enorme poder como secretario general de las Naciones Unidas. La doctrina del rapto tuvo en Estados Unidos un promotor en el predicador evangelista británico John Nelson Darbym que visitó el país varias veces en la segunda mitad del siglo XIX. Pero, según asegura LaHaye en el sitio oficial de Left Behind, “aunque nadie sabe el día ni la hora en que regresará Cristo, tenemos más razones para creer que El podría venir durante nuestra vida que cualquier otra generación antes que nosotros”.
Cuando, en la segunda mitad de los ‘90, aparecieron las primeras novelas de la serie Left Behind, se creyó que su éxito estaba ligado a las “ansiedades del fin del milenio”, que dieron lugar a despropósitos tales como la psicosis del síndrome Y2K, el presunto desperfecto informático que amenazaba con hacer caer al sistema financiero global. Un pánico que, como tantos otros, LaHaye supo capitalizar: “Una caída financiera”, dijo, “nos llevaría a una depresión internacional que haría posible que el Anticristo o sus emisarios establezcan una moneda y un sistema económico único capaz de dominar comercialmente el mundo entero hasta destruirlo”.
Una visita al sitio leftbehind.com, donde suelen aparecer este tipo de profecías y declaraciones, puede ser de lo más iluminadora. La sinopsis “oficial” del primer libro increpa desde la primera línea: “¿Dónde vas a estar cuando suenen las trompetas?”. Muchos lectores dejan allí sus comentarios, algunos asegurando que los libros los han vuelto a acercar a la fe. Un tiempo después del 11 de septiembre de 2001, los best sellers de LaHaye y Jenkins ya se estaban beneficiando del nuevo pánico colectivo que asolaba a Norteamérica, con un incremento notable en sus ventas. LaHaye escribió entonces que “la tragedia del 11-S hizo que todo en Left Behind fuera mucho más real y creíble”. Ese mismo año, el último libro de la serie desbancó por primera vez de la lista de más vendidos a nada menos que John Grisham. Para el 2005, la serie llevaba amasados arriba de 650 millones de dólares. En 2002, la revista Entertainment Weekly incluyó a LaHaye y Jenkins en su lista de las personalidades más poderosas del mundo del espectáculo. Tres años después, la revista Time sindicó, bajo el título “The Christian Power Couple”, a Tim LaHaye y su esposa Beverly entre los 25 evangelistas más influyentes.
VOX DEI
Mucho menos conocido que sus colegas televangelistas –como el polémico Jerry Fallwell–, el creador de Left Behind fue un misterio para muchos norteamericanos hasta los ‘90. ¿Quién era antes de convertirse en best seller el tal LaHaye? En 2002 la revista Time publicó el perfil más completo que le haya dedicado una publicación masiva. La nota recorría la larga carrera de LaHaye, que hoy tiene 82 años: pastor evangelista retirado, teólogo, fundador de una iglesia en El Cajón, California, y de un sistema escolar cristiano (las Christian Unified Schools de San Diego y una universidad, la Christian Heritage), activo participante de la derecha religiosa a través de grupos como Moral Majority y la Coalición Americana para Valores Tradicionales, es también el autor de más de 50 libros, entre ellos varios tomos de autoayuda y psicología, y un manual de consejos sexuales que tuvo una tirada de 2,5 millones de ejemplares (siempre acompañado de alguien más, en general un escritor que se ocupa de poner sus ideas en papel). A comienzos de los ‘70, la prensa encontró en uno de sus libros polémicas declaraciones en contra del catolicismo (al que tilda de “falsa religión”, mientras que acusa al Vaticano de “dar al hombre una engañosa idea de seguridad que impide que busque su salvación”), lo que puso fin a una incipiente carrera política junto a un candidato republicano.
Por esos años ya había pergeñado la idea para Left Behind; pero para concretar la novela faltaba aún su asociación con Jenkins, un ex periodista (y cristiano “renacido”) con cerca de cien libros en su haber, sobre temas tan diversos como consejos matrimoniales y biografías de figuras deportivas. Jenkins toma toda la “acción” y las catástrofes que nos promete el Apocalipsis según la interpretación evangelista (que es literal) y se aboca a convertirlas en divertido material novelesco. LaHaye se adjudica a sí mismo “un talento para explicarle asuntos complejos a la gente común”, pero es Jenkins el que encontró el formato adecuado para este tema particular: “Los libros debían estar dirigidos no sólo a cristianos comprometidos, sino a otros no del todo convencidos y a los escépticos seculares”, explicó. “La mejor manera de poner la profecía bíblica en términos claros era a través de una obra de ficción. Decirle al lector común: Así es como reaccionaría una persona normal si fuera dejada atrás ante la inminencia del Apocalipsis”.
Multimillonario como LaHaye (se llevaron 50 millones cada uno, sólo por los libros) Jenkins no reniega de su socio, pero tampoco suscribe del todo las convicciones más oscuras del evangelista, tales como su abierto sentimiento homofóbico –expresado en un libro de los ‘70, The Unhappy Gays–, ni sus teorías conspiranoicas, que han alumbrado tomos sobre la secta de los Illuminati.
Hace poco la editorial Bantam Dell desembolsó 42 millones de dólares para encargarle a LaHaye la creación de una serie sobre un Indiana Jones evangelista. Suena a disparate, pero algunas encuestas lo respaldan: al parecer, cerca de un 20 por ciento de la población norteamericana cree que los sucesos relatados en Left Behind no son sino la profecía de hechos que ocurrirán inexorablemente en el futuro cercano. En todo caso, el fenómeno se ha vuelto tan grande que todo parece reducirse a las extrañamente candorosas palabras pronunciadas por Kenneth Taylor, el fundador de la casa editorial Tyndale que se ha hecho rica vendiendo Left Behind y sus interminables secuelas: “A veces es difícil recordar que el propósito del llamado de Dios a sus editores es proveerle gloria y no hacer dinero”. Sic.
Mariano Kairuz
Moriremos, todos moriremos
Según la revista Business Week, hace tres años había un mercado de 70 mil millones de dólares para los productos cristianos, donde la ficción religiosa ocupa uno de los principales lugares. La literatura de ficción evangélica-apocalíptica como Left Behind tiene algunos antecedentes ya lejanos. A principios del siglo XX las novelas Sydney Watson Scarlet and Purple, The Mark of the Beast y In the Twinking of an Eye (de 1913, 15 y 16) percibían como “señales de la segunda llegada” los desastres sociales y ambientales vinculados a la industrialización y las concentraciones urbanas (incluso había cierta preocupación por el llamado “problema judío” que anticipa una interpretación antisemita que se ha hecho de Left Behind: los judíos estarían obligados a convertirse como único medio para garantizar su salvación). Con el paso del tiempo, las interpretaciones apocalípticas de esta literatura se adaptaba a cada nuevo contexto: en 1970, la novela The Late, Great Planet Earth de Hal Lindsey proponía la guerra fría y el comunismo como el terreno perfectamente abonado para la Segunda Llegada. The Late fue llevada al cine como un drama “documental” con narración de Orson Welles y sin mayor trascendencia. Pero desde hace poco más de una década parece haber una fiebre de películas evangelistas sobre el “rapto”, la segunda llegada y demás. Y aunque no se ha traducido en películas clase A del alcance de los thrillers místicos de Dan Brown, se multiplica en películas de presupuesto reducido lanzadas directo a video. El caso más exitoso es The Omega Code (del 2000, basada en el libro El código de la Biblia, producida por una cadena televisiva cristiana y co-protagonizada por Michael York como el Anticristo, que se presenta disfrazado de político global y magnate empresarial). Los guionistas más persistentes del género son los hermanos canadienses Paul y Peter Lalonde, de la productora Cloud Ten, que han firmado películas como Vanished (de 1998, traducible como “desaparecidos”, en alusión al “rapto” de los cristianos, por supuesto); Apocalypse (1998); Revelation (1999); y Tribulation (2000), entre otras. Los Lalonde también estuvieron a cargo de la adaptación de Left Behind. La primera fue producida por unos modestos 18 millones, lanzada primero en video y con ventas por tres millones de casetes. A pesar de eso, LaHaye se mostró descontento con las versiones fílmicas de su obra y hoy –tras una disputa legal con la productora Cloud Ten por hacer una berretada clase Z con su obra magna, y encima no acreditarlo debidamente– todavía aspira a convertirlas en una superproducción hollywoodense masiva, a la altura del resto de su imparable negocio.
En Argentina, la serie se consigue en castellano bajo el título Dejados atrás, publicada por la editorial norteamericana Unidit (el curioso puede recurrir al buscador de librerías cristianas en LibrosNews.com).
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13/09/09
Elogio del chongo
La conversación con Juan José Sebreli, uno de los intelectuales más provocadores del panorama argentino –fama que empezó a gestar desde su primer libro, en 1960–, sucede en el bar El Olmo, un lugar que es contraseña para los varones homosexuales que crecieron sin cuestionar el mandato del armario. Allí, junto a la ventana en la que suele sentarse, el autor de Historia secreta de los homosexuales en Buenos Aires cuenta cómo acuñó la categoría de chongo, por qué abandonó el Frente de Liberación Homosexual que había fundado y por qué nunca se enamoró, todo sin dejar de tomar nota de un paisaje urbano del que ya siente nostalgia.
Leyendo a los trece años a Oscar Wilde, y un poco después a Proust, se convenció de que la homosexualidad podía ser algo prestigioso. Pero, ¿de ahí a soñar con ser un escritor homosexual cuando fuera grande? No, por cierto. “Después de todo, ¿qué es ser un escritor homosexual? ¿Y qué es un escritor homosexual?”, se pregunta Juan José Sebreli, sin notar que la palabra ha concitado la mirada incómoda de una señora que ha sacado a su nieto a tomar el té esa tarde. Una escena que podría haberse derivado en la pregunta: “¿Qué es homosexual, abuela?”, y que ese señor de pelo blanco hubiera podido responder –parafraseando a Gore Vidal– diciendo que “homosexual” se trata de un adjetivo y no de un sustantivo.
Si algo no le falta a Sebreli es autoridad para hablar del tema. Para comprobarlo, basta leer su imprescindible Historia secreta de los homosexuales en Buenos Aires, un extenso ensayo incluido en su libro Escritos sobre escritos, ciudades bajo ciudades, pionero en su género; o saber que en la década del ’70 fue uno de los fundadores del Frente de Liberación Homosexual (FLH), la primera agrupación política de ese tipo que hubo en la Argentina; o transitar las páginas de su autobiografía, El tiempo de una vida, en donde homosexualidad es palabra dicha en primera persona. En ese libro, el ensayista cuya fama de provocador comenzó a gestarse cuando en 1960 publicó su primer libro, Martínez Estrada, una rebelión inútil –en donde se cargaba al autor de Radiografía de la pampa–, enhebra momentos de su formación intelectual (su ingreso a la Facultad de Filosofía y Letras en 1949; su entrada al grupo de la revista Sur con apenas 21 años; su participación en la revista Contorno junto con David e Ismael Viñas; su amistad “existencialista” con Oscar Masotta y Carlos Correas) con aspectos de su intimidad sexual que principian en su infancia.
“La primera vez que oí hablar abiertamente sobre algo relacionado con la sexualidad, curiosamente, se refería al tema tabú por excelencia: la homosexualidad”, escribe Sebreli en El tiempo de una vida. “El desencadenante fue el escándalo de Miguel de Molina, cantor y bailarín español, detenido y expulsado del país por la dictadura de 1943. Tenía doce años y no escuchaba hablar de otra cosa, en la calle, en la escuela, en mi casa, en todas partes. Hasta mi madre, tan melindrosa, repitió delante de mí, como si nada, un chiste alusivo que circulaba en rueda de maestras.” Después vinieron, sí, las lecturas de Wilde y de Proust; los pantalones largos, la bohemia en la calle Viamonte y los amigos homosexuales, y el espíritu de flâneur que llevaría al joven Sebreli a recorrer los barrios apartados de la ciudad y a descubrir el frenesí de los “amores de paredón”. “La búsqueda no era solamente de chongos”, dice quien se jacta de haber acuñado en su libro Buenos Aires, vida cotidiana y alienación el estereotipo del muchacho joven, activo y viril, unas veces proletario, otras directamente lumpen, cuyo hábitat en su época clásica era el barrio de extramuros, los hoteluchos de Constitución o las pensiones del centro. “Era también el buceo de otras zonas, proletarias, por un lado, y de bajos fondos, por otro. El único medio que tenía para acceder a esas zonas eran los vínculos sexuales. Algo que también se da en los casos de Wilde y Proust, quienes pudieron salir del círculo cerrado en que vivían y conocer que existía el pueblo gracias al sexo. Había en mí una curiosidad sociológica. Un atractivo por zonas recónditas de la ciudad más que algo de índole sexual, diría. Porque los ligues eran en el centro. Uno iba a los barrios como en una excursión, pero el ligue, básicamente, estaba en el centro. En la calle Lavalle, en la calle Corrientes, en los cines lumpen, en los baños de las estaciones de tren. No había que irse muy lejos. A los chongos no se los iba a buscar a sus guaridas; ellos venían solos. Había un cine que quedaba en Parque Patricios, en las calles Caseros y Rioja, el Pablo Podestá, que era el summum del lumpenaje. Chongos en camiseta y chancletas que venían de las taperas de Villa Soldati y para quienes ‘las luces’ del centro estaban en Parque Patricios. Se encontraban cosas increíbles ahí, era todo muy selvático. Después estaba la desaparecida zona de cines de la calle Lavalle, los baños de los cines. Había tres o cuatro cines famosos, en donde había un desfile permanente y lo común era ‘hacer el ajedrez’, como se le decía en el argot de los habitués a cambiarse de butaca para buscar con quien desahogar el deseo. También había lugares gays donde se tomaban copas, e incluso alguno donde se bailaba, como el Anchor Inn, en San Juan y Paseo Colón, a comienzos de la década del ’70. Ahí se iba a levantar marineros. Era una época en que la llegada de un barco era un acontecimiento porque los marineros se desparramaban por la ciudad y los gays salían de cacería. Venían suecos, ingleses, alemanes, de todas partes. Aunque con el tiempo, lamentablemente, tanto los marineros como los barcos de carga fueron desapareciendo.”
¿Y qué era lo que más le atraía de esos chongos?
–Lo distinto. Yo me movía en un mundo de gays, el gay era lo cotidiano, y acostarse con un gay era como acostarse con alguien de la familia. No resultaba. No tenía el atractivo de lo exótico. De hecho, creo que lo que más me atraía de los chongos era lo exótico, no tanto lo viril. Eso está bastante bien representado en el famoso cuento de Carlos Correas, “La narración de la historia”, que es la relación de un muchacho de clase media, estudiante universitario, con un chongo de Constitución. Un vínculo que por el hecho de entrecruzar dos mundos tan diferentes está condenado a lo efímero, en la medida en que no se puede tener una relación duradera con un chongo, porque todo lo que hay de atractivo en el plano sexual desaparece en lo cotidiano.
Cual deus ex machina, un muchachito en ropa deportiva pasa por la vereda, inconsciente de su belleza, y a Sebreli se le van los ojos. En el bar El Olmo, en la esquina de Santa Fe y Pueyrredón, siempre se sienta en la misma mesa, pegada a la puerta. Un punto estratégico para el ejercicio de la mirada penetrante: el deporte favorito de los clientes gays de ese café al que Sebreli va habitualmente de tarde, con su anotador y sus lecturas de turno. “Ha desaparecido un hábito característico de la cultura urbana que es el paseo. La gente antes salía a pasear. Florida era un salón al aire libre, y ahí los gays encontraban su alimento. Florida de 6 a 9 era un lugar fabuloso. Hoy hay multitudes que caminan, pero nadie pasea. Santa Fe es la única que quedó como lugar nocturno. La esquina de Santa Fe y Pueyrredón es un punto de encuentro de taxi-boys, y también ves algunos turistas porque todavía figura en las guías de turismo gay, más allá de que el circuito se trasladó hace años”, reconoce con esa mirada melancólica que persiste en su rostro incluso cuando ríe.
“Yo nunca hablé de mi homosexualidad con mis padres. ¡No! De eso no se hablaba. Aunque seguramente lo sabían, porque nunca tuve novia. Mi familia se caracterizaba por evitar los dramas: si pasaba algo, miraban para otro lado. De hecho, yo también rehúyo las situaciones conflictivas. Sé que hay personas que me quieren y que son homofóbicas, y yo dejo que lo sean. Si alguna vez surge el tema, defenderé mi posición, pero no me gusta confrontar por motivos como ése. Además habría que ir peleándose con casi todo el mundo porque la homofobia sigue existiendo. La gente sigue siendo homofóbica, incluso los jóvenes, pero no lo dicen porque el paradigma actual sostiene que no es políticamente correcto. Después de todo, la aceptación pública de la homosexualidad no llega a medio siglo, y los prejuicios no se destierran de un momento a otro... Tenemos que conformarnos con que haya leyes que prohíban que esos prejuicios puedan ser activos, pero, ¿cambiar la mente humana? Eso va llevar mucho, mucho tiempo.”
No obstante, en algún lado dice que la discriminación es algo que está condenado a desaparecer. ¿Sigue pensando lo mismo?
–La discriminación social, sí. Aunque puede haber retrocesos. Uno nunca sabe. Fijate lo que era la República de Weimar: la libertad que existía allí era la que hoy podría existir en cualquier sociedad avanzada. Pero luego vino el nazismo, los campos de concentración, la persecución y asesinato de homosexuales. Es difícil que hoy se vuelva a dar una situación semejante, pero no se descarta. En realidad, a lo que me refiero es a la discriminación desde un punto de vista legal, porque la discriminación como una representación de la conciencia y como acto individual continúa existiendo.
Sartre pensaba que el antisemita es el que define al judío. ¿Se podría decir lo mismo con respecto a la homofobia?
–Sí. Creo que la homofobia es lo que define al homosexual. El homosexual como tipo humano, como estereotipo, es una invención del homofóbico. Ciertas características del homosexual no existirían en una sociedad sin discriminación. Y esto se ve en cómo las teorías gays han sido influenciadas por las teorías feministas, que fueron un poco anteriores. Existen dos teorías opuestas: la “teoría diferencialista” y la “igualitarista”. La igualitarista sostiene que las diferencias son producto de la discriminación: cuando no hay discriminación, el homosexual está totalmente integrado en una sociedad común, y la diferencia entre ser homosexual y ser heterosexual es casi lo mismo que tener ojos azules o negros. Si uno habla de las diferencias entre el varón y la mujer, hay variables de orden biológico, no cultural, ya que las diferencias culturales fueron creadas por una sociedad que es discriminadora y sexista. Lamentablemente, en los movimientos gays hoy predomina bastante la concepción diferencialista, que es la que piensa que hay una comunidad homosexual, que tiene sus valores propios, a los que hay que reivindicar, etcétera, etcétera. Pero, ¿cuáles son esos valores propios? Pensemos en lo que ocurría con el racismo en los Estados Unidos: mientras que los racistas fanáticos creían que había que matar a los negros, los racistas moderados decían que había que darles educación, salud y otros derechos, pero separados de los blancos. Hoy el presidente de los Estados Unidos es negro y está todo mezclado. Y así es como debería ser: tendría que haber un presidente homosexual y no importarle a nadie si es homosexual o no. Y ahí el modelo es Simone de Beauvoir y su libro El segundo sexo. De Beauvoir era igualitarista. Más aún: llegó a decir que la mujer liberada tenía que integrarse al mundo del varón porque los valores eran los del varón y no los de la mujer. ¿Cuáles eran los valores de la mujer? Los del hogar, el cuidado de los hijos. ¿Cuáles eran los del varón? Los de la acción, la política, el trabajo, la intelectualidad. Valores que aunque hayan sido apropiados en un principio por los hombres, son los verdaderos valores. Una idea que aún hoy horroriza a más de una feminista.
Tendencias inadmisibles
El triángulo rosa invertido con el que se distinguía a los homosexuales en los campos de concentración nazis fue el emblema que eligieron esos jóvenes que una tarde de agosto de 1971 se reunieron en un departamento de la calle Rioja, cerca de Plaza Once, con la idea de crear el Frente de Liberación Homosexual, el cual sería conocido por sus siglas FLH. “Yo estuve entre los creadores del FLH y eso es algo que reivindico –dice Sebreli–. Pero después el propio FLH empezó una desviación hacia el castrismo y, lo que es peor, hacia el peronismo de izquierda, con la que no estuve para nada de acuerdo. “Yo me bajé antes de que el FLH se autodisolviera. Primero tuve un problema con el periódico que sacábamos, que se llamaba Homosexuales, para el cual había escrito una nota sobre los UMAP (Unión Militar Ayuda a la Producción), que eran los campos de concentración en donde encerraban a homosexuales en Cuba, y que no me publicaron. Al poco tiempo, el grupo que encabezaba Néstor Perlongher se hizo peronista. Algo inadmisible porque el peronismo era homofóbico, ¡los montoneros eran homofóbicos! Fueron a Ezeiza a recibir a Perón con la banderita del FLH, con los carteles del Frente, y eso sirvió para que la derecha dijera de los montoneros que eran putos y drogadictos. Los propios montoneros llegaron a fusilar a dos compañeros homosexuales porque consideraban que los homosexuales eran ‘apretables‘, según la jerga que se usaba entonces. Esto me lo contó Silvina Walger, que era militante montonera. ¡No podés defender los derechos humanos de los homosexuales y ser castrista y montonero! La Cuba castrista ha sido de los máximos enemigos de los homosexuales. El Che Guevara y Fidel Castro eran dos homofóbicos totales.”
Más allá de sus discrepancias, ¿cómo recuerda el espíritu de esos jóvenes?
–Al principio éramos todos intelectuales. Se intentó hacer una cosa muy ambiciosa, que quedó en la nada porque el militantismo lo arruinó todo. Ese afán de estar con los guerrilleros y con la moda... En fin. La gente seria como Blas Matamoro y otros intentamos hacer una encuesta tipo Kinsey sobre los homosexuales argentinos. Era una tarea seria, pero que a los otros no les interesaba. En lugar de eso, querían ir a la Plaza de Mayo. Y esa encuesta, que se había empezado a realizar, finalmente quedó en la nada, como tantas otras cosas. Se discutían ideas, se pretendía hacer una tarea de elaboración teórica de esclarecimiento... Pero el militantismo de la época no lo permitía.
¿Y con Perlongher cómo se llevaba?
–El era un tipo muy inteligente, pero tenía una desviación: se dejó llevar –en parte, por lo joven que era– por la moda cultural de la época. Primero por el montonerismo y el peronismo de izquierda, y después por el post-estructuralismo. El libro que hizo sobre la prostitución masculina, que es excelente, tiene dos influencias que son contradictorias. Una es la de la escuela sociológica de Chicago, que es una escuela de la década del ’20 que estudiaba los grupos marginales. Pero eso lo mezcla con el pensamiento de Foucault y Deleuze, que no tiene nada que ver y es bastante confuso. Lamentablemente Néstor murió muy joven y en los últimos años se había deteriorado muchísimo, al punto de terminar en una secta religiosa afrobrasileña. Era un tipo de una gran inteligencia, pero no llegó a dar todo de sí por su muerte prematura; y su obra, pienso, no es tan extraordinaria como algunos pretenden. La parte mística, religiosa e irracionalista de Perlongher no la reivindico, aunque sí La prostitución masculina. Y todos esos cuentos, que se han hecho después tan populares, como “Evita vive”... Es algo bastante arbitrario. Evita aparece como una especie de personaje dionisíaco cuando en realidad era una mujer completamente fría, casi asexuada. El sexo había sido una herramienta de ascenso, pero no mucho más. La verdad, no sé dónde él le vio lo dionisíaco.
Decir nunca
La palabra “promiscuidad” sale de su boca de pronto, pero ya no está la señora pacata en la mesa de al lado. “Reinaldo Arenas reivindicaba la promiscuidad como un acto político de protesta contra la sociedad represiva”, comenta Sebreli, y no es difícil advertir que él está de acuerdo. “Si bien soy partidario del amor libre y no de los matrimonios, no me opongo al matrimonio gay como tampoco al heterosexual, siempre y cuando el matrimonio gay sea exactamente igual que el matrimonio hétero. Pero hay que tener cuidado de no confundir la asimilación con una posición conformista hacia la sociedad actual”, alerta quien en El tiempo de una vida confiesa que nunca estuvo enamorado y que disfrutó siempre de las relaciones casuales. “Yo nunca estuve enamorado. Nunca estuve enamorado de nadie. A lo sumo, las relaciones un poco más duraderas que tuve fueron con gente de clase media baja. Los lumpen me atemorizaban un poco. El chongo lumpen era para probar una vez y nunca más porque eran peligrosos. Pero sí gente de clase media baja, muchachos de barrio, que estaban un poco en el límite de una vida convencional de familia. Y siempre bisexuales. Los tipos que realmente me han gustado eran bisexuales. Homosexual, casi ninguno. Tampoco fueron exitosas mis relaciones con gente de clase media y mucho menos si eran intelectuales. El ejemplo más claro es el affaire que tuve con Carlos Correas. Ambos coincidíamos en que dos intelectuales en la cama son como dos focos luminosos enfrentándose. Existía, sí, el modelo de pareja que encarnaban Simone de Beauvoir y Sartre por aquellos años, pero después se supo que era todo un invento. Ellos nunca habían tenido una relación sexualmente exitosa. Incluso, mucho antes de que las cartas que lo comprobaron salieran a la luz, yo no podía imaginármelos acostándose. De Sartre se notaba que era básicamente un franelero, un froteur (por algo en El ser y la nada hay todo un capítulo dedicado a la caricia). Lo que menos le interesaba a Sartre era el coito. Y Simone recién conoció su primer orgasmo con Nelson Algren, su amante, que era una especie de chongo. Un norteamericano duro, alcohólico, nada intelectual aunque fuera escritor, con quien Simone alcanzó la plenitud sexual que no tuvo con Sartre. Un cuadro de situación que coincide bastante con mi teoría de que en el terreno sexual hay que buscar lo opuesto, lo diferente. Pero bueno, obviamente es una cuestión de gustos.”
La explicación que da de por qué nunca pudo enamorarse en su autobiografía es por ser tan racionalista. ¿Renunciar al amor puede ser una elección? ¿De qué modo uno puede defender el derecho a no amar, la posibilidad de no ser amado?
–Pensar que quien no ha tenido pareja es un frustrado es lo mismo que decir que un homosexual es un frustrado al lado de un heterosexual. El prejuicio contra el tipo solo, contra el “solterón”, y la idea que identifica la soltería con la neurosis es algo que hay que combatir, al igual que el mandato de la pareja monogámica, fiel e indisoluble, que es algo que responde más a dogmas religiosos que al deseo, o al amor incluso.
En ese prejuicio del que habla está la idea de la vejez homosexual en soledad. Una representación que es claramente homófoba, pero que a su vez constituye una situación relativamente habitual entre los gays mayores.
–Cuando uno es viejo, es más dificultoso tener relaciones, y más aún si a uno le gustan los jóvenes. Yo no me acostaría con alguien de mi edad y entiendo que a la gente joven le guste, por lo general, la gente joven. A mí también me gustaban los jóvenes cuando era joven. Y no me siento discriminado por eso, porque es un deseo legítimo en el fondo. Diferente es cuando se ridiculiza con esa excusa al “viejo libidinoso”. Antes te tildaban de “carroza”, que era el término despectivo que se usaba para referirse al viejo que buscaba levantarse jovencitos. Pero a decir verdad hay una minoría de muchachos a los que sí les gusta la gente grande. El otro día leía que el gran politólogo Giovanni Sartori ha iniciado, a los 85 años, una relación con una mujer mucho más joven que él. Un caso que no es para nada excepcional, si se tiene en cuenta que Goethe tenía a los 72 años amores con una joven de 17, y que Victor Hugo siguió teniendo múltiples relaciones sexuales con mujeres jóvenes hasta su muerte. A los 75, André Gide registraba en su Diario encuentros con jóvenes cuando ya creía que eso no volvería a ocurrir, y pedía “permanecer carnal y deseoso hasta la muerte”.
De hecho, hay estudios que demuestran que el deseo no desaparece nunca en la vida de un individuo, salvo por razones de enfermedad, y que sólo se extingue con la muerte.
–El deseo sexual no desaparece, aunque las funciones genitales disminuyan. Se puede llegar a un intenso orgasmo, aun sin eyaculación ni erección, y las limitaciones corporales se compensan con la imaginación y la fantasía. El sexo en la vejez muestra que en el deseo predomina la conciencia. Todo el cuerpo, y ya no sólo los órganos genitales, se erotiza y el acto sexual se vuelve más variado y polimorfo que el monótono coito. Se enriquece con juegos, imágenes y sensaciones; se afirman tendencias como el fetichismo y el voyeurismo, consideradas perversas por el prejuicio. En el capítulo I del libro de “Los reyes” del Antiguo Testamento hay una insólita página sobre el erotismo en la vejez. El rey David estaba viejo y aunque lo arropaban no podía sacarse el frío. Sus servidores le buscaron entonces a una hermosa doncella, que se acostó desnuda junto al rey, y fue el íntimo contacto de los cuerpos lo que hizo que el rey ya no tuviera frío. Entre sus muchas falsedades y maldades, algunos fragmentos de la Biblia pueden ser un espejo de la vida real, por cierto. Nadie duda, de hecho, de que siempre va a ser mejor un chongo que una bolsa de agua caliente...
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12/09/09
El reincidente
Dos años después de la separación de ese fenómeno de música ciudadana que fue la Pequeña Orquesta Reincidentes, su tecladista es el primero del núcleo fundador en asomarse a los escenarios como solista. Con un puñado de canciones que no abandonan la melancolía del grupo, está empezando a presentarlas en Buenos Aires.
San Cristóbal se mueve lento, melancólico. Será el invierno que se cuela por todos los costados. En la calle se ven pocos transeúntes. Es martes, pero la sensación se asemeja a la de un sábado a la tarde. En ese barrio todo tiene un ritmo particular. Guillermo Pesoa, ex integrante de Pequeña Orquesta Reincidentes, abre la puerta de su departamento. Adentro hay una continuidad de lo que ocurre en la calle. En esos ambientes, amplios y luminosos, todo se mueve con una cadencia distinta, casi silenciosa.
El mismo Pesoa parece desplazarse en otro tiempo. Un mechón le cae sobre la frente. Tiene los ojos claros, clarísimos, de un celeste que contrasta con las paredes anaranjadas de su estudio. Allí estamos, rodeados de una gran biblioteca y de instrumentos (un piano, un teclado, varios acordeones).
Hay algo en esa imagen que lo describe: para Pesoa, la música y los libros son parte de lo mismo. Al echar un vistazo por esa habitación, queda claro que la literatura lo apasiona. Al escuchar sus canciones, se distingue una intensidad dramática que está cerca de la ficción narrativa.
Ofrece un té y comenta a Libertad Demitrópulos. Dice que algo en su escritura le recuerda a Juan José Saer. Cuenta que en su taller de composición y coordinación musical usa textos de Saer y, antes de seguir, Pesoa advierte que hablar de ese escritor lo emociona. No es difícil creerle. Aparte, el famoso territorio de la ficción saerina le recuerda a su provincia natal.
Hace ya dos décadas, Pesoa dejó Rosario para venir a Buenos Aires. Poco después de llegar estaba tocando en Reincidentes, un grupo que en su momento fue raro para la escena argentina. Tenían algo de profundamente lúdico y urbano, algo teatral y una mezcla de estilos que llamó la atención. Sus shows, por momentos, recordaban las películas de Kusturica. Grabaron ocho discos y tuvieron éxito no sólo en el circuito nacional sino también en varios países europeos. Tocaron con Nick Cave y compusieron la música de la película uruguaya Whisky. En 2008 el sueño se apagó. Para sorpresa de su público, la Pequeña Orquesta decidió separarse.
Pesoa, entonces, lanzó su propio proyecto. No de la noche a la mañana, claro. Necesitaba tiempo para replantear su carrera. Hasta llegó a preguntarse si tenía sentido seguir haciendo música. “Es que mi trabajo como compositor y como músico estaba íntimamente ligado al grupo”, explica. “No tenía urgencia por salir a tocar porque Reincidentes nunca fue una cárcel para mí. Al contrario. Siempre confié en el trabajo grupal. Creo que potencia a los artistas. Al mismo tiempo, laburar solo está buenísimo aunque me da un poco de vértigo, me deja más en bolas”.
Según Pesoa, los temas que compone están entre el “rock oscuro y la cumbia oscura”. Dice que su música es como “la borra de los géneros”. Las exquisitas “El muerto” y “La mayor” (la influencia de Saer lo llevó a elegir ese título) son pruebas concretas de lo que el músico quiere explicar. En cuanto uno las escucha, suena en la cabeza el eco de Reincidentes. Pesoa no reniega de su pasado: “En el momento de la separación, la banda estaba buscando intensidad rockera. Cuando me encontré solo, empecé a preguntarme qué esperarían de mí ahora que no formaba parte de un grupo. Creo que, en cierto sentido, estoy haciendo lo mismo que hacía en Reincidentes. La diferencia, quizá, esté en que mi repertorio es un poco más variado”.
Su propuesta musical es intimista, despojada. Hay una economía de recursos, una búsqueda de gestos mínimos. Hay también una intensidad dramática en su música y en sus letras. “Siento que, con estas nuevas canciones, me estoy construyendo un refugio, una casa. Algunas ya están en el punto en el que las imaginé: en un lugar áspero, seco. Podrían ser más ‘radiables’, pero eso me aburre, no me interesa. Ahora lo único que quiero es tocar.”
El joven de mechón en la frente y ojos claros vuelve una y otra vez sobre referencias extramusicales. Saer. Kandinsky. La borra del café. La casa (su casa), el refugio. Ahora habla de Débora Pérez Volpin, sí, la periodista que trabaja en Canal 13. Dice que a la tarde estaba escuchando el programa que ella conduce en Radio Mitre y que, por la cantidad de cosas distintas que plantearon ahí y por el enfoque sobre la información, anularon cualquier posibilidad de análisis. Por eso, él busca la economía de recursos, porque cree que el gran problema actual es la sobredosis de información. “Eso me aterra”, asegura el hombre que reincidió en la música, esta vez solo.
Sus nuevas canciones se pueden escuchar en myspace.com/guillermopesoa
Flor Codagnone
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11/09/09
Marcó, el Papa y yo, Evita
Me he cogido y me han cogido varios seminaristas, monaguillos y curas. Me animo a decir esto porque es verdad. Que la homosexualidad está instaladísima en la Iglesia católica como institución, y dentro de sus edificios también, es ultrasabido, señores. Tal como lo leen, adentro, en el interior de las iglesias, he cogido. ¡Basta! Como siempre digo, alguien lo tenía que decir y quien lo dice esta vez soy yo. He sido invitado y he ido a petit comités, convites, tes con masitas y mariconadas, cocktails y demás fiestitas celebradas por seminaristas, monaguillos y curas más veces de las que hubiese querido. No duden de lo que digo. Juro por Dios que es así. Lo pueden cuestionar o debatir pero aconsejo que no lo nieguen más, ya que al negarlo no le hacen un bien a nadie ni a nada. Negar la verdad no es bueno ni para el sujeto ni para el objeto. Esto que cuento es así. Estar ciegos ante los acontecimientos que ocurren en una sociedad es descuidarla, desprotegerla. Es vivir en un limbo, en una fantasía social. ¿Sobre qué realidad y fundamento es que vamos a analizar, juzgar, perdonar o condenar a los integrantes de nuestra sociedad si no contamos con la información completa? Es cierto lo que cuento, me hago íntegramente cargo de mis palabras y las firmo al pie. ¿Las pruebas? Las pruebas son mi palabra, su fe y que no me lo contó nadie. Soy la fuente, como se dice en periodismo.
Lo de Guillermito, como se sabe, no cayó bien en la cúpula. Las divas no se lo perdonaron. Ni Bergoglio, ni Radrizzani están de buenas con Marcó. La Marcó, como todo homo, necesita ser diva. El haber estado en las sombras, detrás de la peluca y los tacos de Bergoglio tantos años provocó que ahora salga con todo. ¡Con los tacos de punta! Y, como todo el que sale de esa forma, se convirtió en amenaza. Marcó es a Bergoglio lo que Riquelme a Maradona.
En la Iglesia hay, y créanlo por Dios porque lo he presenciado, una constante guerra de vedettes. Una constante guerra de divismo. Ya los trajes lo anuncian de una manera poco sutil. Sedas, linos, algodones, estolas, capuchas, capelinas, sombreros, collares, cadenas, oros, anillos, borlas, frunces, encajes, perlas, cruces y un tipo en bolas clavado en ellas lo manifiestan, lo imprimen y lo reafirman a cada instante. Para colmo de males, el Papa asumió con zapatos de Prada. ¡Son unas locas no asumidas! El que no es homo es impotente y el que no es impotente es facho, degenerado o tímido. Créanme, porque lo he visto de cerca. La Iglesia es un refugio ideal para aquellos que no cuentan con la valentía o el dinero como para ir a un psicoanalista y resolver su vida sin miedo y sin vergüenza de poder decir: “¡Esto es lo que soy y esto es lo que quiero!”.
Daniel Hadad cuenta con el extraño don de dotar de carisma a homos que carecen del mismo. Ya lo demostró con Polino, Lafauci y varias manadas de putos. Saco de esa lista al Negro Oro, ya que no solamente cuenta con toneladas de carisma, sino que sin él ni el propio Hadad tendría el poquísimo carisma que adquirió. Hadad apostó más alto, como siempre hace, y nombró a Marcó como una especie de obispo de C5N. Al final de la programación prime, Guillermito te da el besito de las buenas noches y te acuesta. Qué dulce.
En el mundillo de las locas existe un tipo de mujeres a las cuales nosotros los putos llamamos “pajareras”. Son las que le decían a Juan Castro que era un desperdicio, son las que siempre te quieren reformar, son las que en el fondo de tan liberales no se bancan que un puto no se las coja. Son las que siempre andan rodeadas de maricas. Maquilladores, decoradores, floristas, actores, diseñadores y curas destacadísimos son su corte. Ejemplos de lo que escribo hay a patadas, si nos remontamos a la historia antigua, el gran Gino Bogani, el patético monseñor Laguna y el triste Miguelito Romano son buenos ejemplos. Han sido sobadas por el poder siempre. Hasta ahí todo bien, como dicen los chicos hoy en día. Pero el efecto pajarera es a veces peligroso. Marcó es carismático, buenito, curita, preparado, como dicen las viejas, usa anteojos, es culto, es virgen… para ellas. Es serio para ellas. Y se está posicionando peligrosamente. Otra vez asistirá la clase media de este país al engaño del poder político y mediático. Otra vez encontraron al buenito de la película para que salve a la pobre clase desinformada que conviene que escuche y lea mentiras. Al igual que a los políticos les conviene que los pobres nunca se enteren ni aprendan, en otra escala a ciertos medios, a la Iglesia y a la misma clase media les conviene la ceguera. “¡Viste qué bien habla el curita de C5N!”, dicen ya las masas. “Mmmhhh… ¡Qué miedo!”, pensamos. Otra vez la demagogia, el mensaje tibio, el gris que ni salva ni cura y otra vez una sociedad que no ve ni escucha ni habla, como los tres monitos. Otra vez a engañar al pueblo. Susana tiene miedo, Hadad corre detrás y Marcó cumple su sueño de diva, mientras Blumberg con su auténtico dolor y con su estrategia obsoleta y feroz está en Babia con su barba crecida, Bergman es Barbra Streisand y los pitucos conocen la Plaza de Mayo por primera vez. Varios no fueron porque no sabían si se pedía por seguridad o por pena de muerte. Los que fueron y oraron, ¿qué pedían y por qué fueron? ¿Le interesa tanto a Marcó la inseguridad o vio la oportunidad de convertirse en el Papa argentino? ¡Qué país! Si nos sacamos las vendas sería una sociedad fantástica. Los curas, los rabinos, las divas, las gordas, las estrellas de televisión, los dueños de medios y miedos y los políticos asquerosos hacen lo que quieren con una pobre clase media aterrorizada que ya se embarca en cualquier barco con tal de no morir como cucarachas. Y yo, que no me acosté con Marcó por un pelito. Un día me invitaron a su “tecito”. Casi, casi, casi soy la señora de Marcó, casi. Casi voy, casi, como dijo Rubén Darío en “Chiripa”: “Casi casi me quisiste, casi casi te he querido, si no es por el casi casi, casi me caso contigo.” Y hoy sería Evita, tal vez, ¿o Nacha? Qué sé yo. Se igual.
Fernando Peña
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10/09/09
La costa del cacao
Un viaje a Ilheus, la ciudad que alcanzó su apogeo en los años dorados de la producción del cacao y donde el escritor Jorge Amado situó varias de sus novelas, entre ellas la célebre Gabriela, clavo y canela. Un recorrido por sus calles siguiendo los pasos del gran autor bahiano. Y a unos 70 kilómetros, la belleza tropical de las playas de Itacaré.
Ilheus vivió su época de oro a finales del siglo XIX, cuando los “coroneles del cacao” impulsaron el desarrollo de la ciudad. En esos años se construyeron lujosas villas y palacetes, teatros, una catedral neoclásica; se abrieron legendarios cabarets y casas de juego junto al puerto, y se diseñaron plazas con aires parisinos y estatuas de mármol. Todo entremezclado con una verde exuberancia tropical frente al mar.
Es también la ciudad donde se crió Jorge Amado y el escenario de Cacao y Gabriela, clavo y canela, dos famosas novelas del escritor brasileño. De aquel esplendor quedan los fastos avejentados de una majestuosa urbe en decadencia por la caída de la industria del cacao, a raíz de una plaga incontrolable llamada Escoba de Bruja. Esto mantuvo a Ilheus como detenida en el tiempo, con poca arquitectura moderna y un aire pueblerino, tal como uno se la imagina en las novelas de Amado.
En la casa donde el escritor vivió los primeros doce años de su vida (hasta 1937), funciona hoy el Museo Casa de la Cultura Jorge Amado. La familia del coronel Joao Amado comenzó la década del ‘20 en bancarrota, hasta que la fortuna le llegó de la mano de un billete de lotería y compraron esa hermosa casona de dos pisos decorada con madera de jacarandá y mármol de Carrara. Allí se exhiben primeras ediciones de las famosas novelas en idiomas exóticos, algunas de las camisas floreadas del escritor, un bubu –vestido africano de candomblé– y estatuas de orixas.
El bar Vesuvio es el otro lugar emblemático del Ilheus de Jorge Amado, al que asistía el escritor y donde ubicó a los protagonistas de Gabriela, clavo y canela. El bar fue abierto en 1919 por los napolitanos Nicolau Caprichio y Vicente Queverini, pero después pasó a manos de un portugués casado con una hermosa mulata de anchas caderas llamada Felipa, quien se supone habría sido en la vida real la dulce Gabriela. En una de las mesas al aire libre del Vesuvio se sienta el mismísimo Jorge Amado convertido en estatua y, en su misma mesa, se pueden comer, por ejemplo, unos deliciosos quibes de carne picada con una cerveza fría, el mismo menú que habrá saboreado muchas veces el gran escritor.
Uno de los lugares más curiosos de la ciudad es el antiguo cabaret Bataclán, que en tiempos de los coroneles del cacao vivió su momento de gloria frente a la feria portuaria, donde los hacendados iban con sus esposas de compras y se escapaban para entrar al cabaret por la puerta no tan secreta de la casa de un vecino del burdel. Cuentan que otra estrategia de los coroneles del cacao para ir al Bataclán era dejar a sus mujeres en misa y sobornar al cura de turno para que extendiese por demás la ceremonia mientras ellos se iban a “hacer negocios” al Vesuvio, donde había un túnel que desembocaba en el burdel.
El Bataclán también fue escenario de episodios de Gabriela, clavo y canela. Y no sólo eso, ya que muchas veces el escritor bahiano recordó con indisimulable nostalgia sus tiempos de adolescencia en el Bataclán: “Los estudiantes, cuando estábamos de vacaciones, íbamos al Bataclán para disputarles las chicas a los vendedores y viajantes de comercio. Siempre había peleas, los más débiles recibían verdaderas palizas, y ésa fue mi suerte porque yo era...”.
Hoy en día, luego de años de abandono, el Bataclán es un centro cultural y el edificio fue declarado patrimonio histórico. Allí se muestra cómo era el cabaret en sus tiempos de esplendor y se exhiben antiguos perfumes, maquilles y vestidos de plumas. Además hay un restaurante, una galería de arte y una sala de teatro que presenta una obra donde se recrea la cotidianidad del cabaret.
Ilheus ya no es tan bulliciosa como se la oye en las novelas de Jorge Amado, pero eso la hace aun más interesante, con un dejo nostálgico de ardiente belleza. Y todavía hay numerosas Gabrielas, “perfume de clavo, color canela”, de sonrisa inquietante y andar de pavo real, que van por la calle cosechando millones de piropos infecundos.
LAS PLAYAS DE ITACARE Unos 70 kilómetros al sur de Ilheus –donde está el aeropuerto de entrada a la zona– hay un serie de playas paradisíacas que se visitan tomando como base el pueblo de Itacaré. Como ha ocurrido con la mayoría de las playas nordestinas que se pusieron de moda en las últimas décadas, las de Itacaré fueron descubiertas en primer lugar por los surfistas. El pueblo estaba bastante aislado porque se llegaba por un camino de tierra en mal estado, y por eso sus playas mantuvieron su virginidad, lo cual atrajo también a los hippies. Luego surgió la primera posada para los surfistas, después otra. El secreto se desperdigó y así, a lo largo de los últimos diez años, fueron brotando los alojamientos que incluyen ahora un lujoso eco-resort llamado Itacaré Village, semiescondido entre la vegetación.
En total hay veinte playas, algunas de ellas con restaurantes y muy concurridas en verano, y otras más apartadas de aguas prístinas y arenas blancas a las que se llega con una caminata de media hora. Lo llamativo de estas playas es que, a diferencia de las del nordeste, no están precedidas por desiertos de dunas sino por una densa selva atlántica tropical que crece sin dejar claros sobre las ondulaciones de pequeños cerros. En medio de esa selva caracolean pequeños arroyos formando cascadas que, a veces, caen directamente sobre la arena de una playa.
La playa más popular de Itacaré es Praia da Concha. Tiene la mayor infraestructura de la zona, con barracas que ofrecen bebidas y platos bahianos. Sus aguas son muy calmas, como una piscina natural, y cada atardecer los bañistas suelen ir hasta una saliente rocosa con un faro para ver la puesta de sol.
Itacarezinho, a 15 minutos del centro, es otra playa muy visitada que se extiende a lo largo de 3,5 kilómetros con bares, restaurantes y un lujoso eco-resort. Una línea de palmeras ensombrece la costa y una cascada de agua dulce que brota de la Mata Atlántica cae sobre la arena.
Para quienes prefieran playas más tranquilas, está la Praia do Resende, ubicada en un área de protección visual donde se prohíbe toda construcción y se llega a pie por un sendero llamado Caminho das Praias, que sale de la calle principal de Itacaré. Está en una pequeña ensenada con altas palmeras y arena muy blanca, y por lo general hay muy poca gente. Una playa todavía más aislada es Jeribuacú, que permanece desierta casi todo el año: sólo se accede en barco o con una caminata de media hora entre la vegetación. Por último, la playa Tiririca es por excelencia la de los surfistas, sede del Campeonato Bahiano de Surf.
Cómo llegar: Hay vuelos a Ilheus desde Buenos Aires con escala en San Pablo o Río de Janeiro. Y hasta Itacaré son 70 kilómetros por tierra.
Cuánto cuesta: Un paquete de 7 noches con desayuno en el Itacaré Village (www.itacarevillage.com.br), con pasaje de avión y traslados: U$S 1464. En la Pousada Solarium (www.pousadasolarium.com), U$S 774 y en la Pousada Abaré (www.pousadaabare.com.br), U$S 814.
Más información: Comité Visite Brasil, Embajada de Brasil en Buenos Aires, Cerrito 1350, entrepiso. Tel.: 4515-2403. E-mail: turismo@embrasil.org.ar www.brasil.org.ar www.itacare.com www.ilheus.com.br
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